8.2 Cultura y Violencia


CULTURA Y VIOLENCIA

Marco Vinicio Fournier, M.. Sc.
A la memoria del colega y maestro, el sacerdote jesuita Ignacio Martín-Baro, quien murió en el Salvador víctima de la violencia, violencia que tanto analizó y tanto combatió
.

I. INTRODUCCION

Se plantea aqui un análisis global de la cultura actual, como se ha ido definiendo la misma en el proceso de globalización de la última década, y cómo esta cultura de fin de siglo constituye la raíz fundamental del fenómeno de la violencia. Una vez desarrollada esta descripción, se intentará proponer algunas líneas de acción para enfrentar la violencia desde sus raíces culturales.

II. LAS GRANDES TRANSFORMACIONES MUNDIALES

En la década de los ochenta el mundo experimenta una serie de tranformaciones radicales que modifican profundamente todos los ámbitos de nuestras sociedades: política, economía, cultura, estado, sistemas de comunicación, etc. (Tamames, 1991). Especial interés asume dentro de estas transformaciones el agotamiento del modelo de socialismo real en Europa del Este y la consecuente finalización de la guerra fría. Esta situación, unida una serie de coyunturas especiales, tales como la crisis económica provocada por la imposibilidad de pago de las deudas externas de muchos países del tercer mundo, o el rápido desarrollo de las tecnologías y los servicios de comunicación, favorece el desarrollo de lo que se ha dado en llamar la filosofía neoliberal, que bajo la presión de los organismos internacionales, se implanta en forma acelerada en la inmensa mayoría de los países a través de todo el mundo.

No hay duda de que estas transformaciones han producido efectos impresionantes en el desarrollo tecnológico y en las estructuras productivas a través de todo el orbe. Liberado de los controles del estado y potencializado por la paulatina eliminación de barreras arancelarias, el sector productivo se ve directamente impulsado hacia el desarrollo máximo y expansión permanente de su capacidad competitiva. Sin embargo, aun cuando en principio se trata de un fenómeno de tipo económico, como en cualquier fenómeno social, las consecuencias son amplias en todos los ámbitos.

III LA LÓGICA DEL MERCADO

Al liberarse paulatinamente del control social del estado, el aparato productivo se rige actualmente en forma prioritaria por las reglas del mercado. Este proceso tiene un impacto directo sobre la estructura de nuestra sociedad, sobre nuestra cultura y sobre el comportamiento cotidiano de los ciudadanos. Conviene por lo tanto, detenernos un momento para resumir estas reglas, antes de poder analizar sus consecuencias:

La tendencia hacia el debilitamiento de las barreras arancelarias proteccionistas y los rápidos avances tecnológicos en el área de las telecomunicaciones convierten al globo terráqueo en una gran aldea. Dentro de esta apertura, la comercialización de los productos tiende a regirse principalmente por las reglas del mercado internacional, en donde precio y calidad definen la velocidad con que pueden reproducirse los capitales. Este último principio es de fundamental importancia puesto que es precisamente a través de la reproducción rápida del capital que las empresas pueden adaptarse al acelerado avance tecnológico, adaptación que a su vez les permite producir más rápido, en mayor cantidad y, en principio, con mayor calidad. Se crea así una situación circular, en donde a mayor producción y mayor comercialización, mayor capacidad de crecimiento productivo.

IV. CONSECUENCIAS SOCIALES

A. Estructuración social

La necesidad de dotar al sector productivo de una adecuada competitividad que le permita desenvolverse tanto a nivel nacional como internacional, impulsa al estado en dos direcciones fundamentales: por una parte, debe generar las condiciones necesarias para una reconversión industrial que facilite la modernización del aparato productivo, pero para lograr este cometido, debe también generar los recursos necesarios que, por una parte financien la modernización de la infraestructura, pero también para estimular a aquellas empresas que mejor se ajustan a las exigencias de la globalización. Por otra parte, debe también modernizarse a sí mismo, de modo que garantice mayor eficiencia en la gestión, menores entrabamientos a la libre circulación de las mercancías y reducción de gastos que no redunden directamente en el desarrollo al máximo de la productividad.

Al lado de estos objetivos dirigidos hacia el mejoramiento de la competitividad, se producen una serie de consecuencias directas o indirectas sobre la estructuración de la sociedad:

a) Debilitamiento del estado: El ámbito de control social por parte del Estado se reduce, cediendo el espacio a las reglas del mercado (Garnier et al, 1991; Dobles et al, 1996).

b) Reducción de los mecanismos de redistribución de la riqueza: El Estado se ve obligado a reducir los programas de seguridad y bienestar social, para concentrar los escasos recursos en el proceso de modernización y estimulación del aparato productivo. Muchos de estos programas se debilitan en su calidad y cobertura o se eliminan, y otras pasan al sector privado (Garnier et al, 1991; Morales, 1994).

c) Deterioro en la calidad de vida: La reducción de los programas de bienestar social produce inexorablemente un deterioro en la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos, en sectores tan importantes como la educación, la salud y el trabajo (Rosenbluth, 1994; Proyecto Informe Estado de la Nación 1995,1996,1997; Morales, 1994)

d) Concentración de la riqueza: El debilitamiento de los mecanismos de redistribución de la riqueza y la concentración de la capacidad productiva en aquellos sectores con mayor disponibilidad de capital y con mejores posibilidades de reproducción rápida de éste, generan una situación en donde cada vez son más los que ganan menos y cada vez son menos los que ganan más (Altimir, 1994; MIDEPLAN, 1993; Feliciani, 1994).

B. Cultura

Estas transformaciones en los planos económico, político y sociológico, generan, a su vez, modificaciones sustanciales en la cultura; modificaciones que nacen tanto como resultado del actuar e interactuar cotidiano de los ciudadanos bajo las nuevas reglas del juego, sino también bajo el influjo de un aparato publicitario desplegado con el fin explícito de legitimar el nuevo orden mundial:

a) Del bien común a la productividad: La búsqueda del bien común como objetivo primordial de la sociedad pasa a un plano secundario, y se entroniza de manera prioritaria la productividad (Alfaro, 1992).

b) De la solidaridad a la competitividad: La lógica de las relaciones interpersonales se rige ahora por el principio de competitividad, y valores tales como solidaridad o lealtad entran en franca contradicción, puesto que no son eficientes dentro de las leyes del mercado (Fournier, 1988; Fournier et al., 1994; Díaz, 1994).

c) Debilitamiento de la identidad cultural: El avance en las comunicaciones, la eficiencia de los medios de comunicación de masas y la apertura comercial de las fronteras generan un debilitamiento de la identidad cultural, en especial en los países del tercer mundo (Fournier, 1989; Robert, 1994).

d) Exaltación del individualismo: La transformación de la estructura axiológica y el debilitamiento de la identidad cultural exaltan y refuerzan el individualismo (Fournier, 1988).

e) La capacidad de consumo como como criterio último de "status" y felicidad: La necesidad de incrementar permanentemente el consumo hace que nuestra cultura centre cada vez más los criterios de evaluación del "status" social y la realización personal en la cantidad y calidad de bienes y servicios que cada persona puede adquirir (Durning, 1991).

f) Los medios de comunicación como agentes primordiales de la socialización: Ante los vacíos que produce un estado debilitado, un decadente sistema educativo, el desmembramiento de la familia, la paulatina desaparición de la identidad cultural, y la creciente relativización de los preceptos religiosos, los medios de comunicación de masas han sabido rellenar cada uno de estos espacios, colocándose no solo como una de las instituciones con mayor credibilidad, sino también como el principal agente socializador de las nuevas generaciones (Robert, 1994; Bryant et al, 1994; Mediascope, 1996; UCLA, 1995).

C. Características psicosociales

Obviamente, los cambios en la estructura social y en la cultura producen a su ver transformaciones importantes en la conformación de las características psicosociales de la población:

a) Frustración: Puesto que los bienes y servicios son escasos, los nuevos ideales de "status" y felicidad solo son alcanzados por una pequeña minoría de los ciudadanos, para los demás, es fuente continua de frustración y desilusión. Pero de todas maneras, la mayoría de aquellos que sí logran acceder a una alta capacidad de consumo, rápidamente descubren lo lejos que se encuentran de la auténtica felicidad (Fournier et al., 1993; Carranza, 1994).

b) Estrés: El ambiente de competitividad y la carga de trabajo que demanda mantenerse al día y con eficiencia en un mundo cambiante y exigente, produce en la mayoría de la población exceso de trabajo, ansiedad e hipertensión.

c) Debilitamiento de los lazos afectivos: La competitividad, el estrés y el exceso de trabajo debilitan la calidad de las relaciones interpersonales, tanto a nivel primario como secundario (Campos et al., 1994).

d) Corrupción: El viraje en los criterios de evaluación del "status" social y las demandas crecientes sobre la capacidad de consumo debilitan los controles éticos y legitiman conductas ilegales (Hardinhaus, 1989; Fournier, 1988).

e) Desilusión y desconfianza: El debilitamiento del estado, la decadencia en la calidad de vida, los escándalos de corrupción, y la frustración debilitan la legitimidad del sistema político (UNIMER, 1995).

f) Autoritarismo: El ambiente de desconfianza y la incertidumbre hacia el futuro facilitan el desarrollo de una personalidad autoritaria en sectores cada vez más amplios de la población (Adorno, 1969; Campos, 1991; Solano, 1991, Fournier et al., 1993; Fournier et al., 1994).

g) Impulsividad e irreflexión: Uno de los avances tecnológicos más impactantes de nuestros días, es aquel que permite el desarrollo del aparato mercadológico y publicitario. La necesidad de incrementar constantemente el consumo, ha generado técnicas altamente complejas de manipulación del consumidor, logrando reducir o reorientar cada vez más el proceso de toma de decisiones, de modo que los clientes actúen principalmente guiados por sus impulsos y en donde el proceso posterior de evaluación conlleve el menor grado posible de reflexión (Fournier, 1988; Loundon et al, 1995).

h) Cortoplacismo: La lógica del mercado en donde la rentabilidad está determinada por la celeridad con que pueda reproducirse el capital, la creciente rapidez con que se desarrolla y transforma la tecnología, y la consecuente obsolescencia de los bienes y servicios, tiende a reforzar en la población una mentalidad centrada en los resultados a conto plazo, debilitando la viabilidad y conveniencia de la planificación a mediano o largo plazo (Dierckxsens, 1997).

V. VIOLENCIA

Las características sociales y culturales descritas hasta aquí constituyen el contexto ideal para el desarrollo de la violencia. Recordemos que este fenómeno se encuentra íntimamente asociado con la frustración, la impulsividad, y la irreflexión. A esto agreguémosle un sistema que genera y favorece la exclusión en todos sus ámbitos, que refuerza la competitividad en detrimento de la solidaridad, el individualismo por encima del bien común, y la capacidad de consumo independientemente de la honorabilidad y la honestidad. Sumemos a esto, los medios de comunicación de masas que adquieren un papel protagónico en el desarrollo, transformación y transmisión de la cultura, y cuyos contenidos se saturan cada vez más de violencia. Por último, no debemos olvidar que este caldo de cultivo tiene como contexto una larga historia de explotación, pobreza, machismo, violación impune de los más fundamentales derechos humanos, y en muchos de nuestros países, militarismo, autoritarismo, represión y cruentas guerras civiles. Ante este panorama, lo extraño sería que viviésemos en un ambiente pacífico.

La violencia tiene una dinámica con estructura espiral, ya que cualquier acto violento posee una alta probabilidad de generar como respuesta otro acto violento. De este modo, mientras la estructura social y la cultura sean en sí violentas, el resultado inevitable será un conjunto de individuos violentos. Del mismo modo, si las soluciones se concentran en la represión, y por ende en la violencia, el producto final será la estimulación de la misma, nunca su reversión o contención.

VI. ALGUNAS SUGERENCIAS DE INTERVENCIÓN

Al pensar en soluciones, obviamente la tendencia principal de muchos de nosotros se dirige inmediatamente hacia la utopía de una sociedad realmente igualitaria, constituida por ciudadanos libres, independientes, reflexivos, respetuosos y amorosos, al estilo del cristianismo original o como soñó John Lennon en su canción Imagine, o Marcusse en su "Final de la Utopía".

Sin embargo, mientras nos esforzamos por acercarnos a ese sueño, podemos pensar en algunas acciones concretas que permitan aquí y ahora frenar y revertir la espiral actual de la violencia. Bajo los principios enunciados en este ensayo, se hace evidente de que cualquier intervención efectiva para detener la escalada de violencia pasa por una transformación de nuestra cultura. Cualquier intervención a nivel microsocial, sin un contexto macrosocial favorable, terminará siendo un simple remiendo que se rasgará fácilmente de nuevo; y cualquier programa macrosocial que no tome en cuenta y permita la participación activa de la mayoría de la población terminará siendo otra buena intención que se diluye en una realidad contradictoria y en la contracultura.

Mientras exista exclusión, ignorancia y alta frustración, existirá violencia, por lo tanto, cualquier esfuerzo para enfrentar el problema debe iniciarse con un proceso que garantice mejores estrategias de redistribución de la riqueza. Concretamente, se hace necesaria una reestructuración del sistema fiscal, de modo que la carga tributaria se concentre en aquellos sectores que tienen mayor poder adquisitivo. Esta redistribución deberá estar dirigida de manera prioritaria hacia la educación, la salud y la promoción de los derechos humanos en todas sus dimensiones. Por otra parte, se hace necesaria una mejor legislación laboral de modo que puedan garantizarse mejores condiciones de trabajo, mejores salarios, mejores oportunidades de capacitación y desarrollo, y mejores facilidades para la recreación sana.

Al lado de esta reestructuración social, debe iniciarse pronto un programa de promoción de valores acordes con la coexistencia pacífica y la resolución de conflictos. Utilizando las mismas estrategias que han resultado tan eficientes para la promoción de bienes y servicios, debe desarrollarse una amplia campaña dirigida primordialmente a modificar la dimensión afectiva de las actitudes violentas. Literalmene se trata de poner de moda la paz, el amor y la resolución pacífica de conflictos, y hacer afectivamente incompatibles las conductas y actitudes agresivas. Para ello podría utilizarse, por ejemplo la participación de los grandes modelos de jóvenes y viejos (cantantes, actores deportistas, etc.), pero en donde también participen y coordinen todo tipo de organizaciones estatales y privadas.

Este primer paso a nivel afectivo, deberá acompañarse inmediatamente de un proceso más prolongado y complejo, en donde las dimensiones cognitivas y conativas puedan transformarse y desarrollarse hacia modelos de interacción más solidarios y mejor centrados en el bien común. La población debe comprender e introyectar los costos negativos a mediano y largo plazo de actos de violencia y corrupción, así como de las tendencias hacia el individualismo, la impulsividad, el consumismo, etc. Para ello se hace necesario un proceso educativo dirigido a toda la población, pero también un programa de reforzamiento de conductas opcionales e incompatibles, tales como incentivos a programas de desarrollo comunal, promoción de organizaciones populares de bien social, estrategias comunales de seguridad ciudadana, etc.

Resulta en esta etapa de vital importancia el desarrollar en la población la conciencia de las consecuencias a mediano y largo plazo de la lógica del mercado. Ya el BID ha iniciado un proceso importante, en este sentido, al contabilizar los costos de la violencia; sin embargo el esfuerzo debe ser más concreto. Esta contabilidad debe reflejarse directamente en los costos de producción. Existen diferentes mecanismos para lograr esto, por ejemplo:

-Prohibición o regulación de aquellos bienes y servicios, cuyas consecuencias sobre el ambiente o sobre la cultura sean altamente perjudiciales.

-Retribución a la población, mediante sistemas fiscales específicos, de los costos negativos a mediano y largo plazo.

-Publicación permanente de las consecuencias en cada producto y bien comercializado.

Solo habiendo logrado las tres etapas anteriores, podrán tener un efecto duradero y profundo las estrategias concretas que hasta ahora se han utilizado, y que, por supuesto, son de enorme importancia y deben acompañar el proceso más general. Solo para citar algunas:

-Control de los contenidos de la televisión

-Control en el uso y porte de armas.

-Control del consumo de alcohol y drogas.

-Transformación de la legislación penal.

-Mejores sistemas de readaptación social.

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Tomado de: Revista adolescencia y salud. Volumen 1 Número 1 1999

http://www.binasss.sa.cr/adolescencia/cutluraviolencia.htm

Caja Costarricense de Seguro Social Programa Atención Integral de la Adolescencia

8.1 Acerca de la marginalidad


ACERCA DE LA MARGINALIDAD

LIC. GLADYS ADAMSON

Pensar acerca de la marginalidad es partir de un planteamiento topológico. La misma palabra tiene una significación espacial. Margen es un determinado lugar en una página por ejemplo un espacio, ubicable dentro de un topos mayor (topos: lugar). El Diccionario de la Real Academia Española señala: margen extremidad y orilla de una cosa (del latín margo). Es interesante que también signifique ocasión, oportunidad, motivo para un acto o suceso Por ejemplo me queda un margen para maniobrar. Creo que es importante rescatar este ultimo sentido para sortear o neutralizar la mirada estigmatizadora que podamos tener acerca de aquello que está al margen1/2.

La Psicología Social concibe a la sociedad teniendo en cuenta 1) una dimensión topológica estructural y 2) una dimensión de imaginario social.

DIMENSIÓN TOPOLÓGICA ESTRUCTURAL

Desde el punto de vista topológico estructural no corresponde hablar de marginalidad sino de marginados. Aquí el empleo del verbo es fundamental porque, estar ubicado en el margen, no es producto de una voluntad consciente, no hay una elección personal en ello. En Argentina, en determinado momento histórico como fueron las primeras décadas de este siglo la marginalidad tuvo una valoración positiva y hasta romántica producto de una ideología anarquista donde se valoraba la no inclusión, la no aceptación de un sistema social regulado por el Estado. Pensemos en Roberto Arlt y sus personajes de Los siete locos. Progresivamente a lo largo de nuestra historia ser un marginal comenzó a adquirir una significación peyorativa, inclusive temible asociada a la delincuencia, a la violencia, la droga, el crimen, etc.

Por ello es importante sostener una visión estructural: los marginados pertenecen a un determinado campo social. Cuando hablo de campo social estoy tomando un concepto de Pierre Bourdie para quien concebir el espacio social topológicamente, implica distinguirlo en diferentes campos. Los campos a su vez definen determinados lugares, incluso geográficos en una sociedad y que se rigen por determinadas lógicas o reglas de juego, reglas que distinguen un campo de otro. No es lo mismo el campo militar con sus reglas de juego específicas que el campo artístico. Inclusive las reglas de juego de un campo a otro pueden responder a lógicas opuestas.

El concepto de campo corresponde a lo que Enrique Pichón Riviere denomina ámbito comunitario. Para este autor, creador de la Escuela Argentina en Psicología Social, la sociedad no es un todo homogéneo ni puede concebirse como una totalidad. Mas bien es todo lo contrario. La crisis de la modernidad la signa con un rasgo de fragmentación que él metaforiza con la imagen del Parque de diversiones.3

El ámbito comunitario no designa a LA comunidad. Siempre va a implicar una cultura particular4 dentro de una sociedad o de un país para utilizar fronteras o límites geográficos mas o menos arbitrarios. Pichón Riviere dentro del ámbito comunitario, como cultura particular, distingue otros ámbitos que son el individual (psicosocial), grupal (sociodinámico) e institucional.

Desde una perspectiva estructural nos planteamos entonces un mapa donde ubicamos a los marginados dentro de un campo determinado. Ese campo social tendrá reglas de juego que corresponderán a la articulación o interrelación de lógicas subjetivas, grupales e institucionales propias de ese campo y que se expresará en las normas, valores, interjuegos de instituidos, peculiaridades de las narrativas y del lenguaje. Aquí las instituciones pueden operar por presencia, ausencia o exceso. Esta perspectiva estructural es importante de tener en cuenta cuando uno reflexiona acerca de la producción de subjetividad.

Un interés fundamental de la Psicología Social es poder indagar como se constituye la subjetividad a partir de un contexto social o para decirlo en términos de Pichón Riviere, poder dar cuenta cómo la macro estructura social deviene fantasía inconsciente, deviene escenario o ecología íntima subjetiva.5

Pertenecer, como sujeto, a este campo de margen o de marginados implica desarrollar una práctica social relativa a la producción material de recursos de supervivencia, produciendo también determinadas formas de relaciones intersubjetivas.

DIMENSIÓN DE IMAGINARIO SOCIAL

Corneluis Castoriadis se pregunta qué es lo que mantiene unida a una sociedad y responde, que lo que la mantiene unida es una urdimbre de significaciones sociales que denomina imaginario social eficaz. Este imaginario es producido socialmente por creación y establece qué es un hombre, qué es una mujer, un niño, qué es el Estado, el pecado, la virtud, etc. Pero además de lo instituido hallamos también el imaginario social radical que designa lo instituyente, que siempre se halla presente en toda sociedad, especialmente en las democracias.6 Cada campo social o ámbito comunitario produce un determinado universo representacional, particular del imaginario social. Esta trama de significacions designa tanto aquello que es propio de ese campo como también las reglas de juego que hacen posible su puesta en cuestión y que brinda la posibilidad del cambio. Definir como imaginario social el universo simbólico de cada ámbito, implica que este concepto pierda su homogeneidad en relación con la sociedad concebida como una institución total y pasa a denominar el universo representacional de cada ámbito especifico. Forma parte del desarrollo de teorías grupalistas y organizacionales el hablar de novela grupal y de cultura organizacional, que designa la dimensión imaginaria de cada ámbito.

Estas precisiones son importantes a la hora de pensar ciertas significaciones propias de los marginados y que no coinciden con el imaginario social concebido desde el poder. Por ejemplo, entre ambos grupos sociales generalmente no coinciden las significaciones de aquello que es bueno o malo, lo que es delito o razonable, lo que es digno o indigno. De otra manera no se entiende por qué, en un barrio carenciado, un niño de once años, hijo mayor de una familia numerosa que carece de padre y que entrega a su madre todo lo que roba, tenga consenso social y para sus pares y vecinos sea considerado un buen hijo y una buena persona.

El campo con sus diversos ámbitos designa un lugar (incluso geográfico), un posicionamiento y pertenencia social, una específica interrelación institucional, con organizaciones ya sean educativas, laborales o policiales y su articulación con grupos y sujetos. Estas estructuras objetivas externas van a producir estructuras subjetivas a las que Bourdie denomina hábitus y que Pichón Riviere define como esquemas referenciales.

HACIA UNA EPISTEMOLOGÍA CONVERGENTE

Decíamos entonces que una concepción psicosocial de la sociedad rescata dos dimensiones 1) estructural donde es importante la posición del ámbito de que se trate y 2) una dimensión del imaginario social propio de ese ámbito. Señalábamos que nuestra sociedad es concebida por Pichón Riviere desde una dimensión estructural, como un espacio que alberga tramas vinculares que operan según ciertas lógicas de relaciones y que difieren de un ámbito a otro. Dichas lógicas dependen de la praxis que dicho ámbito necesite desarrollar en función de su producción y reproducción. Las reglas de juego de cada campo se establecen en función de su objetivo o tarea. No es lo mismo el ámbito familiar y su lógica centrada en el desarrollo integral (intelectual, afectivo, sexual, vital) de sus miembros, que una institución militar cuyo objetivo es preparar a sujetos y grupos para el enfrentamiento con enemigos. Esto significa que cada ámbito desarrolla tramas vinculares y estilos de relaciones que están signadas por un objetivo especifico. A este objetivo Pichón Riviere lo denomina tarea. Cada grupo o institución tiene una determinada tarea que define su direccionalidad y el sentido primordial de su esfuerzo o de la economía de su acción. Este autor elige el termino tarea y no trabajo porque tarea remite a una misión, tiene un sentido prospectivo más ligado a un deseo o proyecto, en cambio trabajo remite desde su sentido etimológico a una condición de sometimiento.7 El resultado de la práctica o la praxis llevada a cabo por los sujetos en ámbitos determinados tiene como consecuencia la producción de subjetividad. No solo se producen objetos sino que también se producen sujetos. Dar cuenta de la producción de subjetividad centra la cuestión, fundamentalmente, en que la experiencia de socialización implica la conformación de una estructura subjetiva que Pichón Riviere denomina esquema referencial. Este término designa los modelos con los que el sujeto piensa, siente y opera en el mundo.

La teoría de Pichón Riviere en este sentido es una concepción que articula las posiciones objetivistas y subjetivistas, las estructuralistas y las históricas, las lingüísticas y las dialécticas.

Capital económico, cultural y social Una noción importante de Bourdie es la noción de capital que define la posesión y acumulación de recursos propios de un campo determinado. Bourdie distingue tres clases fundamentales de capital: el económico, el cultural y el social. El capital cultural es un capital informacional que puede estar incorporado en los sujetos, puede estar en objetos e instituciones. El capital social es la suma de los recursos, actuales o potenciales, correspondientes a un individuo o grupo, en virtud de que éstos poseen una red duradera de relaciones conocimientos y reconocimientos mutuos más o menos institucionalizados, esto es, la suma de los capitales y poderes que semejante red permite movilizar. Pensar en términos de Bourdie nos lleva a preguntarnos por la lógica de la práctica de los marginados. Cómo elaboran sus rituales, sus valores, en síntesis sus reglas de juego intersubjetivos. Con qué capital o recursos cuentan, a qué campo pertenecen?

Bourdie no habla de esquema referencial como Pichón Riviere, pero sí plantea el concepto de hábitus, que son sistemas perdurables y transponibles de esquemas de percepción apreciación y acción resultantes de la institución de lo social en los cuerpos (o en los individuos biológicos) y los campos, sistemas de relaciones objetivas que son el producto de la institución de lo social en las cosas o en mecanismos que poseen la casi‑realidad de los objetos físicos.8

La marginalidad debe ser entendida entonces como ese ámbito o espacio en la sociedad, que opera como un campo que se rige por una determinada lógica o reglas de juego producto de la praxis o de las prácticas sociales necesarias para la supervivencia de los sujetos de ese campo y para la supervivencia del mismo campo. Bourdie señala que un campo sólo puede funcionar si encuentra individuos socialmente predispuestos (...) a arriesgar su dinero, su tiempo y, a veces, su honra o su vida para perseguir las apuestas y obtener las ganancias que el campo ofrece.

¿Qué ganancias ofrece la marginalidad? ¿Hay algún capital que se pueda reconocer como propio de la marginalidad?

Señalábamos que no hay una elección voluntaria a ocupar el espacio de la marginalidad. Hay todo un interjuego de ámbitos y de sistemas que tiende a desplazar a determinados sujetos a un espacio prácticamente carente de recursos y de contención institucional. Debemos pensar en los universales que determinan a este campo, además de las razones particulares que puedan haber llevado a un niño por ejemplo a elegir el espacio de la calle para huir de la violencia física y simbólica de su familia. Mas que alguien libre de elegir, tenemos a un ser atrapado en un interjuego de instituciones productivas, educacionales, familiares, judiciales, policiales etc. que lo colocan casi en la única elección posible.

El espacio de la marginalidad podríamos decir está en las grietas de la sociedad, lugar más caracterizado por la ausencia de las instituciones o la aparición brusca o disruptiva y abusiva de la institución, la policial por ejemplo. Incluso el reformatorio, las instituciones del menor y aun la escuela misma, adquieren un sentido más disciplinario para el caso de los marginados que de desarrollo vital.

Los marginados tienen ciertos rasgos comunes que nos lleva a pensar que alguien puesto en esa posición social, no tiene otro destino mas que la marginalidad. Hay una serie de circunstancias que se caracterizan por la ausencia de instituciones de contención y sostén. Pertenecen a familias que han emigrado y por lo tanto han perdido el sostén de esa urdimbre de significaciones que caracterizan a la cultura particular de cada región, ( son obreros rurales que llegan a la gran ciudad)l con padres desempleados (ausencia de institución laboral), con baja instrucción (ausencia de escuela), de familias numerosas y que aumentan las exigencias de alimentación y socialización en general. Todas estas condiciones predisponen a un clima de frustración, impotencia y por lo tanto violencia. Ello promueve la disgregación familiar por lo cual se pierde también a la familia como una institución de contención y refugio. La frustración y la impotencia prolongada predisponen a las adicciones, el alcohol, la droga. Tienen una ubicación geográfica determinada, las afueras de las grandes ciudades. En la Argentina el segundo y tercer cordón de Buenos Aires ubica a la población más pobre y marginal. En el interior del país la pobreza no promueve la marginalidad como en las grandes ciudades, ya que la comunidad más pequeña tiende a preservar los lazos familiares, de amistad y parentesco, y el acceso a las instituciones no es anónima, será personalizada.

Los niños de la calle están en una dialéctica de la necesidad. No hay margen para el deseo. La subsistencia diaria es urgente y si es necesaria la violencia para cubrirla se apela a ella.

La calle acelera el ritmo vital. No hay valores que se mantengan estables, son efímeros. No hay ley por lo tanto están sujetos al capricho del mayor, del mas fuerte o el más arriesgado.

CONDICIONES ESTRUCTURALES DE LA MARGINALIDAD

Los marginados en su gran mayoría en Latinoamérica en principio son pobres. Por más que se ha ensanchado el margen la gran mayoría pertenecen al campo de la pobreza. No han culminado la instrucción primaria o a lo sumo la han terminado.

Sus familias son supernumerarias. Pertenecen a familias que se han desmembrado

Sus padres son desocupados o tienen ocupaciones temporarias. No hay una pertenencia a una institución laboral fija.

El hecho de que las condiciones estructurales de la marginalidad tengan que ver con la pobreza es preocupante, porque ésta se halla en expansión en Latinoamérica. El informe Desarrollo humano 1992 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, específica que las polarizaciones sociales están en crecimiento. El 20% más rico de la población mundial es dueño del 82,7% del Producto Bruto Mundial.

Según este informe las distancias entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población mundial se ha duplicado en los últimos 30 años.

En 1980 el 38% de los latinoamericanos pertenecían a la franja de los pobres o estaban por debajo de la línea de la pobreza. Esto implica 4 de cada 10 latinoamericanos.

En 1990 el Proyecto Regional ONU de superación de la pobreza señaló en la Conferencia Regional de los países de América Latina sobre la Pobreza (Quito 1990), que el 62% de la población latinoamericana estaba en situación de pobreza. Esto significa que uno de cada dos latinoamericano está en situación de carencia con relación a sus necesidades básicas de desarrollo humano.

La década del 80 ha sido una década de avance casi arrollador de la pobreza en Latinoamérica, señala B. Kliksberg9. Ello ha coincidido con el auge de las estrategias neoliberales en los gobiernos latinoamericanos.

Por otro lado la mitad de los pobres está en la categoría de pobres extremos, que son aquellos que aún dedicando todos sus ingresos a abastecerse con alimentos no llegan a ingerir las proteínas y las calorías necesarias para vivir.

Las grandes ciudades de Latinoamérica asisten a la emergencia del fenómeno de los niños de la calle. En Brasil ocho millones de niños viven en la calle expuestos a toda clase de riesgos incluso a la muerte. En los años 90, tres niños por día eran asesinados en Brasil por escuadrones de la muerte.

La marginalidad no es una problemática exclusivamente de la pobreza. También tienen que ver con estrategias gubernamentales y la decisión política de abordar esta problemática.

El desarrollo humano y social de un país no depende de su ingreso per cápita. Hay países con recursos económicos escasos y que sin embargo poseen una mejor calidad de vida de su población que otros países más ricos desde una perspectiva macroeconómica. Las tasas de esperanza de vida y alfabetización de Costa Rica, son muy superiores a las de Kuwait, a pesar de que el ingreso per capita es cuatro veces menor. El acceso a la educación y la presencia de adultos alfabetizados es superior en Sri Lanka que en Arabia Saudita, aunque en este ultimo país el ingreso per capita es 15 veces mayor. También en Arabia Saudita la mortalidad infantil es cuatro veces mayor que en Jamaica aunque triplica a este ultimo país en ingresos por habitante.

En rigor la calidad de vida de un país tiene que ver con una justa distribución de la riqueza, con el acceso de toda la población a la vivienda, a los servicios de educación, salud, trabajo y cultura. Los índices de medición de desarrollo social no deben ser económicos sino la esperanza de vida, el acceso a la educación, la participación en actividades culturales, acceso al trabajo y a una vivienda digna.

EL MARGEN SE HA ENSANCHADO

El porcentaje de los marginados se ha ensanchado en Latinoamérica y en el mundo debido a los fenómenos de desempleo, precariedad, segregación y exclusión social. Como fenómeno inédito nunca vivido en la sociedad contemporánea, aumenta cuantitativamente la población que vive en condiciones de incertidumbre.

El margen ya no lo ocupa sólo la población habitual: los indígenas, los negros, las poblaciones paupérrimas o los pobres entre los pobres, sino que hay una nueva población que la sociedad actual ha creado, que emerge de las grietas y los intersticios institucionales donde flotan sin lugar, los desempleados por tiempo prolongado, los jóvenes que buscan empleo, las víctimas de la reconversión industrial, población con falta de trabajo por tiempo prolongado o con trabajo precarizado.

La situación de margen ya no es solo una cuestión de estratificación, no es posible metaforizarlo en términos de una pirámide o en todo caso esta pirámide se ha poblado de múltiples grietas que la recorren en casi toda su extensión.

¿ Puede una sociedad democrática que postula la igualdad frente a la ley mantener una cierta cohesión social con el 20 o 30% de su población en condiciones de marginalidad?

En la concepción psicosocial la marginalidad no implica una anómia (como ausencia de valores) sino que implica que la anómia es solo momentáneamente una perdida de valores en el proceso de adquisición de otros. Los valores son cambiantes, momentáneos y fugaces. Se pasa de la valoración del trabajo a la valoración de ingresos de la manera que sea, de la pertenencia a una familia a la pertenencia de un grupo de pares, de la autoridad paterna a liderazgos contingentes, etc.

Hablar de la anómia de los marginados es algo a considerar, porque puede estar implicando una lectura desde los instituidos sociales ligados al poder. Se los define como anómicos porque no participan del imaginario social eficaz. El campo de poder siempre tiende a identificar sus intereses corporativos con el interés general. De la misma manera universaliza sus valores y quien tiene otros es señalado como carente de valores o amoral.

LA INTERVENCIÓN EN GRUPOS DE MARGINADOS

A partir de lo expuesto es importante pensar que el abordaje de sujetos que se hallan posicionados en el campo de la marginación, tenga en cuenta que se trata es de incidir con transformaciones en su esquema referencial, en sus esquemas o modelos de percibir y organizar la realidad, de valorar positivamente o negativamente determinados aspectos de su realidad, incidir en su forma de pensar, transformar sus esquemas de respuestas afectivas a determinados estímulos y sus modos de operar, accionar o solucionar conflictos que el mundo les presenta.

La modificación de los hábitus o esquemas referenciales de los sujetos no es tarea sencilla. Requiere de un proceso de prácticas sociales, vinculares, simbólicas y materiales que le permitan al marginado acceder a desestructurar su esquema referencial y volver a estructurarlo. Esta desestructuración desencadenará, en él, inevitablemente una crisis. Gramsci dice que la crisis es cuando lo viejo a muerto y lo nuevo no ha nacido aun. Sostener el proceso de cambio de un joven marginado, va a implicar inevitablemente sostenerlo y acompañarlo en el atravesamiento de sus crisis. Es necesario significar estas crisis como vitales y no como signos de enfermedad.

Dado el interés de Pichón Riviere por la subjetividad moderna, que es una subjetividad desafiada a constantes cambios, siempre le ha dado suma importancia a comprender las vicisitudes subjetivas de los procesos de cambio. Él centra su mirada en el hecho que la desestructuración del esquema referencial como inicio de todo cambio promueve una serie de vivencias subjetivas dolorosas que reactivan los miedos básicos que son el miedo a la pérdida de lo conocido y el miedo al ataque de lo nuevo. Como lo señala la sabiduría popular, más vale demonio conocido que ángel por conocer.

El momento de la crisis se caracteriza por una vivencia de soledad, inermidad y desinstrumentación para abordar la realidad, momento de ansiedad, confusión y de incremento de los miedos básicos. Es un momento regresivo o implica una regresión que requiere más que nunca un apoyo vincular, que reafirme el proyecto y la legitimación de las experiencias subjetivas por las cuales se está atravesando.

En La noción de tarea en psiquiatría10 Pichón Riviere señala que el momento de la crisis es la antesala de todo cambio estructural subjetivo y se caracteriza por la agudización de la contradicción entre el proyecto (de cambio) y la Resistencia al cambio.

‑Incremento de las ansiedades de pérdida y ataque

‑Se distancia lo real de lo fantaseado. Se incrementa la emergencia fantasmática.

‑El otro no es alguien diferente, sino que tiene un valor fantasmático y transferencial importante.

‑Se agudiza la contradicción entre el proyecto (de cambio) y la resistencia al cambio.

‑Como salida puede surgir la impostura y los mecanismos de postergación, que ocultan su impotencia frente al cambio y que se expresan muchas veces en actividades que sólo tienen el sentido de hacer pasar el tiempo y que en rigor no implican iniciar y terminar ninguna tarea.

‑Se disocia lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace. Mucho de lo que el sujeto en crisis hace, tiene más valor de acting que de acto voluntario consciente.

‑Vive con extrañeza las situaciones vitales de su cotidianidad. Hay una pérdida de sentido de lo que enfrenta o vive.

‑Pierde una percepción global de su ubicación como sujeto

‑No puede elaborar estrategias ni planificar un proyecto de vida.

Todas estas características propias de un sujeto en crisis se revierten cuando el sujeto a partir de un sostén vincular y de una praxis social compleja puede volver a reestructurar su esquema referencial incorporando y encarnando lo nuevos modelos de percibir, organizar, pensar, sentir y hacer en y con la realidad.

Todo este proceso no es posible realizarlo sin una participación activa del sujeto y sin que los otros significativos de su entorno social o institucional lo contengan, reconozcan y reafirmen en su diferencia.

Pichón Riviere siempre le otorgó una importancia fundamental a la posibilidad de ocupar un rol social activo. Él tuvo como psiquiatra una precoz experiencia como Director de la sala de adolescentes del Hospicio de Las Mercedes en Buenos Aires, siendo un psiquiatra recién recibido cuando formó a un grupo de sus pacientes como enfermeros y éstos se constituyeron en excelentes colaboradores. La consecuencia de ello fue un incremento de los signos de salud de estos pacientes psiquiátricos, que pasaron a ejercer un rol de responsabilidad frente a sus antiguos compañeros con el reconocimiento y valorización de su Director.


· Psicóloga Social, Directora de la Escuela de Psicología Social, Quilmes, Buenos Aires, Argentina.

1 Siempre pensé que Enrique Pichón Riviere debía parte de su lucidez al hecho de pertenecer a esa marginalidad lúcida que fue la vanguardia intelectual de la primera mitad del siglo XX, en la Argentina.

2 La comunidad suele darse soluciones alternativas que están al margen de los sistemas de reglas e instituidos sociales como el Club del Trueque por ejemplo, que se sitúa al margen del sistema de comercialización capitalista.

3 Engranaje y envoltura, en: Psicología de la vida cotidiana. Argentina, Nueva Visión, 1998. En este articulo, Pichon Riviere compara a la moderna sociedad industrial con un parque de diversiones, metáfora que nos evoca la diversidad de lugares (kioscos), cada uno con reglas de juego diferentes. No es lo mismo la propuesta participativa y reglas de juego del tren fantasma que la de tiro al blanco o las pruebas de fuerza, etc.

4 Ex profeso no hablo de subcultura para no connotar que hay culturas particulares que están por debajo de otras, por el prefijo sub.

5 El interés de Pichón Riviere nunca fue indagar solamente cómo la sociedad produce subjetividades capaces de reproducirla, sino también cómo la subjetividad cambia su contexto social, por eso no habla sólo de sujeto producido sino de sujeto productor y producido.

6 CASTORIADIS, C. Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto. España, Gedisa, 1988, pág. 68.

7 Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, Tarea proviene del árabe tariha: encargo de alguna obra, también misión; en cambio, trabajo, proviene del latín tripalium, aparato para sujetar las caballerías, de tripalis, de tres palos. Su referencia es yugo.

8 Bourdie y L.J.D.Wacquant. El hábitus es la encarnación de lo social. México, Grijalbo, 1995, pág. 87.

9 B. Kliksberg. Pobreza un tema impostergable. Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

10 PICHON RIVIERE, Enrique. El Proceso Grupal. Buenos Aires, Nueva Visión, 1997.

7.1 Problemas psicologicos del hombre en la sociedad moderna


por Erich Fromm


La presente conferencia forma parte del libro "El humanismo como utopía real - La fe en el hombre " de Erich Fromm, recientemente publicado por Editorial Paidós. Los escritos de este volumen - con el que concluye la publicación de las obras póstumas del autor- proceden de los últimos veinte años de la vida de su autor.

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Está muy difundida en el mundo la idea de que todas las necesidades humanas quedarían satisfechas sólo con que triunfasen los métodos modernos de producción, además de en Estados Unidos y Europa, finalmente en Hispanoamérica, Asia y África. Según esta suposición, el hombre sería feliz y tendría una mente sana si tuviese lo suficiente para comer, largo tiempo de asueto y un constante aumento de la posibilidad de consumir.


Sin embargo, cada vez se están levantando más voces que ponen en duda este optimismo tan ingenuo. ¿Cómo es que - se preguntan algunos observadores - los países más prósperos y adelantados, como Suecia y Suiza, soportan las tasas más altas de suicidio y alcoholismo? ¿Por qué el país más rico del mundo, Estados Unidos, es la mejor muestra de que vivimos en la “era de la angustia”? ¿Cómo es que los países económicamente más desarrollados de la Tierra se amenazan unos a otros con la aniquilación total y se amenazan, cada uno a sí mismo, con el suicidio total? ¿Será sólo porque el industrialismo aún no ha alcanzado todos sus objetivos? El caso de Suecia parecería contradecirlo. ¿O será que hay algo intrínsecamente malo en el industrialismo, tal como se ha desarrollado en el régimen capitalista y en el soviético?

¿Dónde estamos hoy? Pende sobre la humanidad el peligro de una guerra que lo destruiría todo, un peligro que no ha sido superado en absoluto por las indecisas tentativas que han hecho los gobiernos para evitarlo. Pero, aun si queda suficiente cordura a los representantes políticos del hombre para poder evitar una guerra, la condición humana está muy lejos de haber cumplido las esperanzas que se abrigaron en los siglos XVI, XVII y XVIII.


El carácter del hombre ha sido moldeado por las exigencias de un mundo que él mismo ha edificado con su mano.

En los siglos XVIII y XIX, el carácter social de la clase media se distinguió por una poderosa tendencia a la explotación de la mano de obra y a la acumulación de capital. Era un carácter determinado por la voluntad de explotar a los demás y de ahorrar las ganancias obtenidas para sacarles más beneficio. En el siglo XX, la orientación caracterológica del hombre muestra una enajenación considerable y una identificación con los valores del mercado. Ciertamente, el hombre contemporáneo es pasivo durante la mayor parte de su asueto. Es el eterno consumidor: se embute bebida, comida, tabaco, turismo, conferencias, libros, películas..., todo lo consume, todo lo traga. El mundo es para él un enorme objeto para satisfacer sus apetitos: una botella grande, una manzana grande, una teta grande.... Y el hombre ha llegado a ser el gran lactante, siempre a la espera de algo y siempre decepcionado.


Y cuando no es consumidor, es mercader. Nuestro sistema económico se centra en torno de la función del mercado de determinar el valor de todas las mercancías y de regular qué parte del producto social corresponderá a cada uno. No son la fuerza ni la tradición, como en épocas pasadas, ni el fraude ni la trampa, lo que dirige las actividades económicas del hombre. Su libertad es la de producir y vender. El día de mercado es el día del juicio sobre el éxito de sus esfuerzos. En el mercado no sólo se ofrecen y venden mercancías: también el trabajo se ha convertido en una mercancía, que se vende en su propio mercado en las mismas condiciones de competencia leal. Pero el régimen del mercado se ha extendido allende la esfera económica de las mercancías y el trabajo. También el hombre mismo se ha transformado en mercancía y siente su vida como un capital que debe invertir provechosamente. Si lo consigue, es un “hombre de éxito”, y su vida tiene sentido para él; en caso contrario, es un “fracasado”. Su “valor” estriba en su venalidad, no en sus cualidades humanas de amor y razón, ni en sus facultades artísticas. Por tanto, el sentido de su valor depende de factores ajenos: de su éxito, de cómo lo juzgan los demás. Por tanto, depende de los demás, y su seguridad está en el conformismo, en no apartarse un centímetro del rebaño.


Sin embargo, no es sólo el mercado lo que determina el carácter del hombre moderno. Hay otro factor, estrechamente relacionado con la función del mercado, que es el modo de producción industrial. Las empresas se hacen más y más grandes. Aumenta sin cesar el personal de estas empresas, el número de obreros y administrativos. La propiedad se ha apartado de la dirección empresarial. Y los gigantes de la industria son manejados por una burocracia profesional más interesada por el buen funcionamiento y la expansión de su empresa que por el afán personal de lucro.


¿Qué tipo de hombre, pues requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces? Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos y que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar.....


Este es el tipo de hombre que ha conseguido producir el industrialismo moderno: es un autómata, un hombre enajenado. Está enajenado en el sentido de que sus actos y sus energías se han extraído de él: están por encima de él y en contra suyo, lo gobiernan, en vez de ser él quien los gobierne. Sus energías vitales se han transformado en cosas e instituciones. Y estas cosas e instituciones se han convertido en ídolos. No las siente como resultado de su propio esfuerzo, sino como algo que es independiente de él, a lo que adora y a lo cual se somete. El hombre enajenado se arrodilla ante la obra de su mano. Estos ídolos representan bajo forma enajenada sus energías vitales. El hombre no se siente como dueño activo de sus energías y riquezas, sino como una “cosa” empobrecida, dependiente de otras cosas externas a él, a las que ha proyectado su sustancia vital.


Los sentimientos sociales del hombre se proyectan al Estado. Como ciudadano, está dispuesto a dar hasta su vida por sus semejantes; como individuo particular, lo dirige una preocupación egoísta por sí mismo. Como ha hecho del Estado la encarnación de sus sentimientos sociales, adora el Estado y sus símbolos. Proyecta en sus jefes su sentido de poder, sabiduría y valor, y adora estos jefes como sus ídolos.

En cuanto obrero, auxiliar o directivo, el hombre moderno está enajenado de su trabajo. El obrero ha llegado a ser un átomo económico que baila al son de una dirección automatizada.

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También está enajenado el consumo. Consumimos más por los anuncios que por nuestras necesidades reales, por nuestro paladar, ojos u oídos. La enajenación y la futilidad del trabajo tienen como consecuencia el anhelo de una pereza total. El hombre odia su vida laboral porque le hace sentirse preso y estafador.


Esta tendencia se refuerza por el tipo de consumo necesario para la expansión del mercado interior, y que conduce al principio tan concisamente formulado por Aldous Huxley en su libro “Un mundo feliz”(1946): una de las consignas principales que se inculcan desde la niñez es: “No dejes para mañana la diversión que puedas tener hoy”. Porque si yo no aplazo la satisfacción de mi deseo (y me han condicionado a desear únicamente lo que puedo obtener), no padeceré conflictos ni dudas, no habré de tomar ninguna decisión, nunca estaré solo conmigo mismo, porque siempre estoy ocupado... trabajando o divirtiéndome. No me hará falta darme cuenta de mí mismo, no tendré que hacerme consciente del yo que yo soy, porque el consumo me absorbe sin cesar. Yo no soy más que un sistema de deseos y satisfacciones. Tengo que trabajar para poder cumplir mis deseos, y estos deseos son los que orienta y estimula constantemente la maquinaria económica

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Por último, en las sociedades industriales más desarrolladas, el hombre está cada vez más enamorado de los aparatos técnicos que de la vida y de los seres vivientes. Para muchos un nuevo coche deportivo es más atractivo que una mujer. Al interés por la vida y lo orgánico sustituye el interés por lo técnico y lo orgánico. Como consecuencia, el hombre se vuelve indiferente a la vida y siente más orgullo por haber inventado los coches y las armas atómicas que aversión e indignación porque se esté considerando la posibilidad de eliminar toda vida.


Ciertas consecuencias de esta situación son importantes para el psiquiatra. El hombre convertido en cosa está angustiado, carece de fe y de convicciones y tiene poca capacidad de amar. Y escapa al vano ajetreo, al alcoholismo, a una extremada promiscuidad sexual y a síntomas psicosomáticos de todas clases que explica mejor la teoría de la tensión (estres).

Como consecuencia paradójica, las sociedades más prósperas resultan ser las más enfermas y el progreso de la medicina queda compensado por el gran aumento de toda clase de enfermedades psíquicas y psicosomáticas.


Con ésto no quiero decir que la industrialización en cuanto tal sea inconveniente. Por el contrario, sin ella el género humano no logrará las bases materiales necesarias para una vida humana digna significativa. La cuestión es qué forma tenga el sistema industrial: la del industrialismo burocrático, en el que el individuo se convierte en un pequeño e insignificante engranaje de la maquinaria social; o la del industrialismo humanístico, en el que la enajenación y la sensación de impotencia quedan vencidas por la participación activa y responsable del individuo en la vida económica y social.
La producción económica no debe ser un fin en sí mismo, sino solamente un medio para una vida humanamente más rica. Será una sociedad en la que el hombre será mucho, no una sociedad en la que el hombre tendrá mucho, o consumirá mucho. Habrá de crear las condiciones para el hombre productivo, no para el Homo consumens ni para el Homo technicus, el hombre rodeado de artilugios.

7.1 Capitulo 1 del libro “La condición humana actual”



erich fromm

Una vez destruido el mundo medieval, el hombre de Occidente pareció encaminado hacia el logro final de sus más anhelados sueños y visiones. Se liberó de la autoridad de una Iglesia totalitaria, del peso del pensamiento tradicional, de las limitaciones geográficas de nuestro globo, sólo a medias descubierto. Construyó una ciencia nueva que con el tiempo llevó a la aparición de fuerzas productivas desconocidas hasta entonces y a la transformación completa del mundo material. Creó sistemas políticos que parecieron asegurar el desarrollo libre y provechoso del individuo; redujo el tiempo de trabajo hasta un punto tal que el hombre occidental tiene libertad para gozar de horas de ocio en una medida que sus antepasados difícilmente habrían podido imaginar.

¿ Y a qué hemos llegado hoy?

El peligro de una guerra que lo puede destruir todo, pende sobre la humanidad: un peligro que no es superado en modo alguno por los vacilantes intentos que hacen los gobiernos para evitarlo. Pero aun en el caso de que a los representantes políticos del hombre les quede suficiente cordura como para impedir una guerra, la condición del hombre dista mucho de satisfacer las esperanzas de los siglos XVI, XVII y XVIII.

El carácter del hombre ha sido moldeado por las exigencias del mundo que él creó con sus propias manos. En los siglos XVIII y XIX el carácter social de la clase media mostraba fuertes tendencias a la explotación y a la acumulación. Este carácter estaba determinado por el deseo de explotar a otros, de reservarse las propias ganancias y de obtener mayor provecho. En el presente siglo, el carácter del hombre se orienta más hacia una pasividad considerable y una identificación con los valores del mercado. El hombre contemporáneo es ciertamente pasivo en gran parte de sus momentos de ocio. Es el consumidor eterno; "se traga" bebidas, alimentos, cigarrillos, conferencias, cuadros, libros, películas; consume todo, engulle todo. El mundo no es más que un enorme objeto para su apetito: una gran mamadera (sic), una gran manzana, un pecho opulento. El hombre se ha convertido en lactante, eternamente expectante y eternamente frustrado.

En cuanto no es cliente, el hombre moderno es comerciante. Nuestro sistema económico se centra en la función del mercado como determinante del valor de todo bien de consumo y como regulador de la- participación de cada uno en el producto social. Ni la fuerza ni la tradición, tal como en períodos previos de la historia, ni tampoco el fraude ni las trampas, rigen las actividades económicas del hombre. Tiene libertad para producir y para vender; el día de mercado es el día del juicio para valorar sus esfuerzos. En el mercado no sólo se ofrecen y venden bienes de consumo; el trabajo humano ha llegado ser un bien de consumo, vendido en el mercado laboral en iguales condiciones de comercio reciproco. Pero el sistema mercantil se ha extendido hasta sobrepasar la esfera de bienes de consumo y trabajo. El hombre se ha transformado a sí mismo en un bien de consumo, y siente su vida como un capital que debe ser invertido provechosamente; sí lo logra, habrá "triunfado" y su vida tendrá sentido; de lo contrario será un "fracasado". Su "valor" reside en el precio que puede obtener por sus servicios, no en sus cualidades de amor y razón ni en su capacidad artística. De allí que el sentido que tiene de su propio valor dependa de factores externos y que sentirse un triunfador esté sujeto al juicio de otros. De allí que viva pendiente de estos otros, y que su seguridad resida en la conformidad, en no apartarse nunca más de dos pasos del rebaño.

El mercado no es empero lo único que determina el carácter del hombre moderno. Otro factor, estrechamente vinculado con la función mercantil, es el modo de la producción industrial. Las empresas se agrandan cada vez más; el número de personas que trabaja en ellas, sean obreros o empleados, crece incesantemente; la propiedad está separada de la dirección, y los gigantes industriales están gobernados por una burocracia profesional más interesada en el buen funcionamiento y expansión de su empresa que en los beneficios personales en si mismos.

¿Qué clase de hombre requiere por lo tanto nuestra sociedad para poder funcionar bien? Necesita hombres que cooperen dócilmente en grupos numerosos, que deseen consumir más y más, y cuyos gustos estén estandarizados y puedan ser fácilmente influidos y anticipados. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, que no estén sometidos a ninguna autoridad o principio o conciencia moral y que no obstante estén dispuestos a ser mandados, a hacer lo previsto, a encajar sin roces en la máquina social; hombres que puedan ser guiados sin fuerza, conducidos sin líderes, impulsados sin meta, salvo la de continuar en movimiento, de funcionar, de avanzar. El industrialismo moderno ha tenido éxito en la producción de esta clase de hombre: es el autómata, el hombre enajenado. Enajenado en el sentido de que sus acciones y sus propias fuerzas se han convertido en algo ajeno, que ya no le pertenecen; se levantan por encima de él y en su contra, y lo dominan en vez de ser dominadas por él. Sus fuerzas vitales se han transformado en cosas e instituciones: y estas cosas e instituciones han llegado a ser ídolos. No son vividas como el resultado de los propios esfuerzos del hombre sino como algo separado de é1, algo que adora y reverencia y a lo que se somete. El hombre enajenado se arrodilla ante la obra de sus propias manos. Sus ídolos representan sus propias fuerzas vitales en forma enajenada. El hombre se vive a si mismo no como el portador activo de sus propias fuerzas y riquezas sino como una "cosa" empobrecida, dependiente de otras cosas que están fuera de él, en las que ha proyectado su substancia viviente.

El hombre proyecta sus sentimientos sociales en el Estado. Como ciudadano está dispuesto a dar la vida por sus semejantes; como individuo privado lo rige una egoísta preocupación por sí mismo. Por el hecho de haber encarnado sus propios sentimientos sociales en el Estado, adora a éste y sus símbolos. Sus sentimientos de poder, sabiduría y coraje los proyecta en sus líderes, a quienes reverencia como si fueran ídolos. Como obrero, empleado o dirigente, el hombre moderno está enajenado de su trabajo. El obrero ha llegado a ser un átomo económico que danza al compás de la dirección automatizada. No tiene parte en la tarea de planear el proceso de trabajo, no tiene parte en sus frutos; rara vez está en contacto con el producto completo. El dirigente, en cambio, si está en contacto con tal producto completo, pero enajenado de él en cuanto algo útil y concreto. Su meta es emplear provechosamente el capital invertido por otros; el producto obtenido es, sencillamente, la encarnación del capital, no algo que le interese como entidad concreta. El empresario se ha convertido en un burócrata que maneja cosas, números y seres humanos como meros objetos de su actividad. Al arte de manejar a la gente que trabaja se lo denomina arte de las relaciones humanas, cuando en realidad el empresario debe habérselas con las relaciones más inhumanas, entre autómatas que se han convertido en abstracciones. Lo que consumimos es algo igualmente enajenado. Está determinado más por frases publicitarias que por nuestras verdaderas necesidades, nuestros paladares, nuestros ojos o nuestros oídos.

La falta de significado y la enajenación del trabajo hacen anhelar una holganza completa. El hombre odia su vida de trabajo, pues lo hace sentirse prisionero y farsante. Su ideal se torna la holgazanería absoluta, donde no necesite hacer ningún movimiento, donde todo transcurra de acuerdo con el slogán de la Kodak: "Usted aprieta el botón; nos otros hacemos el resto". Esta tendencia, reforzada por el tipo de consumo necesario para la expansión del mercado interno, lleva a un principio que Huxley ha expresado muy sucintamente en su libro Brave New World. Uno de los s1ogans con que todos hemos sido condicionados desde la infancia dice: "Nunca dejes para mañana el goce que puedes tener hoy". Si no pospongo la satisfacción de mi deseo (y estoy condicionado para desear sólo aquello que puedo obtener, no tendré conflictos ni dudas; no habrá que tomar decisiones: nunca me encuentro solo conmigo mismo, pues siempre estoy ocupado, ya sea trabajando o divirtiéndome. No necesito tener conciencia de mi mismo como tal, pues la tarea de consumir me absorbe constantemente. Soy un sistema de deseos y satisfacciones; debo trabajar para poder satisfacer mis deseos, y estos mismos deseos son constantemente estimulados y dirigidos por la maquinaria económica.

Pretendemos ir en pos de las metas de la tradición judeocristiana: amar a Dios y a nuestro prójimo. Hasta nos dicen que atravesamos un periodo de renacimiento religioso, lleno de promesas. Nada podría estar más lejos de la verdad. Empleamos símbolos pertenecientes a una tradición genuinamente religiosa y los transformamos en fórmulas que sirven a la finalidad del hombre enajenado. La religión se ha convertido en una cáscara vacía; se ha transformado en un dispositivo que nos ayuda a elevar nuestras propias fuerzas para lograr el éxito. Dios se convierte en socio del negocio. El poder del pensamiento positivo es el sucesor de cómo ganar amigos e influir sobre la gente.

También el amor por el hombre es un fenómeno raro. Los autómatas no aman; los hombres enajenados no se preocupan. Los expertos en relaciones amorosas y los consejeros matrimoniales consideran encomiable una relación de equipo entre dos personas que se manejan entre ellas con las técnicas apropiadas y cuyo amor es esencialmente un egoísmo à deux, un fondeadero abrigado para una soledad de otro modo insoportable.

¿Qué es entonces lo que podemos esperar del futuro? Si dejamos de lado aquellos pensamientos que son sólo producto de nuestros deseos, me temo que lo que quedaría por admitir como más probable es que la discrepancia entre inteligencia técnica y razón haga estallar una guerra atómica en el mundo. El resultado casi seguro de una guerra tal, es la destrucción de la civilización industrial y la regresión del mundo a un primitivo nivel agrario. O en el caso de que la destrucción no resultara tan completa como suponen muchos especialistas en la materia, el vencedor se verá, por fuerza, ante la necesidad de organizar y dominar todo el mundo. Tal cosa podría ocurrir únicamente en un Estado centralizado y que tenga como base la fuerza, y habría muy poca diferencia en que la sede del gobierno estuviera en Moscú o Washington.

Por desgracia, ni el poder evitar la guerra es promesa de un futuro brillante. Tanto en el desarrollo del capitalismo como del comunismo, tal como los imaginamos en los próximos cincuenta o cien años, los procesos que fomentan la enajenación humana no se habrán interrumpido. Ambos sistemas desembocarán en sociedades burocratizadas, con sus integrantes bien alimentados, bien vestidos, con todos sus deseos satisfechos y libres de deseos que no se puedan satisfacer. Los hombres son, cada vez más, autómatas que fabrican máquinas que actúan como hombres y producen hombres que funcionan como máquinas; su razón se deteriora a la vez que crece su inteligencia, dando así lugar a la peligrosa situación de proporcionar al hombre la fuerza material más poderosa sin la sabiduría para emplearla.

A pesar de la producción y el confort crecientes, el hombre pierde cada vez más el sentido de ser él mismo; tiene la sensación de que su vida carece de sentido, aun cuando tal sensación sea en gran parte inconsciente. En el siglo pasado el problema era que Dios esta muerto; en nuestro siglo el problema es que el hombre esta muerto. En el siglo XIX, inhumanidad significaba crueldad; en el siglo XX significa enajenación esquizoide. En otros tiempos el peligro era que los hombres se convirtieran en esclavos. El peligro del futuro es que los hombres lleguen a convertirse en robots. Verdad es que los robots no se rebelan. Pero dada la naturaleza del hombre, los robots no pueden vivir y mantenerse cuerdos: se convierten en golems; entonces buscarán destruir el mundo y destruirse a si mismos, pues ya no serán capaces de soportar el tedio de una vida falta de sentido y carente por completo de objetivos.

¿Qué alternativa hay entre la guerra y el robotismo? De modo más fundamental, la respuesta podría darse tal vez tomando la frase de Emerson: "las cosas tienen las riendas y manejan a la humanidad" e invertirla para que diga: "Dad las riendas a la humanidad para que maneje las cosas". Es otra manera de expresar que el hombre debe superar la enajenación, que lo convierte en un importante e irracional adorador de ídolos. En la esfera psicológica eso significa que debe vencer las actitudes pasivas y orientadas mercantilmente que ahora lo dominan, y elegir en cambio una senda madura y productiva. Debe volver a adquirir un sentimiento de ser e1 mismo; debe ser capaz de amar y de convertir su trabajo en una actividad concreta y llena de significado. Debe emerger de una orientación materialista y alcanzar un nivel en donde los valores espirituales -amor, verdad y justicia- se conviertan realmente en algo de importancia esencial. Pero cualquier tentativa de cambiar sólo una sección de la vida la humana o la espiritual, está condenada al fracaso. En verdad, el progreso que tiene lugar en una sola esfera atenta contra el progreso en todas las otras esferas. El Evangelio, preocupado únicamente por la salvación espiritual, condujo al establecimiento de la Iglesia Católica Romana; la Revolución Francesa, interesada exclusivamente en la reforma política, trajo a Robespierre y Napoleón; el socialismo, en la medida en que sólo se propuso el cambio económico, dio a luz al stalinismo.

Mediante la aplicación del principio del cambio simultáneo en todas las esferas de la vida, debemos pensar en los cambios económicos y políticos necesarios para vencer el hecho psicológico de la enajenación. No desperdiciaremos los progresos tecnológicos de la producción mecánica en gran escala y de la automación. Pero es menester que descentralicemos el trabajo y el Estado a fin de darles proporciones humanas y que permitamos la centralización sólo hasta el punto requerido por las necesidades de la industria. En la esfera económica se requiere una democracia industrial, un socialismo democrático caracterizado por la dirección conjunta de todos los que trabajan en una empresa, a fin de dar lugar a su participación activa y responsable. Es posible encontrar formas nuevas para tal participación. En la esfera política, la democracia efectiva puede ser establecida creando millares de pequeños grupos que se traten cara a cara, que estén bien informados, que mantengan discusiones serias y cuyas decisiones se integren en una nueva "cámara de representantes o diputados". Para un renacimiento cultural deben combinarse la educación del trabajo para los jóvenes, educación para los adultos y un nuevo sistema de arte popular y ritual secular a través de toda la nación.

Así como el hombre primitivo era impotente ante las fuerzas naturales, así el hombre moderno está desamparado ante las fuerzas económicas y sociales que é1 mismo ha creado. Adora la obra de sus propias manos, reverencia los nuevos ídolos, y sin embargo jura por el Dios que le ordenó destruir todos los ídolos. El hombre sólo podrá protegerse de las consecuencias de su propia locura creando una sociedad sana y cuerda, ajustada a las necesidades del hombre (necesidades que se nutren en las condiciones mismas de su existencia); una sociedad en la cual los hombres estén unidos por vínculos de amor, en la cual se hallen arraigados, por lazos fraternales y solidarios más que por ataduras de sangre y suelo; una sociedad que le ofrezca la posibilidad de trascender la naturaleza mediante la creación antes que por la destrucción, en la cual cada uno tenga la sensación de ser él mismo al vivirse como el sujeto de sus poderes antes que por conformismo, donde exista u sistema de orientación y devoción que no exija la deformación de la realidad y la adoración de ídolos.

La construcción de una sociedad tal significa emprender la etapa siguiente: significa el fin de la historia "humanoide", la fase en la que el hombre no ha llegado todavía a ser plenamente humano. No significa el "fin de los días", el "completamiento", el estado de armonía perfecta donde el hombre está libre de conflictos o problemas. Por lo contrario, es destino del hombre que su existencia se halle acosada por contradicciones que está obligado a enfrentar, sin poder resolverlas jamás. Una vez que haya superado el estado primitivo del sacrificio humano, sea en la forma ritualista de las inmolaciones humanas de los aztecas o mayas o en la forma secular de la guerra, cuando haya sido capaz de regular su relación con la naturaleza de manera razonable en lugar de ciegamente, cuando las cosas se hayan convertido verdaderamente en sus servidores y no en sus ídolos, entonces tendrá ante si los conflictos y problemas verdaderamente humanos; deberá ser temerario, valiente, imaginativo, capaz de sufrir y gozar, pero sus fuerzas estarán al servicio de la vida, no de la muerte. La nueva fase de la historia humana, si es que llega a ocurrir, no será un final sino un nuevo comienzo.