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8.4 Jovenes: por qué se suicidan?


Crisis social y humana en Colombia
Jóvenes ¿Por qué se suicidan?
por Libardo Sarmiento Anzola*

Entre 1991 y 2005, los suicidios aumentaron en Colombia 195 por ciento, al pasar de 605 casos anuales a 1.786. En el año 1999 las necropsias por suicidio alcanzaron un máximo crecimiento de 245 por ciento respecto al año base de referencia. En el período analizado el número de habitantes aumentó 28,3 por ciento, lo que significa que los suicidios crecieron nueve veces más rápido que el poblacional (cuadro 1). El crecimiento en el número de suicidios tiende a concentrarse en edades más tempranas, esto es, nuestros jóvenes se están matando ¿por qué?


En los últimos quince años se suicidaron en Colombia 25.000 personas, en su mayoría jóvenes. Es como si se matara en masa toda la población de un municipio intermedio de Colombia.

Esta sociedad no ofrece alternativas a los jóvenes, a pesar de representar una cuarta parte de los 47 millones de personas que habitan en su territorio. El desempleo los golpea con mayor dureza, la educación plena sólo beneficia a uno de cada tres jóvenes, la formación que reciben los niños en sus hogares forma caracteres histéricos y con poca resistencia a la frustración, la publicidad y la cultura de masas les genera expectativas de consumo y modelos de vida inalcanzables que no pueden satisfacer, la sociedad promueve un individualismo competitivo que los aísla, la familia igualmente los presiona hasta que, todo en conjunto, termina por hacerlos estallar.

Al no entender los factores estructurales que lo aliena y las fuerzas económicas que lo excluye termina el potencial suicida por pensar que se trata de un fracaso personal y los profesionales de la salud por dictaminar un simple desajuste emocional o conflicto familiar. No, las causas de esta mortandad de jóvenes hay que buscarla en la organización y funcionamiento de la sociedad colombiana que nos esta enfermando mentalmente a todo.

Un país enfermo mentalmente

En efecto, la salud mental de los colombianos está en crisis. Más de dos mil casos de suicidios en un sólo año, en su mayoría de jóvenes, evidencia la grave situación que vive el país. Cuatro de cada 10 colombianos presentan al menos un trastorno mental en algún momento de su vida. La etapa entre los 14 y 27 años es aquella en que aparecen por primera vez la mayoría de los trastornos, en especial los relacionados con la ansiedad, el abuso del alcohol y otras sustancias psicoactivas, al igual que los trastornos afectivos.

Entre los hombres el abuso de alcohol es un problema más común en tanto que entre las mujeres, la depresión mayor. El trastorno de atención (5 años) y la fobia específica (7 años) son los dos padecimientos más tempranos. La ansiedad de separación de la infancia (8 años) seguida por el trastorno de conducta y el trastorno oposicionista desafiante (10 años para ambos) aparecen después. Para los trastornos de la vida adulta, los trastornos de ansiedad se reportaron con edades de inicio más tempranas, seguidos por los trastornos afectivos y por los trastornos por uso de sustancias.

Entre los hombres el abuso y la adicción al alcohol es el principal problema, íntimamente ligado a la violencia intrafamiliar y social. Las mujeres presentan una mayor tendencia a la depresión. En ambos sexos el intento de suicidio, alguna vez en la vida, es del 4,9 por ciento, una problemática preocupante que se presenta en edades cada vez más tempranas.

La prevalencia de vida de intento de suicidio para la población colombiana estudiada fue de 4.9 por ciento y en los 12 últimos meses, 1.3 por ciento. La prevalencia de vida para ideación suicida fue del 12,3 por ciento, y las de plan e intento del 4,1 y 4.9 por ciento respectivamente. Llama la atención que la prevalencia de vida en los tres indicadores es un poco mayor en mujeres. Cuando se analiza en el último año, la prevalencia es mayor en hombres para los tres indicadores. Al discriminar por los grupos de edad, se evidenció que las mayores prevalencias de vida, tanto de ideación como de plan e intento suicida, se encuentran en el grupo de 30-44 años y durante el último año la prevalencia de estas variables es mayor en personas más jóvenes (18 a 29 años).

Sólo uno de cada 10 sujetos con un trastorno mental recibió atención dentro del sistema de salud. Los datos apoyan la necesidad de incrementar los esfuerzos orientados a hacer más disponibles los servicios y de acercar a la población a ellos. Al respecto, se recomienda considerar los trastornos mentales como enfermedades crónicas con derecho a tratamiento, mejorar los servicios de prevención y tratamiento en salud mental. Actualmente la normativa del sistema de salud colombiana es excluyente en la atención a la salud mental, no sólo por la dificultad en el acceso sino porque además restringe la consulta y tratamiento a menos de un mes cada año. Un contrasentido mayor, es el monopolio que tiene el Estado sobre la producción y venta de alcohol y el estimulo que a través de la publicidad realiza para aumentar su consumo, particularmente dirigida a la población joven.

De acuerdo con la evaluación, realizada por el Banco Mundial en 2001, se concluye que Colombia no cuenta con una red de protección social efectiva capaz de enfrentar las consecuencias sociales de las crisis [1].

La grave situación de los suicidios en Colombia hay que comprenderla en relación con en el contexto social, político, económico y cultural que induce las patologías colectivas e individuales.

Una sociedad que induce al suicidio


La finalizar la década de 1990 la mayoría de los indicadores sociales y económicos presentaban un grave deterioro. En efecto, estos indicadores reflejaban el rápido crecimiento de la violencia, la recesión económica más aguda durante el siglo XX, el aumento en la población viviendo bajo condiciones de pobreza y un desempleo galopante. La pregunta a la cual debemos buscar respuesta es ¿cuál es la relación entre el elevado crecimiento de los suicidios y el deterioro del contexto social, económico y político colombiano? A primera vista, el incremento de la tasa de suicidios se encuentra correlacionado con la evolución en las tasas de pobreza, desempleo y violencia. Más aun, cuando estas dos últimas tasas ceden en los últimos años, las cifras absolutas y relativas de suicidios presentan una tendencia descendente (ver gráfico).

Con el fin de explorar la relación entre los suicidios (variable dependiente) y los fenómenos sociopolíticos de pobreza, violencia y desempleo (variables independientes) se realizó un análisis estadístico [2] encontrándose dos situaciones diferentes: i) entre los años 1991 y 1995, la capacidad predictiva del modelo es media, esto es, el cambio estructural que registró la tasa de suicidios (incremento de 141 por ciento) se explica sólo en parte por estas variables sociopolíticas, por tanto, el análisis debe orientarse también hacia otras dimensiones de la cultura, las relaciones personales, las condiciones de vida en las familias y la cotidianidad; ii) entre 1996 y 2005, los cambios en las variables sociopolíticas predicen por encima de 80 por ciento los cambios en la tasa de suicidios, cuando esta última variable tiende a estabilizarse en un nivel bastante alto en relación con el principio de la década de 1990.

Para profundizar esta exploración se miró la relación estadística entre cada par de variables estudiadas [3], encontrándose una asociación alta y positiva entre la tasa de desempleo y la tasa de suicidios (0,71); al contrario, la correlación con la tasa de homicidios es baja (-0,48) y con la pobreza insignificante (-0,19).

Los jóvenes sin empleo y sin futuro

Durante las últimas tres décadas, el sistema mundo capitalista en su fase global y financiera, expulsa de la explotación a la exclusión a la mitad de la población del mundo. Por ello, para mantener el poder recurre al terrorismo de Estado, al crimen, las mafias y los regímenes totalitarios. De la explotación a la exclusión, de ésta a la eliminación e incluso a desastrosas explotaciones.

El desempleo en el mundo alcanza en la actualidad su nivel más elevado desde la depresión de los años 30 del siglo anterior. La completa sustitución de los trabajadores por máquinas está polarizando la población rápidamente en dos frentes irreconciliables y potencialmente contrarios: las élites que controlan las tecnologías y las fuerzas de producción en contra del creciente grupo de trabajadores despedidos, con pocas esperanzas y menores perspectivas de encontrar trabajos en la economía global basadas en las altas tecnologías.

La principal contradicción y causante de este horror es un sistema mundo capitalista basado en la propiedad privada de los medios de producción concentrada en firmas transnacionales, el individualismo egoísta, los mercados como organizadores de la vida social, la promoción compulsiva de un consumo deshumanizante y la exclusión y empobrecimiento generalizados. La fractura social es más estridente y con ella la violencia y los sistemas neofascistas para controlar a los excluidos. A las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales no les interesa en absoluto la eliminación de la pobreza sino la supresión de la rebeldía de los pobres. La pobreza es programada conscientemente por el sistema contra la unificación e insurrección de los trabajadores. Así matan dos pájaros con un solo tiro: una pobreza y exclusión generalizada bloquea la organización unitaria del obrero social y, su pública exposición extorsiona a los trabajadores para aceptar resignadamente salarios de hambre y empleos precarios, inestables y de sobreexplotación.

Colombia, como país periférico del sistema mundo capitalista, no es la excepción de esta tendencia. A lo largo de la década de 1990, su tasa de desempleo abierto aumentó de manera continua, producto de la recesión económica y las políticas de deslaboralización y flexiblización del trabajo, hasta afectar a más del 20 por ciento de la fuerza laboral. En el año 2005 la tasa de desempleo bajó de 13,2 por ciento que se encontraba en enero a 10 por ciento a finales de año. Esta disminución se explica por la intensificación de la explotación de la fuerza laboral y porque muchos colombianos han dejado de buscar trabajo desanimados por la falta de oportunidades. El subempleo (por competencias, ingresos y tiempos de labor) aumentó de 28 por ciento a 33 por ciento a lo largo del año 2005. El deterioro en la calidad del empleo se observa igualmente en el problema estructural de la informalidad cuya tasa se mantiene en el 58,8 por ciento. En marzo de 2006 el desempleo a nivel nacional volvió a incrementarse a 13,1 por ciento y en las trece principales ciudades alcanzó el 15,1 por ciento.

Tradicionalmente la precariedad del empleo juvenil es más alta que el promedio nacional, siendo el más representativo el ubicado en el rango de edad de 18 a 22 años, segmento donde los jóvenes han abandonado el sistema educativo. Según la Encuesta Nacional de Hogares del DANE, en los jóvenes de 14 a 17 años el desempleo es de 22 por ciento, el subempleo 33 por ciento y la informalidad 88 por ciento. En el rango de 18 a 22 años, el desempleo es de 30 por ciento, el subempleo 38,4 por ciento y la informalidad 63% por ciento.

Crisis económica, suicidios y logoterapia

De acuerdo con el trabajo clínico de Viktor Frankl, hay una clara implicación y consecuencia en los problemas sociales y económicos sobre la psique [4]. La razón psicológica puede atribuirse, según Frankl, al sentimiento de impotencia que embarga a los desocupados al tener que afrontar las necesidades económicas y asumir la frustración generada por un sistema que promueve el consumo deshumanizado como valor fundamental de la existencia. Amargados y enojados, los desocupados pasan la mayor parte del día en casa, tienen suficientes motivos para estar de mal humor y encuentran tiempo suficiente para hacer pesar ese mal humor sobre quien está junto a ellos. En tales familias domina, en consecuencia, una atmósfera continua de nerviosismo, inquietud y violencia, con grave peligro para la salud psíquica de los jóvenes. Un agravante mayor es la angustia que se agrega porque estos jóvenes tampoco encuentran trabajo para contribuir al sostenimiento de la familia. Un fenómeno particular de esta situación es la neurosis de desocupación, cuya característica principal es con frecuencia una apatía general de grado muy elevado.

No obstante, concluye el analista existencial de Viena, a la tipología de jóvenes definidos como apáticos, depresivos o neuróticos, les falta no tanto el trabajo en sí, la actividad en cuanto tal, como el sentimiento de hacer algo, la conciencia de vivir de manera significativa. El joven pide pan y trabajo al menos tanto como algo por lo cual vivir, una meta, un fin, un sentido para su existencia.

Frankl es optimista con las nuevas generaciones. Esta nace de una nueva realidad y anhela una nueva ética, o sea, realizar valores. Nada puede volver a una persona capaz de soportar dificultades subjetivas y objetivas más que el sentimiento de tener una tarea, una misión que llevar a término.

El trabajo retributivo no representa la única posibilidad de dar sentido a la vida. Esta identificación errada con la profesión es la que da origen al estado de apatía psíquica. Para los problemas asociados con la desocupación es necesario encontrar un contenido de vida; adecuarlo y buscarlo constituye la tarea concreta más inmediata.

En resumen, vivimos en una sociedad que produce marginación y exclusión, pobres que no le sirven al sistema para su reproducción. Dicha marginación y exclusión es caldo de cultivo para el suicida ¿qué podemos hacer por ellos?, ¿qué pueden hacer ellos por sí mismos? También hay que considerar que el suicida se encuentra solo entre 7.000 millones de personas en el mundo. Hay que acogerlo por tanto, es uno a quien hay que amar. Es alguien a quien hay que motivar a que asuma la vida sin ambages, es decir, consciente de lo dura y difícil que es. Para adolescentes y jóvenes el suicidio se haya asociado a “ausencia de futuro”, en general a la inexistencia de un proyecto de vida y a la falta de reconocimiento de un espacio dentro de la sociedad.

Un contexto lleno de valor y sentido es el presupuesto básico para la realización de cualquier proyecto de vida. Los seres humanos como portadores, creadores, descubridores y realizadores de valores producto de la dinámica evolutiva y dialéctica sistémica existencia-conciencia-praxis, logran que éstos puedan convertirse en fuerzas en movimiento, esto es, fuerza transformadora directa. Por tanto, es necesario profundizar el compromiso del sujeto con la dimensión cultural, social y política del ser-en-el-mundo.

Es imperativo, entonces, transformar el régimen político y las actuales relaciones sociales de propiedad y producción para dar paso a una sociedad más solidaria, justa y orientada hacia el bien común y la recuperación de la esencia humana. Es imposible encontrar una salida a la crisis que enfrentan actualmente nuestros jóvenes desde y dentro del sistema mundo capitalista. Socialismo o barbarie sigue siendo la elección crucial en los tiempos que padecemos.

* Este artículo esta basado en un trabajo de investigación más amplio elaborado por el autor para la revista Sentido y Existencia del Instituto Colombiano de Logoterapía Víktor Frank. ** Economista, master en teoría económica. Filósofo, diplomado en análisis existencial. Miembro del equipo de redacción de Le Monde Diplomatique edición Colombia; Socio del Instituto Colombiano de Logoterapia Víktor E. Frank. Investigador y escritor independiente.

Libardo Sarmiento Anzola
Economista, filósofo y master en teoría económica,

Logoterapeuta.

8.2 Sobre la actitud fatalista y la violencia en Colombia

SOBRE LA ACTITUD FATALISTA Y LA VIOLENCIA EN COLOMBIA

Extracto de: GUERRA & PAZ: UNA PERSPECTIVA EXISTENCIAL DE LA PARADOJA DE LA CONVIVENCIA HUMANA. Por Jaime Enrique Sánchez*

¿Qué es bueno? Todo lo que acrecienta en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo.

Friedrich Nietzsche


Aunque no son muchos los estudios que se han realizado al respecto, se suele atribuir al latinoamericano una imagen estereotipada de fatalista; sin embargo, es importante distinguir entre esto último, y el fatalismo como forma de relacionarse con el mundo y la vida.

EL fatalismo entendido desde esta última acepción, nos señala una forma de ver la vida que se traduce en conformismo, y resignación ante cualquier circunstancia incluso las más negativas (Baró, 1985). Es ampliamente conocida la actitud fatalista, en gran manera coincidente con lo dicho hasta ahora, que expone Viktor Frankl en su obra, como una manifestación de la Frustración Existencial en la experiencia de un individuo y una forma que usa el neurótico para eludir su responsabilidad y su libertad (Frankl, 1994).

Frankl, lo describe de la siguiente forma: (...) el neurótico presenta una tendencia específica para eludir su responsabilidad y su libertad, refugiándose en pretendidas circunstancias fatales. Obra así, podría decirse , con un sentido de fatalismo neurótico. Y este fatalismo se manifiesta ante todo bajo la forma de un conformismo demostrado por el neurótico en todas sus tendencias internas, su estado anímico, su “ser así”.

En este sentido es como si en los pueblos de nuestra Latinoamérica se hubiesen generalizado la herencia del fatalismo antiguo. En palabras de Maritza Montero, los latinoamericanos son los “paganos modernos”.

Ya Gabriel García Marquez había recreado el mundo del latinoamericano y propiamente del colombiano en sus obras, donde los hechos más extravagantes terminan por parecer normales y los sucesos más pintorescos adquieren un carácter de continuidad atemporal, según nos señala Baró.

Las propias palabras del Novel colombiano nos confirman este fenómeno: “ (...) conozco gente del pueblo raso que ha leído Cien Años de Soledad con mucho gusto y con mucho cuidado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuento nada que no se parezca a la vida que ellos viven”

Pueblos solos y solitarios, como el Macondo de la Hojarasca y Cien Años de Soledad, donde más que un lugar se revela un estado de ánimo, una actitud, una manera particular de ser – en – el – mundo, donde, al parecer, no se puede hacer nada por cambiar un destino fatal.

Esta resignación y conformismo, según señalaremos más adelante, gestan y son gestadas a partir del generalizado sentimiento de impotencia ante el destino trágico de una generalizada parálisis de la voluntad en la realidad cotidiana.

Día a día se multiplican en nuestro país exclamaciones como las que Rafael Santos expresó en la prensa colombiana: “ (...) los niveles de tensión e impotencia van aumentando a medida que transcurre el día. ¿Oyó lo del avión de Avianca? ¡Qué vaina lo de la masacre de Urabá! ¡Qué locura ese secuestro de 29 personas en una “pesca milagrosa“ ¡Mataron a Álvaro Gómez! ¡Increíble la emboscada a los soldados de Mutata!”

Resignación, desensibilización e impotencia. ¿No son estas las respuestas ideacionales, afectivas y comportamentales que a todos nos son comunes frente a estos sucesos? Mientras en Colombia somos resignados frente a los hechos que nos agobian, en otros países se levantarían marchas, protestas y declaraciones en semejante situación.

Esta realidad existencial fatalista del latinoamericano, además de describir la “forma peculiar en la que éste se relaciona con su mundo, tiende a bloquear todo esfuerzo por el progreso y el cambio de las personas y las sociedades.

Esto debido a que paradójicamente provoca aquello mismo que postula, a saber: “la imposibilidad de alterar el rumbo de la propia existencia o de controlar la circunstancias que determinan la vida real de cada cual”(Baró, 1985).

Vale la pena, que en este momento nos preguntemos: ¿Qué es lo que hace que las personas, y sobre todo los grupos, asuman el fatalismo como modo de relacionarse con el mundo?

[sobre las raices del fatalismo en Colombia]

El presente planteamiento sostiene que desde los tiempos de la colonia nuestro país se encuentra marginado y se asume como tal. Es así como nosotros hemos heredado la marginación, la impotencia y la resignación que caracterizó a nuestros ancestros indígenas con el advenimiento de la cultura hispana. Los análisis de Frantz Fanon, muestran como, “la violencia impuesta por el colono es introyectada por el colonizado, sometiéndose este último a un estado de inhibición, que compensa con explosiones periódicas de violencia frente a sus iguales” (Fanon, 1972. p. 45).

Por otro lado, es importante señalar que se ha generalizado entre nosotros, así como también en el resto de Occidente, un creciente sentimiento de falta de significación de la propia existencia ante la vastedad y el predominio de las tendencias colectivistas y conformistas distintivas de nuestra época industrial moderna.

Es así como, presenciamos una época de falta de identidad personal, predominantemente en Occidente, y de impotencia social como fruto de ésta situación. Las palabras del conocido Psicoterapeuta Norteamericano Rollo May resultan extraordinariamente ilustrativas al respecto: “Aun cuando supiese quién soy, de todas maneras no importaría como individuo”.

En medio de este mundo anónimo donde los hombre no se reconocen a sí mismos, el fatalismo latinoamericano se ha constituido en una de las formas de asumir la vida, propias de la población marginada, que le impide integrarse al mundo moderno y que le mantiene en la miseria y la impotencia social. (Silva, 1972).

Asimismo, la carencia de significación personal y la correspondiente impotencia social (entendida, según May, como el hecho de que no podemos influir sobre nuestro destino), gesta la concepción fatalista de la vida, y como veremos más adelante, también la violencia misma.

Todo ser viviente responde al imperativo categórico de la supervivencia a través del ejercicio del poder. El hombre especialmente, al ser lanzado a la existencia, encuentra que en cada momento de su vida debe emplear su poder para, preservarse a sí mismo; enfrentando las fuerzas que se le oponen. La palabra poder deriva del latín posse, que significa “ser capaz”, siendo la misma raíz de la palabra posibilidad y todas sus connotaciones de significación para el ser humano. Cuando el niño nace, expresa en sus gritos y pataletas su poder, su “ser capaz”, su “posibilidad”, cuando pide y hace que lo alimenten. Como menciona May: “Los aspectos cooperativos y de amor de la existencia se dan junto con los aspectos competitivos y de poder”. (May, 1980).

En este punto, es de suma importancia que entendemos que, cuando el gran filósofo Friedrich Nietzsche, plantea la proclamación de la “voluntad de poder”, no se refiere al poder en el sentido opresivo y restrictivo de la época moderna, sino más bien a la autorrealización y el cumplimiento de las propias potencialidades (May, 1980). May hace suya esta proclama de Nietzsche y entiende el poder no en su acepción satanizada y censurable, sino como “ (...) la forma efectiva de influir sobre los demás, logrando así en las relaciones interpersonales la sensación de la propia significación.”

Nuestra vida se debate en el permanente conflicto entre el poder por una parte y la impotencia por la otra. Empero, en este conflicto nuestros esfuerzos se hacen mucho más difíciles por el hecho de que bloqueamos y excluimos ambos aspectos, el primero debido a la connotación maléfica en la que se ha entendido el poder, y el segundo porque nuestra impotencia es demasiado dolorosa para ser enfrentada (May, 1980).

La verdadera razón por la cual la gente se niega a encarar en su totalidad el problema del poder es que, si lo hiciera, paradójicamente tendría que enfrentarse a su propia impotencia. Prueba de esto, son todos los esfuerzos de muchos científicos sociales, incluyendo psicólogos, por despojar de toda tendencia agresiva a las futuras generaciones, y hacer de ellos, seres dóciles y plácidos.

¿No será que el intento de liberarnos de nuestras tendencias hacia la agresión, haría que descartáramos los valores mismos que son esenciales para nuestra condición humana, como la necesidad de afirmar nuestro propio ser? ¿No estaríamos incrementando nuestra sensación de impotencia y en consecuencia preparando el terreno para una erupción de una violencia sin precedentes?

En efecto, la violencia hecha sus raíces en la impotencia y la apatía, y no en el poder mismo, como se ha sostenido. Es cierto que la agresión ligada al poder ha adquirido proporciones de violencia en innumerables ocasiones. Pero lo que no se ha dicho es que la impotencia, la carencia de significación que conduce a la apatía, unida al desarraigo de la agresión, conduce paradójicamente a aquello que se intenta evitar, la violencia.

Rollo May, reitera categóricamente: “Al despojar de poder a la gente, lo que promovemos es la violencia y no el control de la misma.”

En nuestra sociedad, los hechos violentos los llevan a cabo en su mayoría aquellos que procuran restablecer su autoestima, intentando defender la imagen de sí mismos y recuperar la significación de la cual carecen. En palabras de Hanna Arendt, “la violencia es la expresión de la impotencia”.

La paradoja central consiste en que, esta carencia de significación, gestante de los actos violentos, hace que éstos últimos la consoliden aún más. Luis Carlos Restrepo coincide, diciendo: “(...) la violencia (fruto de la impotencia) actúa como dispositivo generador de sufrimiento y desesperanza.”

Este círculo vicioso nutre no sólo la situación caótica de confrontación permanente en nuestro país, sino que también se cumple en la gestación y permanencia del fatalismo como modo desequilibrado de ser – en – el – mundo. Pues la impotencia, se traduce en resignación ante el destino (fatalismo), y esto último consolida paradójicamente a la impotencia misma.

La violencia y el fatalismo que la perpetúa, son síntomas. La enfermedad es la impotencia, la insignificación, la resignación, el conformismo; en una palabra, la convicción de que soy menos humano y de que no tengo hogar en el mundo. Todo el mundo, todo ser viviente busca preservarse, lucha de una manera u otra por construir una imagen positiva de sí mismo y proteger su autoestima. Así que esta tendencia propia de los seres vivientes, y en especial del ser humano, es una necesidad positiva, en cuanto potencialmente constructiva.

Sin embargo, como hemos mencionado, cuando la sensación de significación se pierde, el individuo desplaza la atención hacia formas de poder diferentes, y con frecuencia pervertidas o neuróticas, con el fin de obtener un sustituto para la significación. El fatalismo proporciona cierto sentido a la vida de las clases marginadas, por deplorable que esto pueda ser, la herencia histórico – colonial que nos hizo dependientes y resignados, hoy se asume como una realidad natural que justifica el sometimiento al destino.

Paulo Freire (1970), ha mostrado el papel que desempeña el fatalismo como parte de la ideología del oprimido: “Este se encuentra inmerso en una realidad de despojo e impotencia, que se presenta como una situación límite insuperable. En esas condiciones, al no lograr captar las raíces de su estado, su conciencia se acoge a la forma fatalista de relacionarse con el mundo, transformando la historia en naturaleza.” Inclusive , según Baró, el oprimido interpreta su impotencia como la prueba de que él mismo carece de valor personal.

Como se mencionó anteriormente, el fatalismo provoca aquello mismo que postula: “(...) la imposibilidad de alterar el destino, el rumbo de la propia existencia; esto propiciado por la realidad de resignación e impotencia característica de nuestro pueblo. En otras palabras, la falta de progreso y la situación de conmoción interna por la ola de violencia en nuestro país, se halla condicionada por la carencia de significación personal, y la impotencia social generalizada de los colombianos.

Ahora bien, para atacar la enfermedad en su núcleo es preciso que hagamos frente a la impotencia que fundamenta este modo existencia. Rollo May, nos propone idealmente, que debemos encontrar maneras de compartir y distribuir el poder, de tal modo que cada persona, cualquiera que sea su lugar en nuestra sociedad, pueda experimentar la sensación de que ella también significa algo para los demás. May, no se refiere a oportunidades externas para que los hombres actúen como individuos, sino más bien a la convicción íntima y espiritual del individuo por sí mismo y por sus prójimos.

En la medida en que cada uno de nosotros recuperemos nuestra significación individual y consecuentemente nuestra potencia como pueblo, los colombianos veremos un nuevo horizonte en medio de la conmoción y resignación que nos agobia. Ojalá nuestra suerte sea vencer nuestra propia impotencia y no terminar confinados en la resignación “porque las estirpes condenadas a Cien Años de Soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Texto para fines exclusivos de Estudio. Círculos de Estudio Existencial CEE. Biblioteca Anthropos de Psicología Existencial & Psicoanálisis. Asociación Colombiana de Análisis Existencial ACDAE.)

6.4 Identidad: Gabo y el alma colombiana

GABO Y EL ALMA COLOMBIANA

El siguiente es el texto completo del crudo análisis que sobre el país y sus gentes hizo el Nobel colombiano al entregar le al presidente el informa de la Comisión de Sabios

Los primeros españoles que vivieron al nuevo mundo vivían aturdidos por el canto de los pájaros, se mareaban con la pureza de los olores y agotaron en pocos años una especie exquisita de perros mudos que los indígenas criaban para comer. Muchos de ellos, y otros que llegarían después, eran criminales rasos en libertad condicional, que no tenían más razones para quedarse,. Menos razones tendrían muy pronto los nativos para querer que se quedaran.

Cristóbal Colon, respaldado por una carta de los reyes de España para el emperador de China, había descubierto aquél paraíso por un error geográfico que cambió el rumbo de la historia. La víspera de su llegada, antes de oír el vuelo de las primeras luces en la oscuridad del océano, había percibido en el viento una fragancia de flores de la tierra que le pareció la cosa más dulce del mundo. En su diario de a bordo escribió que los nativos los recibieron en la playa como sus madres los parieron, que eran hermosos y de buena índole. Y tan cándidos de natura , que cambiaban cuanto tenían por collares de colores y sonajas de latón. Pero su corazón perdió los estribos cuando descubrió que sus narigueras eran de oro, al igual que las pulseras, los collares, los aretes y las tobilleras: que tenían campanas de otro para jugar, y que algunos ocultaban sus vergüenzas con una cápsula de oro . Fue aquel esplendor ornamental, y no sus valores humanos, lo que condenó a los nativos a ser protagonistas del nuevo Génesis que empezaba aquel día . Mucho de ellos murieron sin saber de dónde habían venido los invasores. Muchos de estos murieron sin saber dónde estaban. Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos.

Era un mundo más descubierto de lo que se creyó entonces. Los Incas, con 10 millones de habitantes, tenían un estado legendario bien constituido. Con ciudades monumentales en las cumbres andinas para tocar al dios solar. Tenían sistemas magistrales de cuenta y razón, y archivos y memorias de uso popular , que sorprendieron a los matemáticos de Europa. Hay un culto laborioso de las artes públicas, cuya obra magna fue el jardín del palacio imperial, con árboles y animales de oro y pata en tamaño natural. Los aztecas y los mayas habían plasmado su conciencia histórica en pirámides sagradas ente volcanes acezantes, y tenían emperadores clarividentes y artesanos sabios que desconocían el uso industrial de la rueda, pero la utilizaban en los juguetes de los niños.

En la esquina de los dos grandes océanos se extendían 40.000 leguas cuadradas que Colón entrevió apenas en su cuarto viaje, y que hoy lleva su nombre: Colombia. Lo habitaban desde hacía unos 12.000 años varias comunidades dispersas de lenguas diferentes y culturas distintas, y con sus identidades propias bien definidas. No tenían una noción de Estado, ni unidad política entre ellas, pero habían descubierto el prodigio político de vivir como iguales en las diferencias. Tenían sistemas antiguos de ciencia y educación, y una rica cosmología ya vinculada a sus obras de orfebres geniales y alfareros inspirados. Su madurez creativa se había propuesto incorporar el arte a la vida cotidiana – que tal vez sea el destino superior de las artes- y lo constituyeron con aciertos memorables, tanto en los utensilios domésticos como en el modo de ser. El oro las piedras preciosas no tenían para ellos un valor de cambio sino un poder cosmológico y artístico, pero los españoles los vieron con los ojos de Occidente: oro y piedras preciosas de sobra para dejar sin oficio a los alquimistas y empedrar los caminos del cielo con doblones de a cuatro. Esa fue la razón y la fuerza de la Conquista y la Colonia, y el origen real de lo que somos.

Tuvo que transcurrir un siglo para que los españoles conformaran el estado colonial, con un solo nombre, una sola lengua y un solo dios. Sus límites y su división política de 12 provincias eran semejantes a los de hoy. –Esto dio por primera vez la noción de un país centralista y burocratizado, y creó la ilusión de una unidad nacional en el sopor de la Colonia, Ilusión pura, en una sociedad que era un modelo oscurantista de discriminación racial y violencia larvada, bajo el manto del Santo Oficio. Los tres o cuatro millones de indios que encontraron los españoles estaban reducidos a un millón por la crueldad de los conquistadores y las enfermedades desconocidas que trajeron consiguió. Pero el mestizaje era ya una fuerza demográfica incontenible. Los miles de esclavos africanos , traídos por la fuerza para los trabajos bárbaros de minas y haciendas, habían aportado una tercera desguindad al caldo criollo, con nuevos rituales de imaginación y nostalgia, y otros dioses remotos. Pero las leyes de Indias habían impuesto patrones milimétricos de segregación según el grado de sangre blanca dentro e cada raza: mestizos de distinciones varias, negros esclavos, negros libertos, mulatos de distintas escalas. Llegaron a distinguirse hasta 18 grados de mestizos, y los mismos blancos españoles segregaron a sus propios hijos como blancos criollos.

Los mestizos estaban descalificados para ciertos cargos de mando y gobierno y otros oficios públicos , o para ingresar en colegios y seminarios. Los negros carecían de todo. Inclusive de un alma: no tenían derecho a entrar en el cielo ni en el infierno, y sus sangre se consideraba impura hasta que fuera decantada por cuatro generaciones de blancos. Semejantes leyes no pudieron aplicarse con demasiado rigor por la dificultad de distinguir las intrincadas fronteras de las razas , y por la misma dinámica social del mestizaje, pero de todos modos aumentaron las tensiones y la violencia raciales. Hasta hace pocos años no se aceptaban todavía en los colegios de Colombia a los hijos de uniones libres. Los negros , iguales en la ley, padecen todavía de muchas discriminaciones, además de las propias de la pobreza.

La generación de la Independencia perdieron la primera oportunidad de liquidar esa herencia abominable,.. Aquella pléyade de jóvenes románticos, inspirados en las luces de la Revolución Francesa, instauró una república moderna de buenas intenciones. Pero no logró eliminar los residuos de la Colonia. Ellos mismo son estuvieron a salvo de su hados maléficos, Simón Bolívar, a los 35 años había dado la orden de ejecutar 800 prisioneros españoles , inclusive a los enfermos de un hospital. Francisco de Paula Santander, a los 28, hizo fusilar a los prisioneros de la batalla de Boyacá, inclusive a su comandante, Algunos de los buenos propósitos de la república propiciaron de soslayo nuevas tensiones sociales de pobres y ricos, obreros y artesanos y otros grupos marginales. La ferocidad de las guerras civiles del siglo XIX no fue ajena a esas desigualdades, como no lo fueron las numerosas conmociones políticas y civiles que han dejado un rastro de sangre a lo largo de nuestra historia. Dos dones naturales nos han ayudado a sortear ese sino funesto, a suplir los vacíos de nuestra condición cultural y social, y a buscar a tientas nuestra identidad. Uno es el don de la creatividad, expresión superior de la inteligencia humana. El otro es una arrasadora determinación de ascenso personal. Ambos , ayudados por una astucia casi sobrenatural , y tan útil para el bien como para el mal, fueron un recurso providencial de los indígenas contra los españoles desde el día mismo del desembarco. Para quitárselos de encima, mandaron a Colón de isla en isla, siempre a la isla siguiente, en busca de un rey vestido de oro que no había existido nunca. A los conquistadores convencidos por las novelas de caballería los engatusaron con descripciones de ciudades fantásticas construidas en oro puro. A todos los descaminaron con la fábula de El Dorado mítico que una vez al año se sumergía en su laguna sagrada con el cuerpo empolvado de oro. Tres obras maestras de una epopeya nacional. Utilizadas por los indígenas como un instrumento para sobrevivir. Tal vez de esos talentos precolombinos nos vienen también una plasticidad extraordinaria par asimilarnos con rapidez a cualquier medio y aprender sin dolor los oficios más disímiles: fakires en la India, camelleros en el Sahara o maestro de Ingles en Nueva York.

Del lado hispánico, en cambio, tal vez nos venga el ser emigrantes congénitos con un espíritu de aventura que no elude los riesgos. Todo lo contrario: los buscamos. De unos cinco millones de colombianos que viven en el exterior, la inmensa mayoría se fue a buscar fortuna sin más recursos que la temeridad, y hoy están en todas partes, por las buenas o por las malas razones, haciendo lo mejor o lo peor. Pero nunca inadvertidos. La cualidad con que se les distingue en el folclor del mundo entero, es que ningún colombiano se deja morir de hambre. Sin embargo, la virtud que más se les nota es que nunca fueron tan colombianos como al sentirse lejos de Colombia.

Así es. Han asimilado las costumbres y las lenguas de otros como las propias, pero nunca han podido sacudirse del corazón las cenizas de la nostalgia, y no pierden ocasión de expresarlo con toda clase de actos patrióticos para exaltar lo que añoran de la tierra distante, inclusive sus defectos. En las ciudades menos pensadas de cualquier país puede encontrarse a la vuelta de una esquina la reproducción en vivo de una calle cualquiera de Colombia: las casas de colores intensos, la fonda con el nombre de la ciudad amada, el salón de cine en español, la escuela 20 de julio junto a la cantina 7 de agosto con sus chorros de músicas enloquecidas, la plaza de árboles polvorientos todavía con las guirnalda s de papel del último viernes fragoroso.

La paradoja es que estos conquistadores nostálgicos, como sus antepasados, nacieron en un país de puertas cerradas. Los libertadores trataron de abrirlas a los nuevos vientos de Inglaterra y Francia. A las doctrinas jurídicas y éticas de Benthamn , a la educación de Lancaster, al aprendizaje de las lenguas, a la popularización de las ciencias y las artes. Para borrar los vicios de una España más papista que el papa y todavía escaldada por el acoso financiero de los judíos y por 800 años de ocupación islámica. Los radicales del siglo XIX, y más tarde la Generación del Centenario, volvieron a proponérselo con políticas de inmigraciones masivas para enriquecer la cultura del mestizaje, pero unas y otras se frustración por un temor casi teológico de los demonios exteriores. Aun hoy estamos lejos de imaginar cuánto dependemos del vasto mundo que ignoramos.

Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan,.. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales , se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita.

Por lo mismo, nuestra educación conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y al intuición congénitas , y contraría la imaginación , la clarividencia precoz y la sabiduría del corazón . hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento : que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso

Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos su amor casi irracional por la vida. Pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terrible lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón.

Pues somos dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad. Aunque somos precursores de las ciencias en América, seguimos viendo a los científicos en su estado medieval de brujos herméticos, cuando ya quedan muy pocas cosas en la vida diaria que no sean un milagro de la ciencia. En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad: somos fanáticos del legalismo. Pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo. Amamos a los perros, tapizamos de rosas el mundo. Morimos de amor por la patria, pero ignoramos la desaparición de seis especies animales cada hora del día y de la noche por la devastación criminal de los bosques tropicales, y nosotros mismos hemos destruido sin remedio uno de los grandes ríos del planeta. Nos indigna la mala imagen del país en el exterior, pero no nos atrevemos a admitir que la realidad es peor. Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos,. Llegado el caso – y Dios nos libre- todos somos capaces de todo.

Tal vez una reflexión más profunda nos permitiría establecer hasta qué punto este modo de ser nos viene de que seguimos siendo en esencia la misma sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la Colonia. Tal vez una más serena nos permitiría descubrir que nuestra violencia histórica es la dinámica sobrante de nuestra guerra eterna contra la adversidad. Tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos mientras el 40 por ciento de la población malvive en la miseria,, y nos ha fomentado una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad: queremos siempre un poco más de lo que ya tenemos , más y más de lo que parecía imposible , mucho más de lo que cabe dentro de la ley, y lo conseguimos como sea: aun contra la ley. Conscientes de que ningún gobierno será capaz de complacer esta ansiedad, hemos terminado por ser incrédulos, abstencionistas e ingobernables, y de un individualismo solitario por el que cada uno de nosotros piensa que sólo depende de sí mismo. Razones de sobra para seguir preguntándonos quienes somos, y cuál es la cara con que queremos ser reconocidos en el tercer milenio.

La misión de Ciencia, Educación y Desarrollo no ha pretendido una respuesta, pero ha querido diseñar una carta de navegación que tal vez ayude a encontrarla. Creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social. Y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quienes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética –y tal vez una estética- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar. De acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aurelia no Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos : al alcance de los niños.

Revista Semana. VIII de 1994

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Ver video de Jaime Garzon sobre colombianos

http://www.youtube.com/watch?v=E0t15RBatvM