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6.1 La Teoría de las Representacioes Sociales

Lic. Ibette Alfonso Pérez
Profesora de Psicología. Centro de Referencia para la Educación de Avanzada (CREA)
Instituto Superior Politécnico "José Antonio Echeverría" (Cuba)

E-mail: Ibette Alfonso - Email

tomado de: psicologia on line

(http://www.psicologia-online.com/articulos/2007/representaciones_sociales.shtml)

Índice.
1. Introducción.
2. En busca de la génesis de las representaciones sociales.
3. Aproximaciones al concepto de representación social.
4. Principales fuentes.
5. La construcción de las representaciones sociales.
6. ¿Cómo se forma una representación social?
7. Funciones.
8. Metodología en el estudio de las representaciones sociales.
9. Bibliografía.

1. Introducción.
Dentro de la psicología social contemporánea ha tomado auge en los últimos años una teoría que aparece como un intento de superación a los modelos conductistas y al enfoque positivista de la ciencia psicológica. Aunque ha sido sometida a grandes críticas, la Teoría de las representaciones sociales ha ganado seguidores que dedican su valioso tiempo a la investigación en este campo de la Psicología.

Resulta interesante ahondar en el estudio de uno de los modelos más recientes en psicología social, que al decir de su principal exponente Serge Moscovici, es fácil captar las representaciones sociales más no su concepto.

En este trabajo se describen y analizan los principales fundamentos de la teoría de las Representaciones Sociales desde el punto de vista de sus más reconocidos teóricos así como otros investigadores que han trabajado la línea. Se esbozan asimismo algunas notas referidas a la metodología de trabajo sobre la que se sustenta la teoría y que sirven de base para el estudio de diversos objetos sociales. Se considera una introducción para todos aquellos interesados en la investigación de las representaciones sociales, así como para quienes resulta un modelo de necesaria consulta dentro de la investigación en el campo de las ciencias sociales.

2. En busca de la génesis de las representaciones sociales.
La representación social es uno de los tópicos que más ha suscitado polémicas en los últimos años en el campo de la Psicología Social. Seguidores y detractores han dedicado un valioso tiempo a su estudio, por lo cual se han multiplicado las investigaciones desde y sobre sus principios.

Fue precisamente en los inicios de la década del sesenta del siglo pasado cuando sale a la luz pública esta teoría que estaba dirigida a las personas preocupadas por entender la naturaleza del pensamiento social. Exactamente fue en París, en 1961 que su autor, Serge Moscovici presenta su Tesis Doctoral titulada “La Psychoanalyse son imàge et son public” (“El Psicoanálisis, su imagen y su público”) como culminación de años de estudios teóricos y empíricos. En ella, estudió la manera en que la sociedad francesa veía el Psicoanálisis, a través del análisis de la prensa y entrevistas a diferentes grupos sociales.

Los psicólogos sociales de entonces se limitaban a describir categorías individuales sin explicar la constitución social de las conductas. Además, consideraban que lo social era un mero “valor añadido” a los mecanismos psicológicos de naturaleza particular. Por ello, tuvieron que transcurrir diez años para que esta teoría comenzara a ganar seguidores, llegando a ser, años más tarde, una de las obras más citadas en la bibliografía psicosocial europea.

Según Tomás Ibáñez (1988), la pobre aceptación de la teoría se debía a la profunda influencia de la corriente conductista que reconocía el comportamiento manifiesto como único objeto de estudio y subestimaba otras explicaciones apoyadas en elaboraciones subjetivas. Otras razones que también apunta Ibáñez son:

  1. El privilegio otorgado en los estudios a los procesos individuales, que subestimaban lo grupal.
  2. La imagen existente en los Estados Unidos sobre los estudios europeos y en particular franceses, signados de verbalistas y especulativos, valoración también trasladada a los estudios de Moscovici.
  3. La reducción del concepto de representación social al de actitud, hecho que puede ser explicado a través de uno de los mecanismos propuestos por Moscovici mediante el cual los nuevos conocimientos se asimilan a través de la reducción a esquemas o referentes conocidos. De modo tal que para muchos la representación no era más que un nuevo modo de conceptuar la actitud.

La evolución de la Psicología Social ha transcurrido por etapas asociadas a conceptos precisos como actitudes, cogniciones sociales y representaciones sociales, que han dejado profundas huellas en el devenir histórico de la disciplina y de la teoría planteada particularmente. Por ello, ubicar sus antecedentes es una tarea bastante compleja puesto que varias corrientes y escuelas en Psicología y de otras Ciencias Sociales son reconocidas en estrecho vínculo con ella.

La propuesta moscoviciana de reintroducir la dimensión social en la investigación psicológica tiene sus antecedentes en los trabajos de William Thomas y Florian Znaniecki (1918) sobre el campesino polaco. En ellos se propone una concepción más social de las actitudes, considerándolas procesos mentales que determinan las respuestas de los individuos hacia fenómenos de carácter social: los valores. También pueden encontrarse en esta línea los trabajos de Jahoda, Lazarsfeld y Zeisel (1933) con desempleados de una comunidad austriaca.

Estos trabajos tienen en común el tratar de explicar el comportamiento por creencias de origen social que son compartidas por los grupos, estableciendo relaciones de interacción e interdependencia entre la estructura social y cultural y los aspectos mentales. Así, mediante el concepto de actitud era posible captar la expresión subjetiva de los cambios sociales. Debido a esto, se han originado muchos debates en torno a las semejanzas y diferencias entre representaciones sociales y actitudes que perduran hasta la actualidad.

Un hito en el camino que conduce a investigaciones actuales sobre cognición social y representaciones sociales lo marcó el psicosociólogo Fritz Heider, quien dio explicación al enorme y complejo sistema de conocimientos psicológicos de sentido común que utilizan las personas en su vida diaria, tanto para explicarse a sí mismas sus conductas como para entender las de los otros, y por ende, sus comportamientos, fenómeno que denominó “psicología ingenua”. Al respecto, en uno de sus planteamientos refería:

“...De acuerdo con la psicología ingenua, la gente tiene un conocimiento de su entorno y de los sucesos que ocurren en él, logran este conocimiento a través de la percepción y otros procesos, se ven afectados por su ambiente personal e impersonal... permanecen en relación de unidad con otras entidades y son responsables de acuerdo con ciertas normas. Todas estas características determinan el papel que la otra persona juega en nuestro espacio vital y como reaccionamos ante ellas...” (Heider, 1958, citado por Perera, M., 2005, p. 34)

Heider estaba en lo cierto, la realidad llega a nosotros y es a través de su interpretación que somos capaces de descifrarla. Por consiguiente, los significados que le atribuimos son los que van a constituirla como única e individual, y es esa la que tiene determinados efectos sobre nosotros. Teniendo en cuenta esta consideración, cobraría enorme valor la afirmación que apuntara el sociólogo W. I. Thomas cuando decía que “… las situaciones son efectivamente reales si se las percibe como tales.” (Thomas y Thomas, 1928, citado por Ibáñez, T., 1988)
En este devenir histórico de la Teoría de las Representaciones Sociales es de gran relevancia la influencia del sociólogo francés Emile Durkheim, quien desde la Sociología propuso el concepto de Representación Colectiva referido a “… la forma en que el grupo piensa en relación con los objetos que lo afectan…” (Durkheim, 1895/1976, citado por Perera, M., 2005, p. 26); las considera hechos sociales de carácter simbólico, producto de la asociación de las mentes de los individuos.

… “Los hechos sociales no difieren sólo en calidad de los hechos psíquicos; tienen otro sustrato, no evolucionan en el mismo medio ni dependen de las mismas condiciones. Esto no significa que no sean también psíquicos de alguna manera, ya que todos consisten en formas de pensar o actuar. Pero los estados de la conciencia colectiva son de naturaleza distinta que los estados de conciencia individual; son representaciones de otro tipo: tiene sus leyes propias…” (Durkheim, 1895/1976, citado por Perera, M., 2005, p. 28)

En su teoría de las dos conciencias (individual y colectiva), Durkheim suponía que los miembros de las colectividades compartían de manera inconsciente modelos que asimilaban, reproducían y propagaban a otros a través de la educación, como formas de comportamiento. Al respecto Moscovici señala que la propuesta durkheimniana era rígida y estática en comparación con la que él apuntaba y planteaba que esto era propio de la sociedad donde se había desarrollado este sociólogo. Con relación a esto Moscovici decía:

… “En el sentido clásico, las representaciones colectivas son un mecanismo explicativo, y se refieren a una clase general de ideas o creencias (ciencia, mito, religión, etc.), para nosotros son fenómenos que necesitan ser descritos y explicados. Fenómenos específicos que se relacionan con una manera particular de entender y comunicar - manera que crea la realidad y el sentido común -. Es para enfatizar esta distinción que utilizo el término “social” en vez de “colectivo…” (Moscovici, 1984, citado por Perera, M., 1999, p. 5).

A criterio de Tomás Ibáñez, las representaciones colectivas “…son producciones mentales que trascienden a los individuos particulares y que forman parte del bagaje cultural de una sociedad. Es en ellas como se forman las representaciones individuales que no son sino su expresión particularizada y adaptada a las características de cada individuo concreto…” (Ibáñez, T., 1988, p. 19).

Si bien es cierto que Durkheim no fue el primero en señalar el factor social como determinante del pensamiento y acción del hombre, como se había explicitado con anterioridad, es indiscutible que sentó las bases para una concepción de la mente humana como un producto de la historia y la cultura. Por ello Moscovici reconoce estas ideas como uno de los precedentes más significativos de su propuesta.

Otro de los antecedentes que encontramos a principios del siglo XX son los estudios de Tarde (1901), quien ayudó a desentrañar los mecanismos de funcionamiento y modos de elaboración de la teoría de las representaciones sociales, aunque en contraposición a Durkheim, definió el papel del individuo y de las conciencias individuales como cimientos de toda la vida en sociedad.

Otras escuelas como la Psicología Evolutiva Piagetiana se han nutrido también de esta teoría. Lo relacionado con la noción o esquema social operatorio susceptible de actuar ante objetos reales o simbólicos, los estados de la inteligencia, la representación del mundo en el niño, entre otros, son puntos de vista de Piaget que de algún modo tienen huellas en la noción de representación social. Asimismo, las nociones de asimilación y acomodación le aportaron elementos a Moscovici para explicar el proceso de formación y funcionamiento de una representación social.

Por su parte, de la vasta obra de Sigmund Freud también se ha nutrido la teoría de las representaciones sociales. Una de las ideas que dan cuenta de ello se encuentra recogida en “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) al plantear Freud el carácter social de la psicología individual como una característica constituyente de la vida humana.

Se encuentran además otros antecedentes en la escuela del Cognitivismo Social, siendo sus principales representantes Bartlert, Ash y Bruner, quienes van a profundizar en los procesos cognitivos, en la representación para abordar los sesgos y en los errores de los contenidos frente a la realidad.

Otros autores como Berger y Luckman (1967), conciben el conocimiento de la realidad como construcción social en el ámbito subjetivo. Ellos intentan descubrir la relación entre la representación y el objeto que la origina, así como su surgimiento y evolución a través de la comunicación. Sus aportes fundamentales que han pasado a formar parte de los cimientos de la teoría son:

  1. El conocimiento en la vida cotidiana tiene un carácter generativo y constructivo: nuestro conocimiento es producido inmanentemente en relación con los objetos sociales que conocemos.
  2. La naturaleza de esta generación y construcción es social: pasa por la comunicación y la interacción entre los sujetos, grupos e instituciones.
  3. El lenguaje y la comunicación son mecanismos que se transmiten y que crean la realidad: tiene además gran importancia puesto que son el marco en que esta adquiere su sentido.

A pesar de las limitaciones presentadas en el desarrollo de la teoría, podemos decir que a partir de la década del 70 se abre un nuevo período en la historia de la Teoría de las Representaciones Sociales. Comenzaron a utilizarse los presupuestos moscovicianos en Europa y otras partes del mundo, realizándose numerosos trabajos basados en dicho modelo. En el año 1972 Herzlich y Denise Jodelet, seguidores de Moscovici, sintetizan los principios fundamentales de la teoría y posteriormente Jodelet, tras un estudio de la categoría, reelabora el concepto. Ya para 1979 se celebra en París el Primer Congreso Internacional sobre la Teoría de las Representaciones Sociales. Otros estudios son realizados por autores como Tomás Ibáñez, Darío Páez, María Auxiliadora Banchs, Alicia Mounchietti, entre otros. Específicamente en nuestro país podemos encontrar numerosos investigadores tales como Norma Vasallo, Maricela Perera, María de los Ángeles Tovar, Armando Alonso, Elisa Knapp, Irene Smith, entre otros, quienes han abordado en sus estudios objetos como: el alcoholismo, el SIDA, la salud, el trabajo, el negro, el dirigente, el delito, entre muchos otros.

3. Aproximaciones al concepto de Representación Social
“Representación Social” es un término que encontramos actualmente en diversas investigaciones dentro del campo de las Ciencias Sociales. Hasta el momento ni en la primera obra de Moscovici se evidencia una definición acabada sobre este fenómeno. Al respecto el propio Moscovici expresó: “... si bien es fácil captar la realidad de las representaciones sociales, no es nada fácil captar el concepto...” (Moscovici, 1976, referido por Perera, M., 1999, p. 7). Ello nos apunta a indagar en la complejidad del concepto que nos convoca.
Desde su origen ha surgido de elementos sociológicos como la cultura y la ideología así como de elementos psicológicos como la imagen y el pensamiento, por lo cual su ubicación será entre dos grandes ciencias: la Psicología y la Sociología.

Este concepto aparece por primera vez en la obra de Moscovici (1961) donde expone:
“... La representación social es una modalidad particular del conocimiento, cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos. Es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios, liberan los poderes de su imaginación... son sistemas de valores, nociones y prácticas que proporciona a los individuos los medios para orientarse en el contexto social y material, para dominarlo. Es una organización de imágenes y de lenguaje. Toda representación social está compuesta de figuras y expresiones socializadas. Es una organización de imágenes y de lenguaje porque recorta y simboliza actos y situaciones que son o se convierten en comunes. Implica un reentramado de las estructuras, un remodelado de los elementos, una verdadera reconstrucción de lo dado en el contexto de los valores, las nociones y las reglas, que en lo sucesivo, se solidariza. Una representación social, habla, muestra, comunica, produce determinados comportamientos. Un conjunto de proposiciones, de reacciones y de evaluaciones referentes a puntos particulares, emitidos en una u otra parte, durante una encuesta o una conversación, por el “coro” colectivo, del cual cada uno quiéralo o no forma parte. Estas proposiciones, reacciones o evaluaciones están organizadas de maneras sumamente diversas según las clases, las culturas o los grupos y constituyen tantos universos de opiniones como clases, culturas o grupos existen. Cada universo tiene tres dimensiones: la actitud, la información y el campo de la representación...” (Moscovici, 1961/1979, citado por Perera, M., 2005, p. 43)

Años más tarde el propio autor afirmaba:
“...Representación social es un conjunto de conceptos, enunciados y explicaciones originados en la vida diaria, en el curso de las comunicaciones interindividuales. En nuestra sociedad se corresponden con los mitos y los sistemas de creencias de las sociedades tradicionales; incluso se podría decir que son la versión contemporánea del sentido común... constructos cognitivos compartidos en la interacción social cotidiana que proveen a los individuos de un entendimiento de sentido común, ligadas con una forma especial de adquirir y comunicar el conocimiento, una forma que crea realidades y sentido común. Un sistema de valores, de nociones y de prácticas relativas a objetos, aspectos o dimensiones del medio social, que permite, no solamente la estabilización del marco de vida de los individuos y de los grupos, sino que constituye también un instrumento de orientación de la percepción de situaciones y de la elaboración de respuestas...”. (Moscovici, 1981, en Perera, M, 2005, p. 44)

Teniendo en cuenta las ideas de Moscovici, la representación social concierne a un conocimiento de sentido común, que debe ser flexible, y ocupa una posición intermedia entre el concepto que se obtiene del sentido de lo real y la imagen que la persona reelabora para sí. Es considerada además proceso y producto de construcción de la realidad de grupos e individuos en un contexto histórico social determinado.

Una propuesta bien aceptada y fiel a las ideas planteadas por Moscovici la encontramos en las elaboraciones de Denise Jodelet (1984) quien plantea que la noción de representación social concierne a:

  1. La manera en que nosotros, sujetos sociales aprendemos los acontecimientos de la vida diaria, las características de nuestro medio ambiente, las informaciones que en él circulan, a las personas de nuestro entorno próximo o lejano.
  2. El conocimiento espontáneo, ingenuo o de sentido común por oposición al pensamiento científico.
  3. El conocimiento socialmente elaborado y compartido, constituido a partir de nuestras experiencias y de las informaciones y modelos de pensamiento que recibimos y transmitimos a través de la tradición, la educación y la comunicación social.
  4. Conocimiento práctico que participa en la construcción social de una realidad común a un conjunto social e intenta dominar esencialmente ese entorno, comprender y explicar los hechos e ideas de nuestro universo de vida.
  5. Son a un mismo tiempo producto y proceso de una actividad de apropiación de una realidad externa y de elaboración psicológica y social de esa realidad. Son pensamiento constitutivo y constituyente.

En 1986, Jodelet incorpora nuevos elementos a su definición refiriendo que son “... imágenes condensadas de un conjunto de significados; sistemas de referencia que nos permiten interpretar lo que nos sucede, e incluso, dar un sentido a lo inesperado; categorías que sirven para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a los individuos con quienes tenemos algo que ver... formas de conocimiento práctico que forja las evidencias de nuestra realidad consensual...”. (Jodelet, D., 1986, citado por Perera, M, 1999, p. 9).

Recientemente, ha apuntado:
“Las representaciones sociales conciernen al conocimiento de sentido común que se pone a disposición en la experiencia cotidiana; son programas de percepción, construcciones con status de teoría ingenua, que sirven de guía para la acción e instrumento de lectura de la realidad; sistemas de significaciones que permiten interpretar el curso de los acontecimientos y las relaciones sociales; que expresan la relación que los individuos y los grupos mantienen con el mundo y los otros; que son forjadas en la interacción y el contacto con los discursos que circulan en el espacio público; que están inscritas en el lenguaje y en las prácticas; y que funcionan como un lenguaje en razón de su función simbólica y de los marcos que proporcionan para codificar y categorizar lo compone el universo de la vida.” (Jodelet, D., 2000, citado por Perera, M., 2005, p. 47)

Otros autores seguidores de la teoría enfatizan en la importancia de la cultura y la pertenencia a determinados grupos sociales, como es el caso de Carugati y Palmanori al plantear que “... las representaciones sociales son un conjunto de proposiciones, de reacciones y de evaluaciones sobre puntos particulares, emitidos por el “coro colectivo” de aquí o allí, durante una charla o conversación. “Coro colectivo” del que se quiera o no cada uno forma parte. Se podría hablar de “opinión publica”, pero de hecho estas proposiciones, reacciones, evaluaciones se organizan de modo muy distinto según las culturas, las clases y los grupos en el interior de cada cultura. Se trata pues de universos de opiniones bien organizados y compartidas por categorías o grupos de individuos.” (Carugati, F., y Palmanori, A., 1991 en Perera, M., 1999, p. 8).

Di Giacomo (1981) refiere que son “... modelos imaginarios de categorías de evaluación, categorización y de explicación de las relaciones entre objetos sociales, particularmente entre grupos que conducen hacia normas y decisiones colectivas de acción...” (Giacomo, 1981, en Perera, M., 1999, p. 10). Años más tarde insistiría en el carácter estructurado de esta categoría al plantear: “… todo conjunto de opiniones no constituye sin embargo una representación social… el primer criterio para identificar una representación social es que está estructurada”. (Giacomo, 1987, en Ibáñez, T., 1988, p. 35). Con este planteamiento el autor nos indica que necesariamente no tiene por qué existir una representación social para cada objeto en el que pensemos, aunque sugiere el carácter molar de la misma al englobar distintos componentes de forma sistémica.

Algunas de las elaboraciones de Tomás Ibáñez nos plantean que “... las representaciones producen los significados que la gente necesita para comprender, actuar y orientarse en su medio social. En este sentido, las representaciones actúan de forma análoga a las teorías científicas. Son teorías de sentido común que permiten describir, clasificar y explicar los fenómenos de las realidades cotidianas, con suficiente precisión para que las personas puedan desenvolverse en ellas sin tropezar con demasiados contratiempos. En definitiva, las representaciones sociales parecen constituir unos mecanismos y unos fenómenos que son estrictamente indispensables para el desarrollo de la vida en sociedad.” (Ibáñez, T., 1988, p. 55).

María Auxiliadora Banchs (1990) concibe la representación social una modalidad de pensamiento práctico que sintetiza la subjetividad social. Está orientada hacia la comunicación, la comprensión y el dominio de su entorno social.

Por su parte, Darío Páez nos señala que “... son sistemas de creencias de menor estabilidad y la mayor de las veces característicos de lo que llamamos “subculturas” que se forman al interior de una sociedad. Estas emergen ante objetos o hechos sociales que exigen ser “normalizados” y transformados en algo conocido o bien explicar lo negativo. Las representaciones sociales son concebidas como discurso ideológico “no institucionalizado.” (Páez, 1992, citado por de la Incera, N., 2000, p. 12).

Otros investigadores han planteado que las representaciones sociales son ante todo “productos socioculturales” pues proceden de la sociedad y nos informan sobre características propias de grupos que las asumen. Estudiar contenidos concretos de determinadas representaciones permite describir características de una sociedad en un momento preciso de la historia de esa sociedad. Sin embargo, no se puede olvidar que ante todo, las representaciones sociales son procesos. Son a la vez pensamiento constituido y pensamiento constituyente; pensamiento constituido en tanto se transforman en productos que intervienen en la vida social como estructuras preformadas que posibilita interpretar la realidad. Son pensamiento constituyente pues no sólo reflejan la realidad sino que intervienen también en su elaboración. Por ello se puede afirmar que la representación social es un proceso de construcción de la realidad.

De modo general, las representaciones sociales constituyen una formación subjetiva, multifacética y polimorfa, donde fenómenos de la cultura, la ideología y la pertenencia socio-estructural dejan su impronta; al mismo tiempo que elementos afectivos, cognitivos, simbólicos y valorativos participan en su configuración.
Ciertamente, son muchas las nociones que sobre este tópico se han elaborado; por tal motivo resulta imposible dar cuenta de todas ellas, no obstante, a pesar de su diversidad notamos que no son excluyentes ni contradictorias, sino que tienden a complementarse. Por ello concuerdo con muchos investigadores cuando plantean que existen tantas definiciones como la amplia variedad de objetos de representación.

4. Principales fuentes.
Las principales fuentes de las Representaciones Sociales se han visto reflejadas en los supuestos elementales que articulan esta teoría. En sentido amplio se encuentra la experiencia acumulada por la humanidad a lo largo de la historia, escenario donde cristaliza la cultura, que va a asumir sus particularidades en cada contexto socioeconómico concreto. Luego, por medio de tradiciones, creencias, normas, valores, llega a cada hombre con expresiones de la memoria colectiva y es a través del lenguaje que se transmite todo este arsenal cultural que es determinante en la formación de las representaciones sociales.

De tal modo, cuando nos referimos al contexto sociocultural que determina una representación, debemos tener en cuenta las condiciones históricas, económicas e ideológicas en que surgen, se desarrollan y desenvuelven los grupos y objetos de representación que estudiamos. Son importantes además, las instituciones u organizaciones con las que interactúan los sujetos y grupos, así como la inserción social de los individuos en términos de pertenencia a determinados grupos y las prácticas sociales en los que estos participan.
Otras de las fuentes esenciales de las representaciones es la comunicación social en sus diferentes formas, dentro de la que se puede mencionar los medios de comunicación como transmisores de conocimientos, valores, modelos, informaciones y la comunicación interpersonal. Dentro de esta última podemos destacar las conversaciones cotidianas en las cuales recibimos y ofrecemos todo un cúmulo de informaciones el cual es imprescindible en la estructuración de la representación social.

Durante estas interacciones comunicativas se origina el llamado “trasfondo comunicacional” que sirve de escenario permanente a las representaciones, y a su vez, es fuente inagotable de contenidos para estos.
Darío Páez (1992) plantea que las representaciones sociales emergen ante objetos, procesos o hechos sociales que demandan “normalización”, es decir, transformarse, ajustarse en algo conocido y concreto, o explicar aquello que resulta negativo. Plantea además que todo estereotipo, toda creencia ideológica, no necesariamente, deriva en una representación, solamente aquellas relacionadas con situaciones conflictivas, por lo que afirma que la contradicción entre valores ideológicos y la existencia de conflictos provocan el surgimiento de representaciones.
A criterio de Frank Elejabarrieta (1995) existen tres grandes tipos de objetos capaces de originar un proceso representacional:

  1. Objetos, ideas y teorías científicas de corte utilitario en la vida cotidiana.
  2. La imaginación cultural, los elementos míticos o mágicos, que son cuestiones relevantes para los grupos sociales en un contexto dado.
  3. Las condiciones sociales y acontecimientos significativos, a los que Moscovici denomina “discutibilidad social”, pues son las polémicas particularmente relevantes para grupos y contextos.

De forma general podemos sintetizar que las representaciones sociales se construyen en función de las comunicaciones que circulan en el medio social, así como los roles y posiciones que al individuo le toca asumir y ocupar dentro de ese medio, y en ellas encontramos expresadas el conjunto de creencias, valores, actitudes, normas y tradiciones con que los individuos afrontan las situaciones cotidianas.

5. La construcción de las representaciones sociales.
Las representaciones sociales constituyen una unidad funcional estructurada. Están integradas por formaciones subjetivas tales como: opiniones, actitudes, creencias, imágenes, valores, informaciones y conocimientos. Algunas pueden guardar estrecha relación con la propia representación social, y en esto han radicado muchas críticas, de modo que ellas se encuentran contenidas dentro de la propia representación y por tanto, las representaciones sociales las trasciende, siendo una formación más compleja.

Las representaciones se estructuran alrededor de tres componentes fundamentales: la actitud hacia el objeto, la información sobre ese objeto y un campo de representación donde se organizan jerárquicamente una serie de contenidos.

Investigaciones llevadas a cabo han demostrado que desde el punto de vista de la génesis, la actitud es la primera dimensión de una representación, pues nos representamos “algo” luego y en función de la toma de posición hacia ese “algo”.

La actitud:
Es el elemento afectivo de la representación. Se manifiesta como la disposición más o menos favorable que tiene una persona hacia el objeto de la representación; expresa por tanto, una orientación evaluativa en relación con el objeto. Imprime carácter dinámico y orienta el comportamiento hacia el objeto de representación, dotándolo de reacciones emocionales de diversa intensidad y dirección. Moscovici señala que:
“... la actitud implica un estímulo ya constituido, presente en la realidad social a la que se reacciona con determinada disposición interna, mientras que la representación social se sitúa en “ambos polos”: constituye el estímulo y determina la respuesta que se da.” (referido por Rodríguez, O., 2001, p. 17).
Según Darío Páez la diferencia más notable entre actitud y representación está dada en la interpretación de los datos más que en los instrumentos que son utilizados, pues las técnicas son muy similares.

La información:
Es la dimensión que refiere los conocimientos en torno al objeto de representación; su cantidad y calidad es variada en función de varios factores. Dentro de ellos, la pertenencia grupal y la inserción social juegan un rol esencial, pues el acceso a las informaciones está siempre mediatizado por ambas variables. También tienen una fuerte capacidad de influencia la cercanía o distancia de los grupos respecto al objeto de representación y las prácticas sociales en torno a este.

Campo de representación:
Este es el tercer elemento constitutivo de la representación social. Nos sugiere la idea de “modelo” y está referido al orden que toman los contenidos representacionales, que se organizan en una estructura funcional determinada.
El campo representacional se estructura en torno al núcleo o esquema figurativo, que constituye la parte más estable y sólida de la representación, compuesto por cogniciones que dotan de significado al resto de los elementos. En el núcleo figurativo se encuentran aquellos contenidos de mayor significación para los sujetos, que expresan de forma vívida al objeto representado. Es necesario destacar que esta dimensión es “construida” por el investigador a partir del estudio de las anteriores.

Jean Claude Abric (1976) presupone que una representación está organizada en un sistema central y otro periférico. Plantea la hipótesis según la cual los individuos o grupos reaccionan no a las características objetivas de la situación, sino a la representación que de ellas tienen.

El sistema central tiene una marcada relevancia ya que va a estructurar los contenidos que están fuertemente anclados sobre la memoria colectiva del grupo que lo elabora, dotando a la representación de estabilidad y permanencia, por lo cual constituye la parte más coherente y rígida.

Las principales características de este sistema son:

  1. Está directamente vinculado y determinado por las condiciones históricas, sociológicas e ideológicas. Marcado por la memoria colectiva del grupo y su sistema de normas.
  2. Dotado de estabilidad, coherencia y resistencia al cambio. Garantiza la continuidad y permanencia de la representación.
  3. Tiene una cierta y relativa independencia del contexto social inmediato.
  4. Tiene una función generadora, a través de la cual se crea o se transforma y da significación a otros elementos constitutivos de la representación.
  5. Es el elemento unificador o estabilizador, pues determina la naturaleza de los lazos que unen entre sí los elementos de la representación.
  6. Tiene función consensual, pues permite definir la homogeneidad del grupo social.

En el sistema periférico se encuentran insertadas las experiencias individuales de cada sujeto, por lo cual es posible explicar la diversidad de representaciones que existen al interno de un grupo entre sus miembros. Este sistema adopta mayor dinamismo, flexibilidad e individualización que el sistema central. Sus características fundamentales pueden ser sintetizadas de la siguiente manera:

  1. Es más sensible a las características del contexto inmediato. Concretiza el sistema central en términos de toma de posición o conducta.
  2. Por su flexibilidad, asegura la función de regulación y adaptación del sistema central a los desajustes y características de la situación concreta a la que se enfrenta el grupo. Es un elemento esencial en la defensa y protección de la significación central de la representación y absorbe las informaciones o eventos nuevos, susceptibles de cuestionar el núcleo central.
  3. Su flexibilidad y elasticidad posibilitan la integración de la representación a las variaciones individuales vinculadas a la historia del sujeto, a sus experiencias vividas. Hace posible la existencia de representaciones más individualizadas, organizadas alrededor de un núcleo central común al resto de los miembros del grupo. Permite una cierta modulación individual de la representación.

La representación se estructura en torno al núcleo figurativo que la dota de significación global y organiza los elementos periféricos que protegen su estabilidad y además tiene funciones adaptativas.

6. ¿Cómo se forma una representación social?
Para llegar a conformarse la representación es imprescindible que ocurran dos procesos: la objetivación y el anclaje, fases que se encuentran muy ligadas por el hecho que una presupone a la otra. Tan solo la representación objetivada, naturalizada y anclada es la que permite explicar y orientar nuestros comportamientos. Es por ello que diversos autores han demostrado su alcance.

La objetivación.
Podría definirse como aquel proceso a través del cual llevamos a imágenes concretas que nos permiten comprender mejor lo que se quiere decir, aquellos conceptos que aparecen de manera abstracta. Consiste en transferir algo que está en la mente en algo que existe en el mundo físico.
Darío Páez diría que “... se trata del proceso mediante el cual se concreta, se materializa el conocimiento en objetos concretos. En esta fase se retienen selectivamente elementos, se organizan libremente y se estructura un modelo figurativo icónico simple.”(Páez y col., 1987)
Este mecanismo se encuentra bajo la influencia de la inserción de los sujetos en la sociedad, de sus condiciones sociales. Se realiza a través de tres fases: la construcción selectiva, la esquematización estructurante y la naturalización.
La construcción selectiva: Aquel proceso a través del cual los diferentes grupos sociales y los sujetos que los integran se apropian, de una manera muy particular y específica, de las informaciones y los saberes sobre un objeto. Esta forma de preparación implica la retención de algunos elementos de la información y el rechazo de aquellos que no resulten significativos. Los elementos retenidos se someten a una transformación con el objetivo de que puedan encajar en las estructuras de pensamiento que ya están constituidas en el sujeto, es decir, estos nuevos elementos van a adaptarse a las estructuras formadas anteriormente.
La esquematización estructurante: Una vez seleccionada la información y convenientemente adaptada a través del proceso de apropiación, se organiza internamente para conformar una imagen del objeto representado de manera coherente y de fácil expresión. Esto da lugar a la formación del núcleo central.
La naturalización: Según Ibáñez es en tanto proceso donde el núcleo central adquiere un status ontológico que lo sitúa como un componente más de la realidad objetiva. El núcleo central es el resultado de un proceso de construcción social de una representación mental; sin embargo, se olvida el carácter artificial y simbólico del núcleo y se le atribuye plena existencia fáctica. El núcleo pasa a ser la expresión directa de una realidad que se le corresponde perfectamente y de la cual no parece constituir sino un reflejo fiel. Una vez que ha quedado constituido, el núcleo tiene toda la fuerza de los objetos naturales que se imponen “por sí mismos” a nuestra mente.
El mecanismo de la objetivación está notablemente influenciado por una serie de condiciones sociales, como puede ser la inserción de las personas en la estructura social.

El anclaje.
Moscovici refiere que “...es el mecanismo que permite afrontar las innovaciones o la toma de contacto con los objetos que no son familiares. Utilizamos las categorías que nos son ya conocidas para interpretar y dar sentido a los nuevos objetos que aparecen en el campo social.”(Moscovici, 1976, citado por Ibáñez, T., 1998, p. 50).
Para nosotros el proceso de anclaje sería la integración al pensamiento de una nueva información sobre un objeto, la cual aparece con un significado específico ante nuestros esquemas antiguos y a la que se le atribuye una funcionalidad y un papel regulador en la interacción grupal.
Es aquí donde se manifiestan los procesos de asimilación y acomodación, pues las informaciones recibidas son deformadas por nuestros esquemas ya constituidos, y a su vez, esta nueva información cambia nuestros propios esquemas para acomodarlos a sus características. Se puede afirmar entonces que este proceso se refiere al enraizamiento de la representación social y su objeto.
El proceso de anclaje articula las tres funciones básicas de la representación: función cognitiva de integración de la novedad, función interpretativa de la realidad y función de orientación de las conductas y las relaciones sociales. (referido por Rodríguez, O., 2001, p. 20).
Tanto el anclaje como la objetivación hacen familiar lo no familiar; el primero transfiriéndolo a nuestra esfera particular donde somos capaces de compararlo e interpretarlo, y el segundo, reproduciendo entre las cosas que podemos tocar y en consecuencia, controlar.

7. Funciones.
Las funciones de las representaciones sociales han sido expuestas por varios autores destacando la funcionalidad y utilidad práctica de la teoría en el ámbito social. Jean Claude Abric (1994) hace una sistematización sobre el tema donde resume, a su modo de ver, cuatro funciones básicas de las representaciones. Estas funciones han sido desarrolladas en un trabajo realizado por Maricela Perera (1999), siendo precisamente dichas funciones las que presentamos a continuación:

  1. Función de conocimiento: Permite comprender y explicar la realidad. Las representaciones permiten a los actores sociales adquirir nuevos conocimientos e integrarlos, de modo asimilable y comprensible para ellos, coherente con sus esquemas cognitivos y valores. Por otro lado, ellas facilitan -y son condición necesaria para- la comunicación. Definen el cuadro de referencias comunes que permiten el intercambio social, la transmisión y difusión del conocimiento.
  2. Función identitaria: Las representaciones participan en la definición de la identidad y permiten salvaguardar la especificidad de los grupos. Sitúan además, a los individuos y los grupos en el contexto social, permitiendo la elaboración de una identidad social y personal gratificante, o sea, compatible con el sistema de normas y valores social e históricamente determinados.
  3. Función de orientación: Las representaciones guían los comportamientos y las prácticas. Intervienen directamente en la definición de la finalidad de una situación, determinando así a priori, el tipo de relaciones apropiadas para el sujeto. Permiten producir un sistema de anticipaciones y expectativas, constituyendo una acción sobre la realidad. Posibilitan la selección y filtraje de informaciones, la interpretación de la realidad conforme a su representación. Ella define lo que es lícito y tolerable en un contexto social dado.
  4. Función justificatoria: Las representaciones permiten justificar un comportamiento o toma de posición, explicar una acción o conducta asumida por los participantes de una situación.

La funcionalidad de las representaciones sociales puede sintetizarse en evaluativas, orientadoras, explicativas y clasificatorias. A esta es necesario añadir otras dos funciones que guardan estrecha interrelación con las mencionadas anteriormente. Dichas funciones son:

  1. Función sustitutiva: Las representaciones actúan como imágenes que sustituyen la realidad a la que se refieren, y a su vez participan en la construcción del conocimiento sobre dicha realidad.
  2. Función icónico-simbólica: Permite hacer presente un fenómeno, objeto o hecho de la realidad social, a través de las imágenes o símbolos que sustituyen esa realidad. De tal modo, ellas actúan como una práctica teatral, recreándonos la realidad de modo simbólico.

8. Metodología en el estudio de las Representaciones sociales.
Estudiar la teoría de las Representaciones Sociales es una tarea ardua y compleja. A lo largo de los años se han realizado distintas investigaciones sobre el tema, para lo cual han sido utilizados diversos métodos e instrumentos, pero hasta nuestros días no se ha privilegiado ninguno en particular, lo cual no quiere decir que todos o cualquiera sean válidos. Al respecto decía Doise: “…la pluralidad de aproximaciones de la noción y la pluralidad de significados que vehicula, hacen que sea un instrumento de trabajo difícil de manipular.” (Doise, 1990, citado por Cabrera, M., 2004, p. 14)

La importancia, amplitud y complejidad del fenómeno representacional conlleva a la necesidad de combinar enfoques o perspectivas teóricas que de modo complementario se articulen y asuman diferentes abordajes metodológicos, sin que esto signifique un eclecticismo teórico-metodológico. Por ello nos es posible, partiendo de presupuestos compatibles, abordar el fenómeno desde distintas ópticas, pudiendo articular métodos y técnicas que nos permitan un mayor acercamiento al mismo.

Precisamente, una de las vías para acceder a su conocimiento se halla en el campo de la comunicación y la interpretación, donde se revela la importancia del lenguaje para nuestra investigación, pues es mediante los “discursos” de los individuos que conoceremos el fenómeno. Al decir de Potter y Wetherell (1987), los “discursos” serían todas las formas de interacción hablada, formal e informal y todo tipo de textos escritos. Su trascendencia radica en que es una práctica que construye sistemáticamente el objeto del cual habla.

Es preciso establecer con suficiente rigor y precisión cuál es el contenido concreto de la representación de tal forma que nos permita estudiar su dinámica interna, en tanto modalidad del pensamiento social. Se hace necesario para ello recurrir a técnicas que permitan conocer el esquema figurativo, el campo de representación, las actitudes y el conjunto de informaciones que componen esta categoría, y que permiten atestiguar la presencia de una representación social debido al grado de estructuración de estos elementos.

Es nuestra consideración que a través de técnicas como las entrevistas en profundidad y las asociaciones de palabras, podemos tener acceso a dicho material discursivo, que por su naturaleza favorece la espontaneidad y la naturalización de la situación de intercambio.

Es necesario añadir que los discursos no constituyen una expresión directa de las representaciones de los sujetos y corresponde al investigador su construcción, realizando un cuidadoso análisis, puesto que los universos semánticos producidos por los sujetos incluyen elementos cognitivos, simbólicos y afectivos que organizan, dan sentido y dirección al pensamiento de cada individuo particular.

No debemos pasar por alto un importante precepto teórico que plantea esta teoría donde se enuncia que toda representación es siempre de algo (el objeto) y de alguien (el sujeto, la población o grupo social). Dada la relación dialéctica que debe existir entre ambos, se nos hace imprescindible señalar algunos aspectos metodológicos que puntualiza Celso Pereira de Sá (1998) que consideramos fundamentales cuando del estudio de esta categoría se trate. Ellos son los siguientes:

  1. Enunciar exactamente el objeto de la representación.
  2. Determinar los sujetos en cuyas manifestaciones discursivas y comportamientos se estudiará la representación.
  3. Determinar las dimensiones del contexto sociocultural donde se desenvuelven los sujetos que se tendrán en cuenta para conocer sobre la representación.

Evidentemente, nos encontramos ante un amplio espectro de posibilidades metodológicas para estudiar las representaciones sociales. Nos corresponde entonces definir la metodología que utilizaremos para la recogida y procesamiento de la información, que en términos de metodología de la investigación consistiría en diseñar el análisis lógico de un estudio, que no es una secuencia lineal direccional, sino un proceso dialéctico que avanza a través de contradicciones.

(ver video de representaciones sociales sobre sexualidad en jovenes de localidad en Bogotá)

9. Bibliografía.

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  3. Cabrera, M. A. (2004): “El diseño soy yo. Una propuesta desde las representaciones sociales”. Tesis de maestría. Facultad de Psicología. Universidad de La Habana.
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  19. Rodríguez, T. (2003): “El debate de las representaciones sociales en la psicología social”. Revista Relaciones, invierno, Vol.24, No. 93. El Colegio de Michoacán, Zamora, México.
  20. Santillano, I. (2000): “La representación social de las transformaciones económicas en mujeres que pertenecen a sectores tradicionales y emergentes de la economía”. Trabajo de Diploma. Facultad de Psicología. Universidad de La Habana.
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  22. Urrutia, L.; González, G. (2003): “Metodología, métodos y técnicas de la investigación social III.” Editorial Félix Varela, La Habana.

1.1 Ubicacion de la psicologia- El campo de la psicologia Social

El campo de la psicologia Social

Por: SERGE MOSCOVICI

En: www.nodo50.org/dado/textosteoria/moscovici.rtf

A. ¿Qué es la psicología social?

a. Todo resultaría muy sencillo si pudiésemos decir sin dudar: existe el individuo y existe la sociedad. Evidentemente esto se nos repite innumerables veces y uno parece comprender e incluso ver lo que indican estas palabras. Todos aceptamos como algo indiscutible que estos dos términos estén separados, que cada uno sea autónomo y posea una realidad propia. Esto significa que podemos conocer uno sin conocer el otro, como si se tratasen de dos mundos extraños entre sí. La fuerza de esta visión resulta incontestable, al igual que la división que mantiene: el individuo reducido a su organismo y la sociedad petrificada en sus instituciones y aparatos. O mejor aún. Por una parte el uno, lo único, por otra parte lo múltiple o colectivo. Y esta visión tiene un efecto al que nos hemos acostumbrado desde hace largo tiempo: el tratado de partición que concede el individuo a la psicología y la sociedad a la economía o a la sociología. Este resultado se expresa a menudo de una forma más concreta: el psicoanálisis se ocupa del individuo y el marxismo de la sociedad. Semejante convención clarifica las ideas y contribuye de manera eficaz a la coexistencia pacífica entre las diversas ciencias y entre las diversas teorías.

La partición que acabo de describir, y sobre la que no hace falta insistir por su familiaridad, obedece a una lógica determinada. Corresponde a la realidad en los casos extremos. Pero resulta banal reconocer que el individuo sólo existe dentro de la red social y que toda sociedad se compone de una multitud de individuos diversos, al igual que el más mínimo pedazo de materia está compuesto por una multitud de átomos. Además, tenemos derecho a observar que en cada individuo habita una sociedad: la de sus personajes imaginarios o reales, la de los héroes que admira, la de sus amigos y enemigos, la de los hermanos y padres con quienes nutre un diálogo interior permanente. Y con los cuales llega incluso a sostener relaciones sin saberlo. Así pues, cuando decimos: existe el individuo y existe la sociedad, dejamos de lado la experiencia compartida por casi todo el mundo.

Se dirá con justicia que esto no es demasiado grave. Todo análisis y toda explicación exigen una abstracción. Abstracciones como las que hacemos constantemente en economía al hablar del mercado separado del poder, o en psicología al describir el pensamiento separado de las emociones. Si, no cabe la menor duda. Pero dicha partición tiene sentido. Oculta una realidad primera, la invariante de existencia cuyos rastros encontramos en todas partes. Es decir, la oposición entre individuo y sociedad, la feroz batalla que libran desde tiempos inmemoriales lo personal y lo colectivo. Este conflicto no excluye, evidentemente, las armonías momentáneas ni las pacificaciones duraderas.

Si la psicología social tiene una razón de ser en tanto que ciencia y un lietmotiv que le sea propio, es ahí donde lo encontraremos. Toda ciencia mayor intenta responder, a través de investigaciones efectuadas en campos concretos, a alguna de las lancinantes preguntas que se plantean a los hombres. La física, a la pregunta : ¿Qué es la materia o el movimiento? La biología, a la pregunta: ¿Qué es la herencia? O bien ¿Por qué existe la vida? La cosmología, a la pregunta ¿Cuál es el origen del universo? Y así sucesivamente. De manera similar, La psicología social -en mi opinión al menos- se ha ocupado y sigue haciéndolo de un solo y único problema: ¿por qué se produce el conflicto entre individuo y sociedad? Ninguna otra ciencia aborda este problema de forma tan directa, ninguna siente una atracción tan profunda por ese conflicto. Y aquellas ciencias que lo hacen se aproximan a la psicología social, como sucedió con el psicoanálisis interesarse éste por los fenómenos de masa. También es el caso de la historia cuando estudia los fenómenos de la mentalidad. Y la recíproca también es cierta. Siempre que la psicología social olvida este problema para estudiar en paralelo y con independencia uno de otro, ya sea lo social o lo individual, como sucede actualmente en los Estados Unidos, pierde su personalidad, convirtiéndose en un apéndice, inútil, de otra ciencia.

b. He aquí una primera fórmula : la psicología social es la ciencia del conflicto entre el individuo y la sociedad. Podríamos añadir: de la sociedad externa y de la sociedad que lleva adentro. No escasean los ejemplos de dicho conflicto. La resistencia a las presiones conformistas de la mayoría, la oposición entre un líder y su grupo, las desviaciones con respecto a la ortodoxia, las discusiones dentro de un grupo a fin de llegar a una decisión, la captación de un individuo por la masa, y otros muchos casos. Hasta aquí hemos considerado el espectro en toda su extensión. Ahora debemos acotarlo para captar mejor y con mayor precisión el campo de la psicología social. En pocas palabras, tras haber visto el problema al que responde consideremos los fenómenos de los que se ocupa. O mejor dicho, los fenómenos de los que se ocupan los psicosociólogos al salir al terreno o al encerrarse en sus laboratorios. En una palabra, ¿Cuál es su objeto?

Como es fácil de imaginar, no existe unanimidad en este punto. Pero creo que en la actualidad, tras el abandono del conductismo. El número de aquellos que estarían de acuerdo con la definición que establecí en 1970 sería mucho más elevado: “Y yo formularía, escribía entonces, como objeto central, exclusivo de la psicosociología, todos los fenómenos relacionados con la ideología y la comunicación, ordenados según su génesis, su estructura y su función”1. Por lo que respecta a los primeros, sabemos que consisten en sistemas de representaciones y de actitudes. A ellos se refieren todos los fenómenos familiares de prejuicios sociales o raciales, de estereotipos, de creencias, etc. Su rasgo común es que expresan una representación social que individuos y grupos se forman para actuar y comunicar. Es evidente que son estas representaciones las que dan forma a esta realidad mitad física y mitad imaginaria que es la realidad social.

Por lo que hace a los fenómenos de comunicación social, éstos designan los intercambios de mensajes lingüísticos y no lingüísticos (imágenes, gestos, etc.) entre individuos y grupos. Se trata de medios empleados para transmitir una información determinada e influir sobre los demás. Empleo intencionadamente la noción global de “comunicación social” para indicar que incluye tanto los fenómenos de comunicación de masas de influencia colectiva (propaganda, publicidad, etc.) como los procesos puramente lingüísticos y los hechos semánticos. También se relaciona con los signos que circulan en la sociedad, con la semiología que, según el propio Saussure, forma “parte de la psicología social y, por consiguiente, de la psicología general”. Este acercamiento se impone, ya que como hacía notar juiciosamente Mounin “la intención de comunicar” es “el criterio del mensaje semiológico”2.

Ahora ya disponemos de una segunda fórmula: la psicología social es la ciencia de los fenómenos de .la ideología (cogniciones y representaciones sociales) y de los fenómenos de comunicación. A los diversos niveles (Doise, 1982) de las relaciones humanas: relaciones entre individuos, entre individuos y grupos y entre grupos. Para cada uno de estos fenómenos disponemos de un conjunto más o menos desarrollado de conocimientos, teorías o experiencias, que aunadas nos permiten comprender las actividades mentales superiores y ciertos aspectos psíquicos de la vida social de los grupos.

B. La visión psicosocial

a. Una vez comprendido el contenido de una ciencia, también hay que reconocer su particularidad, saber lo que la distingue de las otras ciencias. Esta es una pregunta muy difícil a la que jamás se puede dar una respuesta satisfactoria. Y toda respuesta tiene, además, un carácter ligeramente artificial. Una cosa es cierta: ningún límite preciso separa a la psicología social de otros campos de la psicología, como la psicología infantil, la psicología clínica o incluso lo que se da en denominar psicología general. Tampoco hay frontera precisa entre la psicología social y la antropología. Todas estas disciplinas comparten en gran medida un mismo interés por las interacciones humanas y los grupos humanos. Además, tienen en común un buen número de conceptos como la representación, la influencia, el aprendizaje, etc. Entonces, ¿Cómo se distingue la psicología social de estas disciplinas? Para responder a esta pregunta podría hacer una serie de análisis históricos y lógicos. Todos ellos resultarían de gran interés pero nos llevarían a adentrarnos demasiado en el cielo de la teoría de la ciencia. No obstante, yo creo que, una vez acotada la parte de la teoría, nos damos cuenta de que en realidad nuestra disciplina no se distingue tanto por su territorio como por el enfoque que le es propio. Esto es lo que practicantes, investigadores y estudiantes aprenden durante su trabajo. Es, antes que nada, una manera de observar los fenómenos y las relaciones. En este sentido podemos afirmar que existe una visión psicosocial. A continuación intentaré ofrecer una idea de este enfoque.

Comencemos por la manera con que el psicólogo y, a menudo, el sociólogo, enfocan los hechos. Utilizan en general una clave de lectura binaria. Esta clave corresponde a la separación entre sujeto y objeto, que son dados y definidos independientemente uno del otro. El psicólogo pone de un lado el “ego” (el individuo, el organismo) y del otro el “objeto”, o bien, de una parte un repertorio de respuestas y de la otra el estímulo: E- O, o R-S. Así cuando estudiamos la percepción visual consideramos el aparato visual y el color o la intensidad de un punto luminoso, por la manera en que el ojo reacciona ante la estimulación luminosa. De igual manera, al estudiar los procesos intelectuales nos interesamos por la manera en que el cerebro trata una información proveniente del mundo exterior. Y deseamos saber cómo la aprende, la organiza y la transforma en un comportamiento definido. El esquema de la relación queda así.

Sujeto individual (ego, organismo) --> objeto (medio ambiente, estímulo).

En sociología encontramos un esquema muy similar. La diferencia radica en que el sujeto ya no es un individuo sino una colectividad (el grupo, la clase social, el Estado, etc.) O bien, podemos tomar en consideración una multitud de sujetos que cambian, negocian, comparten una misma visión del mundo, etc. Por lo que se refiere al objeto, éste también posee un valor social, representando un interés o una institución. Por otra parte, el objeto a veces está constituido por otras personas, por otros grupos, que forman lo que denominamos entorno humano. Evidentemente, en todos estos casos nos encontramos ante un sujeto y un objeto diferenciados según criterios económicos o políticos, éticos o históricos. Independientemente del tipo de diferenciación, lo que deseamos saber es cómo se comportan las diversas categorías de individuos en la sociedad, cómo reproducen la jerarquía existente, como distribuyen las riquezas o ejercen sus poderes. O bien, cómo la acción de cada individuo, provisto de sus propios intereses y metas, se transforma en una acción colectiva. Pero en el fondo de la mayoría de las explicaciones y análisis presentimos una manera de observar que se guía por el siguiente esquema:

Sujeto colectivo ___________ Objeto diferenciado en social

diferenciado según criterios

económicos o históricos

y no social

b. Sin dudas, simplifico mucho. Me haría falta un libro entero para justificar cada una de mis afirmaciones y mostrar hasta qué punto corresponden a la realidad. Me apresuro a agregar que un gran número de psicólogos sociales recurren a esquemas análogos, lo que conduce a una serie de errores y malentendidos (Moscovici, 1983). A pesar de su interés y de la importancia de los trabajos que inspiraron, siempre han estado marcados por un carácter parcial. Más grave aún: han reducido los fenómenos psicosociales a fenómenos psicológicos y los fenómenos sociales a fenómenos individuales. Y no obstante existe una visión psicosocial que se traduce por una lectura ternaria de los hechos y de las relaciones. Su particularidad consiste en sustituir la relación de dos términos, entre sujeto y objeto, heredada de la filosofía clásica, por una relación en clave de tres términos: Sujeto individual - Sujeto social - Objeto. Para expresarme de otra manera: Ego-Alter-Objeto, obviamente diferenciado. Y esto presupone una mediación constante, una “terceridad”, para utilizar él término del filósofo norteamericano Peirce.


Pero esta relación de sujeto a sujeto en su relación con el objeto puede concebirse de manera estática o dinámica, es decir, puede corresponder a una simple “co-presencia” o a una interacción” que se traduce en modificaciones que afectan el pensamiento y el comportamiento de cada individuo. A este respecto podemos distinguir dos mecanismos que ilustran perfectamente esta distinción: la facilitación social de una parte y la influencia social, por la otra. La primera consiste en que la simple presencia de un individuo o de un grupo haga que un individuo prefiera o aprenda con mayor facilidad las repuestas más familiares y las menos originales. Como si se inhibiese, el individuo expresa o retiene las respuestas dominantes, comunes a todos. La influencia social consiste en que un individuo sometido a la presión de una autoridad o de un grupo adopte las opiniones y conductas de dicha autoridad o grupo. El caso más extremo es la obediencia a la autoridad estudiado por Milgram: una persona es capaz de infligir descargas eléctricas dolorosas a un desconocido porque le han pedido que lo haga.

Esto nos lleva a definir con mayor precisión la manera en que se puede considerar el Alter (individuo o grupo) para analizar las relaciones con la realidad, con el objeto social o no social, real o simbólico. De hecho, nos encontramos ya sea frente a otro similar, un alter ego, ya sea ante otro diferente, un alter sin más. Dependiendo de que se trate del primero o del segundo, consideramos fenómenos distintos. Podríamos incluso decir que las corrientes teóricas y de investigación se oponen según su concepción de este “alter”. Así, la mayoría de las investigaciones sobre los grupos tienden a considerar a éste como un “alter ego” similar al “ego”. En el psicodrama o juego de roles se pide a los participantes que adopten la actitud del otro, que se metan, por decirlo así, en su piel. Y lo que sucede es analizado en función de la capacidad de interiorizar semejante actitud. De manera similar, en los estudios sobre la conformidad se manifiesta en los individuos una tendencia a compararse a alguien semejante o a alguien al que nos gustaría parecernos. Los desviados en especial, que en principio carecen de opiniones y posiciones propias, intentarían juzgar sus opiniones y conductas en función de la mayoría de los individuos que encarnan el poder. Y se conforman para parecerse a esos alter egos privilegiados.

Por el contrario, otras corrientes de investigación consideran un “alter” sin más, marcado por una diferencia precisa. Me refiero a las investigaciones sobre la innovación, por ejemplo, donde la minoría, el individuo, expresan una opinión y un juicio que le son propios. Están confrontados a una mayoría o a una autoridad que tiene sus propias opiniones y sus propios juicios, y que representa la norma u ortodoxia. Lo que intentan estas minorías o estos individuos es hacerse reconocer una identidad particular y una diferencia evidente. Observamos que los dos mecanismos psicosociales fundamentales, el de la comparación social y el de el reconocimiento social (Moscovici y Paicheler, 1973) corresponden a dos maneras de percibir al otro en el campo social.

De estos contados ejemplos se desprende una óptica o enfoque que, trascendiendo la dicotomía “sujeto-objeto”, recorre una gama de mediaciones operadas por la relación fundamental con los demás. Reconozco que éste no es más que un pequeño desplazamiento con respecto a la clave habitual de lectura de la psicología, y en ocasiones, de la sociología. E incluso de la psicología social clásica marcada por el conductismo. Pero se trata de un desplazamiento que lo cambia todo. Antes que nada concede su especificidad a la visión psicosocial, de la que Merleau-Ponty escribió: “Por el solo hecho de practicar la psicología social nos hallamos fuera de la ontología objetivista, en la que podríamos permanecer de no ejercer sobre el “objeto” dado una coacción que pondría en entredicho la investigación...Si la psicología social quiere realmente ver nuestra sociedad tal cual es, no puede partir de este postulado que en sí mismo forma parte de la psicología occidental, pues al adoptarlo presumiríamos nuestras conclusiones”. El desplazamiento operado implica pasar de una concepción binaria de las relaciones humanas, tan extendida, a una concepción ternaria que, por ser compleja, no es menos rica.

Pero dejemos estas cuentas de boticario. Sea cual fuere el sentido de esta visión, puedo decir que antes que nada la encontramos concretada en las prácticas de psicología social. En la mayoría de los casos se trata de prácticas de observación directa de relaciones o gestos, de reacciones afectivas o simbólicas de los individuos entre ellos en una situación precisa. Ver es sin dudas más importante que escuchar. El observador, a veces visible, a menudo invisible, se oculta detrás de un espejo de doble visión, a fin de ver sin ser visto. El espejo de doble visión situado en nuestros laboratorios es el emblema de esta visión psicosocial. Pero he encontrado su modelo en el Narrador de Proust. Considérese este ojo agrimensor, irrigado por las nervaduras de miles de experiencias y abrigado por la retina de la memoria: memoria de las cosas leídas, vistas y escuchadas. Este ojo mantiene fijamente a cada uno de los personajes en el sitio que le es propio: Swann, Odette, Charlus, Albertine, de manera que sabemos quién es cada uno de ellos. Debería decir que los individualiza con gran precisión y sin piedad. Basta con parpadear, con un cambio de luz, para que, en el recodo de una frase recargada, una observación nos haga saber que el observador lo ha visto todo y que su mirada no ha vacilado, invadida por la ternura, ni ha quedado envuelta en las brumas de la nostalgia. Emociones que nos hacen confundir los seres del presente con sus sombras en otros tiempos. Pero este ojo también mantiene fijamente los acontecimientos que tejen la historia dentro de la historia -el affaire Dreyfus, la Gran Guerra- con la escrupulosidad del cronista que conoce el peso de su testimonio. No obstante, personajes y acontecimientos -es decir, los sujetos individuales y las realidades- tan sólo adquieren su sentido a través de los sujetos sociales que son, en la obra de Proust, Du côté de chez Swann, le côté de Guermantes, Sodome et Gomorrhe. Así vemos a cada personaje refractado y observado en un círculo de hombres y mujeres que revelan facetas sucesivas de un mismo rostro o las fibras de un mismo corazón. Lo seguimos, además, de un círculo a otro, de la calle al medio mundo, del medio mundo al mundo y cada uno descompone y recompone al individuo según sus convencionalismos. El Narrador lo observa según sus propios convencionalismos, pero lo ve como lo ven los demás y de la manera que estos últimos reaccionan respecto a él. Proust escribió: “Nuestra personalidad social es la creación del pensamiento de los demás”. Al final de esta triangulación del campo social, el ojo vuelve a encontrar los rastros de una realidad, cuyo autor puede narrar la teoría. Que el hecho de que el enfoque psicosocial no sea la percepción inocente de la “comedia humana”, que describe explica y denuncia simultáneamente con la buena conciencia de ver las cosas tal como son, resulta evidente. Se trata de la persecución del tiempo y de la persecución dentro del tiempo de una intriga entre individuos y acontecimientos que crean la sociedad a medida que la narran. No olvidemos que el proceso es la realidad. El psicólogo es el punto ciego de ese enfoque; quizá no vea, pero sin él es imposible ver.

c. El estudiante que durante sus estudios, pasa de la psicología o de la sociología a la psicología social debe hacer un esfuerzo para interiorizar esta visión. Me atrevería a decir que esto es aún más importante que aprender esta o aquella teoría que, con frecuencia, olvidará más tarde, reteniendo únicamente lo que le es más necesario de ella. ¿Qué puede ser más necesario y permanente que una manera de ver las cosas?

Esto me lleva a hablar de ciertos “prejuicios” muy extendidos y que, a mis ojos, constituyen verdaderos obstáculos epistemológicos, en la acepción de Bachelard, para alguien que desee dedicarse a la investigación y práctica de la psicología social. Debido a que los he encontrado en múltiples ocasiones en el curso de mi trabajo docente, me parece útil precisar la naturaleza de dichos obstáculos. Me gustaría destacar especialmente dos:

1) El primero consiste en la opinión bastante difundida según la cual hay que agregar un suplemento espiritual a los fenómenos sociales. En términos claros, esto significa que se debe explorar el aspecto subjetivo de los acontecimientos de la realidad objetiva. Por realidad objetiva debemos comprender la realidad económica y social. En general, las cosas se presentan así. Se comienza por analizar los diversos aspectos del sujeto “colectivo”: el poder, las desigualdades económicas, la clase social, los intereses de los grupos y otros muchos aspectos. Una vez constituido el marco de esta manera, constatamos las diferencias con respecto a lo que debería pensar o hacer ese sujeto colectivo si obedeciera a amplios determinismos económicos o sociales: descuida sus intereses, no vota a la izquierda en períodos de crisis, no se rebela contra el poder, etc. Para dar cuenta de estas deferencias se invocan factores de tipo subjetivo: los sentimientos, los valores, el grado de conciencia social, la influencia de los medios de comunicación, la imagen simbólica y así sucesivamente. Entonces nos volvemos hacia la psicología social y le pedimos que comprenda lo que “la gente piensa y siente” -de ahí la moda de las encuestas- y que mida sus efectos.


2) El segundo obstáculo guarda una simetría perfecta con el primero. Es sabido que la psicología estudia una suma impresionante de fenómenos: la percepción, el razonamiento, la ansiedad, es desarrollo infantil, el aprendizaje...para sólo mencionar unos cuantos. Pero los estudia en el individuo aislado, como si fuese autista. Así, encargamos a un niño que cumpla una tarea o que rellene un test. Más tarde, en vista de su diligencia y de sus resultados, concluimos en que su evolución intelectual sigue efectivamente la teoría de Piaget o de Bruner. Luego pedimos a un individuo adulto que aprenda una serie de frases de sentido negativo -Pedro no es hermano de Pablo- o en sentido afirmativo: Pedro es hermano de Pablo. Con ayuda de un cronómetro medimos el tiempo que necesita para aprenderlas. Con lo cual, siguiendo la hipótesis constatamos que, en general, las frases negativas son aprendidas con mayor lentitud que las frases positivas.

Todo estos procedimientos son perfectamente legítimos. Nos proponemos una importante cosecha de hechos, cuya solidez no es puesta en duda por nadie. Y yo sería el último en hacerlo. Pero también sabemos y nos damos cuenta todos los días en el laboratorio de que el individuo, por estar aislado, no deja de pertenecer al grupo, a una clase social. Y sus reacciones más anodinas son influenciadas por esta pertenencia. Haga lo que haga y tome las precauciones que tome, la sociedad está ahí. Penetra en las habitaciones más aisladas del laboratorio y actúa sobre los aparatos más sofisticados. A pesar de todos sus esfuerzos, los psicólogos no han logrado inventar una jaula de Faraday para el campo social. Lo mismo que los psicólogos clínicos y los psiquiatras, quienes no han podido acondicionar habitaciones suficientemente acolchadas para amortiguar los ruidos del mundo. Al contrario, han arrojado luz sobre lo que hay de abstracto y surreal en esta situación del individuo.

Así pues, a fin de aportar un suplemento de materia, de realidad en suma, el psicólogo se cree obligado a volver a estudiar los mismos fenómenos en el seno de la sociedad, después de haberlos estudiado en el vacío social. Naturalmente encarga a la psicología social que añada una dimensión objetiva a los fenómenos subjetivos, que vuelva a situar en el contexto de la sociedad aquello que ha sido analizado fuera de dicho contexto. De esta manera, se le pide que analice el juicio social, la percepción social, etc., que califique lo que aún no lo ha sido. Evidentemente estoy simplificando, pero no deformando. El hecho es que, para cada uno de ambos casos, vemos en la psicología social el medio de satisfacer una carencia: por una parte, llenar al sujeto social de un mundo interior, y por la otra, re-situar al sujeto individual en el mundo exterior, es decir, social. Así pues, su naturaleza sería psicológica para unos y sociológica para otros. Sería, al mismo tiempo, un híbrido y una ciencia de residuos de cada una de las ciencias vecinas.

Los obstáculos epistemológicos están ahí e impiden ver lo que esta ciencia tiene de propio. Pues considerándolo todo, su presente y su pasado, esta imagen de híbrido no es la suya. El carácter original e incluso subversivo de su enfoque consiste en cuestionar la separación entre lo individual y lo colectivo, en contestar la partición entre lo psíquico y social en los campos esenciales de la vida humana. Resulta absurdo decir que, mientras estamos solos, obedecemos a las leyes de la psicología, que nos conducimos movidos por emociones, valores o representaciones. Y que una vez en grupo cambiamos bruscamente para comportarnos siguiendo las leyes de la economía y de la sociología, movidos por intereses y condicionados por el poder. O viceversa. Desde hace mucho tiempo, Freud ha hecho justicia y revelado la inanidad de este absurdo: “La oposición entre la psicología individual y la psicología social o psicología de muchedumbres, escribía, que a primera vista puede parecernos importante, pierde mucho de su acuidad al ser examinada a fondo. No cabe duda de que la psicología individual tiene por objeto al hombre aislado y que intenta saber por qué vías éste trata de satisfacer sus influjos pulsionales, pero al hacerlo, raramente está en condiciones -tan sólo en circunstancias excepcionales- de hacer abstracción del individuo tomado aisladamente, pues el Otro interviene con gran frecuencia en tanto que modelo, apoyo y adversario, y por ello la psicología individual es ante todo y simultáneamente una psicología social en este sentido amplio pero plenamente justificado”.

En realidad, la psicología social analiza y explica los fenómenos que son simultáneamente psicológicos y sociales. Este es el caso de las comunicaciones de masas, del lenguaje, de las influencias que ejercemos los unos sobre los otros, de las imágenes y los signos en general, de las representaciones sociales que compartimos y así sucesivamente. Si queremos movilizar a una masa de hombres, luchar contra los prejuicios, combatir la miseria psicológica provocada por el desempleo o la discriminación, sin duda alguna mayor que la miseria económica, siempre nos encontraremos ante lo individual y lo colectivo solidarios, incluso indiscernibles. La psicología social nos enseña a observarlos de esta manera, permaneciendo fiel a su vocación entre las ciencias.

Notas

1 D. Jodelet, J Viet, P. Besnard, La psychologie sociale, Paris-La Haya, Mouton,1970.

2 Saussure, Cours de linguistique général, Paris Payot

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PREGUNTAS:

1. Cual es la pregunta central de la psicología social ?

2. Cuando pierde su personalidad la psicología social?

3. Dónde está la sociedad? Fuera o dentro del individuo? Arguemente!

4. Cual es el objeto de estudio de la psicología social?

5. Qué es la psicología social?

6. Cuales son los dos errores mas frecuentes en la práctica e investigación psicosocial?