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5.3- Poder Conversion y cambio social

Tomás Ibáñez
De la complacencia a la conversión: una cuestión de poder

La diferenciación entre los procesos de influencia y las relaciones de poder es tan antigua como útil. Sin embargo, el hecho mismo de necesitar explicitar esa separación constituye en sí una prueba de su estrecha relación.
Muy a menudo el poder ha sido concebido como una característica o propiedad de la fuente de influencia, de modo que podía modular los efectos ejercidos sobre el receptor de influencia. Una fuente dotada de poder engendra mecanismos de sumisión, por miedo a los castigos o por deseo de gratificaciones; puede poner en marcha mecanismos de identificación, basados en el prestigio del poder, o simplemente activar hábitos, profundamente interiorizados, de obediencia sistemática a la autoridad. Estos mecanismos suscitan conductas de aquiescencia, de complacencia, de conformismo, de adhesión pública y explícita. En otros términos, el punto de vista que se manifiesta a partir de una posición de poder goza de muchas posibilidades para engendrar un automatismo comportamental por el que el sujeto se alinea con el discurso de la fuente.
[264] Además, como el poder generalmente acentúa la credibilidad y la atracción de la fuente, esto basta para comprender que haya sido concebido como un componente fundamental de los procesos de influencia. En definitiva, sería la dependencia que une el receptor a la fuente lo que explicaría que se produzcan los efectos de influencia. Este punto de vista conlleva dos consecuencias esenciales: la primera consiste en una concepción unificadora, monolítica, uniforme, de los procesos de influencia, ya que según este tipo de análisis reposarían todos ellos en un mecanismo único referido en términos de dependencia; la segunda se refiere a la imposibilidad de explicar el cambio social. En efecto, todo proceso «instituyente», entendiéndose por esto todo fenómeno innovador en el plano de las creencias y prácticas sociales, adquiere siempre, en sus inicios, una forma minoritaria y dominada con relación a lo «instituido». Dicho sintéticamente, una fuente desprovista de poder no puede influir; sólo puede ser influida.
Frente a esta concepción de los procesos de influencia simplificadora y a todas luces insuficiente, Moscovici (cf. Moscovici y Ricateau, 1972; Moscovici, 1976) ha mostrado tres cosas fundamentales. En primer término, que la influencia no constituye un patrimonio exclusivo de las fuentes que ocupan una posición socialmente dominante o que gozan de atributos de poder. En segundo lugar, que el hecho mismo de ocupar o no una posición de poder va a determinar la naturaleza de los efectos de influencia producidos sobre el sujeto: una fuente dotada de poder engendra una conformidad superficial, o una complacencia, como resultado de la relación de dependencia que logra establecer; por el contrario, una fuente desprovista de poder en ciertas condiciones engendra un cambio profundo, una conversión implícita, fruto del trabajo cognitivo al que se ve abocado el sujeto. Formulado en términos de mayoría-minoría, eso significa que cuando somos minoritarios, desviados, dominados, nos mostramos aquiescentes, pero no nos convertimos. Por el contrario, cuando somos mayoritarios, normales, dominantes, rehusamos mostrarnos aquiescentes, pero nos dejamos convertir. Y, en último término, [265] Moscovici ha mostrado que la influencia no se reduce a un proceso único, sino que reposa en varios procesos diferentes, polimorfos, complejos, sustentados por mecanismos cualitativamente distintos.
Pero, ¿por qué se es tan sensible a la influencia minoritaria? En balde se puede buscar una explicación en el marco de las teorías psicosociológicas funcionalistas. Estas dan cuenta del asentimiento conformista y de la resistencia al cambio profundo; pero nada nos dicen sobre el debilitamiento de esas resistencias y de la adopción implícita del punto de vista del otro.
La teoría de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957) ofrece, por ejemplo, una explicación bastante plausible de cómo se mantiene una opinión privada: si dependo de la fuente, entonces sé perfectamente por qué me muestro públicamente conformista con su punto de vista, por lo que no tengo que cambiar realmente mi creencia personal. Por su parte, la teoría de la reactancia (Brehm, 1966) puede igualmente explicar este fenómeno: frente al poder reestablezco mi libertad no cediendo a nivel privado. De igual modo, la teoría de la comparación social (Festinger, 1954) también da cuenta de cómo se adopta explícitamente el punto de vista del otro cuando el mío es incierto o porque deseo hacer como «mis semejantes».

Pero, ¿por qué se cambia cuando nada nos induce a conformarnos explícitamente a los criterios del otro y dado que además, al no vernos obligados por una relación de dependencia, hemos expresado públicamente nuestro desacuerdo con una fuente carente de poder? No es por miedo a ser diferentes, o «heterofobia», ya que dado que el otro es minoritario, es justamente al interiorizar su punto de vista como nos diferenciamos. Tampoco es para evitar un conflicto, ya que precisamente se rehúsa ceder al nivel accesible a la minoría, es decir, a nivel manifiesto. Ni siquiera es para obtener más ganancias, ya que la minoría no es gratificante, ni siquiera en término de identidad positiva. Y después de todo, tampoco es porque los argumentos minoritarios sean «mejores» que los otros, ya que los efectos de conversión o de complacencia se observan cuando se [266] mantiene constante el contenido del mensaje (Maass y Clark, 1986), variándose únicamente su asignación a una minoría o a una mayoría.

¿Sería entonces, como sostiene Moscovici (cf. Paicheler y Moscovici, 1984), porque el conflicto, creado por la consistencia con la que la minoría mantiene su punto de vista, nos fuerza a realizar un trabajo de «validación cognitiva» cuyo resultado sería la modificación de nuestro sistema de creencias? Por nuestra parte, no estamos convencidos de ello. Pero antes de sugerir una interpretación alternativa, en términos ésta de mecanismos de resistencia y de relaciones de poder, intentaremos examinar de forma crítica la explicación propuesta desde el marco de la «teoría de la conversión» (Moscovici, 1980).

Notas críticas sobre el estudio de la conversión

La conversión constituye un «sutil proceso de modificación cognitiva o perceptiva por el cual una persona continúa dando su respuesta usual mientras que implícitamente adopta los puntos de vista o las respuestas del otro» (Paicheler y Moscovici, 1984, p. 153). Sin la menor duda, esta definición rompe con la idea habitual que teólogos, sociólogos (cf. Snow y Machalek, 1984) y hasta el sentido común, dan al término «conversión» (véase el capítulo 14). En efecto, no se trata aquí ni de «conversión/retorno», ni de «conversión/mutación», ya sean progresivas o fulgurantes, individuales o colectivas, pasajeras o definitivas. Tampoco se encuentra en esa definición una referencia a la existencia, de hecho bastante habitual, de un cambio que vaya más allá de las creencias de modo que influya en «la forma de ser», el estilo de vida y la identidad del converso, el cual se siente impulsado a proclamar su nuevo credo con mayor intensidad de lo que lo hacen sus correligionarios.
Dejando de lado los problemas de cariz terminológico, no estamos plenamente convencidos de que algunos experimentos, incluso de entre los más espectaculares realizados [267] para estudiar los procesos de conversión, versen realmente sobre la «conversión» tal como la define Moscovici. Uno se puede preguntar, en efecto, si el famoso experimento de Moscovici y Personnaz (1980) sobre la modificación del «código perceptivo», a menudo presentado como crucial, ilustra realmente un fenómeno de conversión. Recordemos que en este experimento (cf. capítulo 2) los sujetos confrontados a diapositivas azules reciben una información o bien que la mayoría de sus semejantes las ven efectivamente azules y que una minoría las ve verdes, o que sólo una minoría las ve azules, como ellos mismos, y que la mayoría las ve verdes. Los sujetos que se perciben como mayoritarios sufren una influencia latente por parte de la minoría. Esta influencia se manifiesta en el efecto consecutivo (after-effect) por un desplazamiento hacia las longitud de onda complementarías del color verde. Como este fenómeno no se produce en los sujetos que se perciben a sí mismos como minoritarios, parece entonces que la influencia minoritaria se traduce aquí en un cambio latente del código perceptivo, es decir, en un fenómeno de conversión en el sentido de Moscovici. Pero, ¿es este el caso?
Nuevas orientaciones en el campo de la neurofisiología de la visión (Varela, 1985) muestran que lo que afecta directamente a nuestra retina sólo contribuye de forma minúscula a la construcción de lo que «vemos». En efecto, se ha probado que las células del cuerpo genicular lateral, tradicionalmente concebido como una simple etapa intermediaria entre la retina y las áreas visuales del córtex, reciben menos del 20% de sus aferencias de la retina y más del 80% provienen de diversas zonas corticales. Lo que llega a las áreas visuales ha sido previamente «trabajado» con informaciones que no tienen a la retina por fuente principal. La influencia de los factores cognitivos es, pues, considerable, incluso tratándose de la percepción de los colores que, no lo olvidemos, no existen en la naturaleza.
En el experimento de Moscovici y Personnaz, la manipulación a la que son sometidos los sujetos, entre otras cosas, lleva a quebrantar en un caso y a confortar en el otro la confianza, que tienen en la «normalidad» de sus [268] capacidades perceptivas. Un sujeto confrontado a una diapositiva efectivamente azul y al que se le quebranta su confianza, tratará efectivamente de reestablecerla. Ahora bien, no olvidemos que las personas en su vida diaria, al igual. que los científicos en su profesión, escrutan la información con un objetivo esencialmente confirmatorio de sus hipótesis y de sus creencias (lo sentimos por Sir Karl Popper!). El proceder cognitivo de nuestro sujeto en cuestión, perturbado como está en su certeza, podría ser más o menos de este tipo: «¿Por qué esta diapositiva a mí me parece azul cuando esta gran mayoría de mis semejantes afirma que es verde? ¿Me equivoco al pensar que es azul? ¿Es verdaderamente azul?... No me cabe la menor duda, cuanto más la miro más me parece que tengo razón: ¡es azul!». ¿Qué ocurre cuando una persona se centra mentalmente en el azul o piensa intensamente en el azul? Simplemente que esta focalización cognitiva sobre el azul conlleva un efecto consecutivo en la zona complementaría del azul. En última instancia se puede imaginar que incluso en ausencia del estímulo visual «azul» una representación mental suficientemente intensa del azul podría producir un efecto consecutivo similar.

Por el contrario, un sujeto confrontado a una diapositiva realmente azul, y al que se le refuerza la confianza que tiene de su capacidad perceptiva, no necesita probarse a sí mismo que tiene razón buscando para ello elementos de confirmación. Ningún peligro le acosa; puede satisfacer su curiosidad de saber lo que en el objeto puede inducir a ciertas personas a «equivocarse». El proceder cognitivo de nuestro sujeto, confortado en su certeza, será entonces del tipo siguiente: «Curioso, estos individuos que ven “verde”... ¿qué es lo que puede inducirlos a error de esta manera? ¿Cómo pueden ver esto “verde”? ¿Qué hay en estas diapositivas que pueda inducirles a pensar que son verdes?». Centrándose cognitivamente sobre el verde, buscando los «indicios» del verde, el efecto consecutivo que aparecerá para el sujeto se situará en la zona complementaría del verde. Y esto no porque su código perceptivo se haya modificado de modo que vea el objeto más «verde» de lo que lo veía antes, [269] sino porque ha «construido algo de verde» en su cabeza y esto es lo que reciben las células del cuerpo genicular, es decir, algo que no proviene de la retina sino del córtex.

Sin la menor duda, el experimento de Moscovici y Personnaz provoca efectos consecutivos diferenciados, pero eso no indica necesariamente una modificación del «código perceptivo» y no es seguro que ello constituya el resultado de un proceso de influencia. Los efectos observados pueden más bien imputarse a que con la manipulación de los sujetos se consiguen inducir focalizaciones cognitivas sobre diferentes colores. En lugar de pensar que la opinión, los juicios o los «códigos» de los sujetos han sido modificados por un punto de vista diferente al suyo, habría que admitir simplemente que informaciones diferentes han encaminado los sujetos sobre pensamientos diferentes y lo que se ha obtenido sólo es el reflejo de caminos cognitivos diferentes. ¿Está esto ligado específicamente al hecho de que una fuente sea minoritaria y la otra mayoritaria, y se puede decir que sea precisamente eso lo que producen estos tipos de fuentes? Tenemos muchas razones para dudar de ello, ya que cada vez que se induzcan, por el procedimiento que sea, contenidos de pensamientos diferentes en los sujetos, es evidente que uno se puede esperar que se encontrarán indicadores de esa diferencia. Lógicamente, eso no es más que una cuestión de sensibilidad de los instrumentos de medida. Para que esas diferencias puedan ser imputables a la influencia de las fuentes mayoritarias o minoritarias, sería necesario que esos indicadores no sean simplemente el reflejo de lo que ya se ha introducido de entrada, es decir, habría que dar con itinerarios de pensamiento diferenciados que indiquen una modificación diferencial de las opiniones, de las creencias o de los «códigos» de los sujetos en función de la naturaleza de la fuente. Ahora bien, estos indicadores no parecen encontrarse en ninguna parte.
Diversos resultados empíricos avalan la viabilidad de las dudas que acabamos de exponer. Así, en un experimento con el paradigma azul-verde en el que no se pudieron replicar los resultados hallados por Moscovici y Personnaz (1980), Doms y Van Avermaet (1980) ya se preguntaron [270] en su día por los efectos que tendría la intensidad con la que los sujetos escrutaban los estímulos. En otro intento de réplica, Sorrentino, King y Leo (1980) han obtenido resultados que ponen de manifiesto la importancia de este factor. En efecto, sus resultados han mostrado que el efecto consecutivo sobre el complementario del verde se producía esencialmente en los sujetos que sospechaban de las finalidades reales del experimento, independientemente de la naturaleza mayoritaria o minoritaria de la condición de influencia en la que se hallaran. Los autores interpretaron estos resultados en términos de aumento de la atención de los sujetos sobre los estímulos presentados, interpretación aún más plausible dado que esos mismos efectos pudieron obtenerse meramente variando la intensidad luminosa de las diapositivas. Así, el simple hecho de prestar mayor atención a las diapositivas, por ejemplo, debido a un aumento de la intensidad luminosa de las mismas, basta para producir la modificación del efecto consecutivo que Moscovici y Personnaz observaron en la situación minoritaria. ¿Qué se puede concluir? Simplemente que, como hemos tratado de sugerir con nuestra interpretación, lo que está sucediendo es que en una situación minoritaria del paradigma azul-verde se está propinando una incitación a escrutar la diapositiva, a que se busque el verde. Y los pigmentos verdes que el sujeto no deja de encontrar, ya que están efectivamente presentes a nivel cromático, ayudan al sujeto a «construir el verde» en su cabeza y a percibir en consecuencia un efecto consecutivo complementario del verde. Pero no por ello se ha influido o modificado su «código perceptivo».

Estas reservas que manifestamos respecto a una cierta utilización del paradigma azul-verde no alteran nuestra convicción de que los resultados elaborados en el marco de las investigaciones sobre la influencia minoritaria sean válidos. Demasiados experimentos los corroboran para que podamos ponerlos en duda, y, por ejemplo, los resultados del experimento de Moscovici, Lage y Naffrechoux (1969) son indiscutibles. Pero, ¿qué sucede con la interpretación teórica elaborada para dar cuenta de esos resultados? Recordemos que esta interpretación teórica se articula [271] esencialmente en términos de «conflicto», por una parte, y de «trabajo cognitivo», por otra. La aquiescencia superficial, y casi automática, obtenida por la fuente mayoritaria bloquea todo esfuerzo cognitivo orientado hacia la reconsideración de la cuestión de fondo, dejando, pues, sin cambiar la posición en litigio. Por el contrario, el conflicto introducido por la consistencia de la fuente minoritaria obligaría al sujeto a un esfuerzo de validación cognitiva de las posiciones en litigio que le lleva, o que puede llevarle, a una restructuración de sus creencias.
Por nuestra parte, nos parece que esta explicación depende en gran medida de la ola cognitivista de los años sesenta (cf. Abelson et al., 1968), reflejando sus principales características. Ciertamente, dado que las creencias son elementos de orden cognitivo, sería absurdo pretender excluir toda referencia al campo cognitivo para explicar su cambio. Dicho esto, no menos cierto es el parentesco con la teoría de la disonancia sobre el tipo de explicación propuesto. La teoría de la disonancia nos dice que cuando se acepta presentar como propio un punto de vista que no se comparte en realidad, sólo se cambia si no se ve una razón suficiente que dé cuenta del comportamiento adoptado. Por el contrario, no se cambia cuando se percibe una razón suficiente para explicar la propia conducta. Por ejemplo, si nos obligan a hacerlo o nos recompensan abundantemente. Por otra parte, cuando cambio es esencialmente con el fin de resolver un conflicto cognitivo. De forma similar, la teoría de la conversión predice que no cambiamos cuando disponemos de una buena razón para explicarse a uno mismo la adhesión al punto de vista del otro (dependencia), y que sólo cambiamos cuando no vemos una razón imperativa para hacerlo (ausencia de dependencia).
Tanto en la teoría de la conversión, como en la teoría de la disonancia, la motivación o el proceso que desencadena la actividad cognitiva que produce el cambio, es de orden cognitivo. En la teoría de la disonancia lo que desencadena la actividad de reestructuración cognitiva, reductora de la disonancia y productora del cambio, es el conocimiento por parte del sujeto de que se dan dentro de sí [272] elementos de creencias cognitivamente incompatibles. En la teoría de la conversión es la «duda» creada en el sujeto por la consistencia del otro la que desencadena un conflicto cognitivo que conduce a una reconsideración cognitiva del objeto en litigio (proceso de validación). Ahora bien, esta duda es de orden cognitivo ya que deja de producir sus efectos a partir del momento en que se psicologiza o se «sociologiza» al otro (cf. Mugny, Kaiser y Papastamou, 1983). La influencia de la fuente minoritaria se bloquea en cuanto aparece alguna sobredeterminación psicológica o social que permite evaluar la posición o los argumentos de la fuente sobre criterios que no se limitan únicamente al contenido propiamente cognitivo inducido por el mensaje minoritario. Lo que crea el conflicto cognitivo es, pues, la coexistencia de dos creencias que son incompatibles en el marco de una representación monista de la verdad: «estoy convencido de que tengo buenas razones para sostener mi punto de vista, y además gozo del apoyo de la mayoría, pero..., sin embargo, debo admitir que el “otro” está en la misma situación que yo y tendrá sus razones, ya que insiste y se muestra dispuesto a aceptar los inconvenientes de la disidencia». Esto constituye un detonador de orden cognitivo, no muy alejado del postulado por la teoría de la disonancia, incluso pese a que el que introduce el elemento contradictorio aquí no es el propio sujeto, sino algún otro.

En cierto sentido la teoría de la conversión da la impresión de ser una copia «simétrica» de la teoría de la disonancia. Esta última nos indica que el sujeto modifica sus creencias cuando accede a expresar un punto de vista diferente al suyo, sin gozar de una buena razón para hacerlo. La teoría de la conversión nos dice que el sujeto modifica sus creencias cuando rehúsa acceder a expresar un punto de vista diferente del suyo porque percibe una buena razón para no hacerlo (por ejemplo, porque el que defiende este punto de vista es minoritario). En la teoría de la disonancia el sujeto cambia cuando dice «sí» sin razón, mientras que en la teoría de la conversión el sujeto lo hace cuando dice «no» con razón, de cualquier modo en ambas teorías el tipo de explicación tiene una naturaleza similar.

[273] Esta similitud se acentúa más si se tiene en cuenta que, a semejanza de la teoría de la disonancia, la teoría de la conversión es probablemente demasiado dependiente, en su interpretación teórica, de un enfoque individualista en psicología social. Y esto no sólo en el sentido de que se desatienda a los fenómenos de conversión colectiva, sino sobre todo porque, después de todo, es «en la cabeza» del sujeto individual en donde acontece todo. Las primeras investigaciones de la influencia minoritaria se habían centrado en el análisis del «conflicto social» y del proceso de negociación que se tropezaba con la ruptura del consenso por parte de la minoría. Pero, poco a poco aquello se ha ido esfumando para poner más interés ahora en los aspectos menos sociales del proceso de influencia, es decir, en la naturaleza de la actividad cognitiva desarrollada por el individuo. Nos parece que el punto culminante de esta evolución psicologizante se alcanza con los experimentos de Moscovici y Personnaz (1980) y Personnaz (1981). En efecto, las variables «sociales» se reducen en estos casos a una simple información sobre el porcentaje de sujetos que han emitido respuestas semejantes a las del sujeto o a las del cómplice. Esta línea de experimentación, que en cierto sentido busca un mere minority effect nos parece tan discutible como aquella de Zajonc (1965) cuando buscaba los efectos de la «mere exposure» para dar cuenta de las situaciones de copresencia, o la de Tajfel (cf. Tajfel et al., 1971), que hablaba como si existiesen los «mere categorization effects» que bastaban para explicar la discriminación intergrupal. Se trata de orientaciones que vacían los fenómenos de su contenido social y que necesitan acto seguido reintroducir expresamente este contenido para dar cuenta de resultados empíricos inexplicables en términos de efectos genéricos (por ejemplo, la necesidad de introducir el tipo concreto de relación social que se establece entre los sujetos en una situación de copresencia). Así, la minoría, tal como es operacionalizada por Personnaz (1981), no parece ser una minoría en el sentido social, sino más bien una minoría en el sentido formal de los estadísticos.

Nos parece que los «sesgos» cognitivistas e individualistas [274] que se pueden detectar en la teoría de la conversión pueden provenir de una tendencia a subestimar la importancia de las relaciones de poder y del conflicto «social» que se encuentran presentes en todos los procesos de influencia, incluidos los procesos de influencia minoritaria. En efecto, el poder no es una cosa de la que «dispone» la mayoría. Es siempre una relación que se establece entre dos polos. El hecho de que exista un polo dominante no significa que el otro no desempeñe ningún papel en la constitución de la relación de poder, ni que esté desprovisto de poder. Si esto fuera así, no habría dominación propiamente dicha y no se encontraría mas que el libre curso dado por un agente a la realización de sus deseos o de su voluntad. Hacer caso omiso de la existencia del poder que constantemente se da entre la fuente y el sujeto, nos lleva imperceptiblemente a tratar el conflicto social como si sólo se tratase de un conflicto cognitivo. O, más exactamente, a considerar sólo la vertiente cognitiva e individual de un fenómeno profundamente anclado en lo social.

Poder, resistencia y conversión

El reconocimiento de la eficacia persuasiva de una fuente que no se encuentra en posición de dominación y que no se beneficia de una relación de dependencia estructurada en beneficio suyo puede dar la ilusión de que esta fuente está «desprovista de poder» y que la influencia minoritaria se desarrolla entonces en un «espacio vacío de poder». Dejando de lado que no sabríamos ya muy bien a qué se podría parecer un espacio de ese tipo, desde el punto de vista de la realidad social, resulta claro que los términos en los que se formula la influencia minoritaria están impregnados de referencias implícitas al poder. Y esto tanto para explicar la ausencia de influencia manifiesta como para dar cuenta de la conversión, tal y como se podrá ver a continuación con respecto al miedo a la diferencia y a la dimensión social del conflicto.
[275] Primero, el miedo a la «diferencia»: si la fuente minoritaria no conlleva (o conlleva poca) adhesión explícita, eso se debe concretamente a que suscita un cierto «miedo». El miedo de ser categorizado como «diferente» y de tener que adquirir en consecuencia aspectos negativos de la identidad minoritaria. Ahora bien, esta «heterofobia» sería difícilmente explicable si la «diferencia» no estuviera acompañada de un cierto coste social. El temor a la «diferencia» sólo existe porque ésta está sancionada socialmente. Prueba de ello es el hecho de que lo que importa al sujeto no es tanto «saberse diferente» cuanto «mostrarse diferente». En efecto, cuando la mayoría «ve» verde allí donde el sujeto ve azul, éste dirá «verde» para no «mostrarse diferente» pero no cambiará su percepción, aunque esta persistencia implique, sin embargo, que «se sepa diferente». Si la heterofobia no tuviera una base social que se pudiera expresar en términos de costes sociales, el hecho de «saberse diferente» debería engendrar los mismos efectos que el miedo de «mostrarse diferente» y debería entonces producirse un cambio profundo, incluso cuando el sujeto se encuentre confrontado a una fuente mayoritaria. Sólo la referencia a los costes sociales permite explicar la diferencia entre «mostrarse diferente» y «saberse diferente», y dar cuenta, por consiguiente, de la ausencia de cambio profundo en la situación de influencia mayoritaria.

Más aún. Al explicitarse e intensificarse los costes sociales generados por la diferencia pueden bloquearse los procesos de conversión, como hemos mostrado en un experimento reciente (Mugny, Ibáñez, et al., 1986). Este estudio, de seis condiciones experimentales, estaba destinado a confrontar, por una parte, las predicciones del modelo de influencia minoritaria y, por otra parte, las de un modelo centrado en las relaciones de poder. En todas las condiciones se presentaba a los sujetos un texto minoritario muy favorable al aborto voluntario. La influencia era evaluada sobre una dimensión directa (actitud frente al aborto) y sobre una dimensión indirecta (actitud frente a los anticonceptivos). En tres condiciones se introducía una amenaza baja, mientras que en las tres condiciones [276] restantes se daba una amenaza alta que implicaba un coste social simbólico elevado para los sujetos que expresaran un eventual acuerdo con la minoría. Además de esta variable del costo social (bajo, alto) se operacionalizó una segunda variable en la que los sujetos eran llevados a percibirse unos como identificados con la Iglesia, otros con la minoría, y al último tercio no se le especificaba ninguna identificación (condición control).
Las predicciones resultantes del modelo de influencia minoritaria eran que cuanto mayor fuera el coste social inducido por la amenaza y por la identificación, más el conflicto inducido por la minoría produciría una influencia, aunque de naturaleza indirecta. El otro modelo predecía, al contrario, que la influencia minoritaria sería tanto menos notable, incluso sobre la dimensión indirecta, cuanto más elevado fuera el coste social. Los principales resultados del experimento, realizado con 270 sujetos, pueden observarse en la tabla 11.1.

Tabla 11.1. Puntuaciones medias de influencia directa (aborto) e indirecta (anticonceptivos) (ver al inicio)


Un signo positivo indica un cambio hacia la posición minoritaria

En primer lugar, en las condiciones sin identificación explícita, la minoría obtiene claramente el efecto de conversión esperado por el modelo de influencia minoritaria cuando el coste social es elevado. Al contrario, en segundo lugar, en caso de identificación explícita con la minoría, la influencia (tanto la indirecta como la directa) disminuye cuando el coste social aumenta. Finalmente, cuando los [277] sujetos fueron identificados con la Iglesia, cuanto más aumenta el coste social más son influidos los sujetos por la minoría.
Para nuestro propósito inmediato, es la última línea de la tabla 11.1 la que nos interesa más directamente, ya que muestra que el coste social sufrido por el sujeto es capaz de bloquear el proceso de conversión. Más adelante volveremos sobre los efectos paradójicos que se manifiestan en la primera línea, es decir, cuando los sujetos creen que pertenecen a un grupo mayoritario.
Está claro que hablar de costes sociales supone referirse necesariamente a los dispositivos de poder que los propina y que los crea. Por ello, el poder siempre está presente en los procesos de influencia minoritaria, tanto para crearlos como para bloquearlos. Su puesta entre paréntesis sólo conducirá a dificultades teóricas.
Después del miedo a la diferencia, vayamos ahora al tema del conflicto. La minoría sólo es influyente en la medida en que no dé lugar a ninguna duda en cuanto a su resolución de no ceder (consistencia) y en cuanto a la firmeza de su posición. La consistencia de la minoría testimonia, por un lado, el rechazo del consenso siempre que éste no se establezca sobre sus propias bases y, por otro, muestra su anclaje firme sobre una posición tenazmente tomada. De este modo, la minoría lanza un desafío al consenso mayoritario y desarrolla un poder indiscutible. La mayoría tiene la opción o de eliminar a la fuente de protesta, lo que es costoso y a veces arriesgado, o bien coexistir con ella, lo que le obligará a desarrollar permanentemente un poder de contención de la desviación. En suma, la minoría no expresa sólo una divergencia, sino que también posee el poder de hacerle pagar a la mayoría el coste, bajo o alto, poco importa en este caso, que implica todo ejercicio de poder por parte del dominante. Este es el sentido en el que la minoría instaura un conflicto y es para evitarlo o para resolverlo por lo que se engrana un proceso de toma de consideración del punto de vista minoritario.

La toma en consideración de la dimensión social del conflicto nos conduce a sostener que el sujeto no mantiene [278] su opinión profunda porque su atención esté apartada del objeto, sino porque se movilizan poderosos mecanismos de resistencia, dadas las implicaciones sociales de la situación.

Lo que diferencia la situación mayoritaria de la situación minoritaria es esencialmente la naturaleza de la presión social que se ejerce sobre el sujeto. Las normas sociales empujan al sujeto a ceder públicamente en el primer caso y a no ceder en el segundo. Que uno se alinee en un caso o que se distancie en el otro, lo que prima, en ambos casos, es una exigencia idéntica de conformarse a las normas sociales cuya transgresión está sancionada socialmente. Una vez mostrada su conformidad con las normas, aunque uno se haya conformado mecánicamente, se mantiene o se modifica el propio credo personal en función de factores que no son, tampoco éstos, ni de orden cognitivo ni individual, sino de orden social. Hay, por lo menos, tres tipos de consideraciones sociales entrelazadas que explican la diferencia en los efectos obtenidos en situación mayoritaria y en situación minoritaria.

En primer lugar: la diferenciación en la conformidad. La relación individuo-sociedad (que atormenta a la psicología social desde su fundación) se resuelve, en el seno mismo del individuo, por medio de un doble movimiento de asimilación-diferenciación. El individuo se funde con sus semejantes por la identificación conjunta con las normas de su sociedad, pero, para reconocerse en su especificidad personal y para diferenciarse del «otro generalizado», debe manifestar un distanciamiento personal con respecto a la norma. En otros términos, toda norma suscita una conformidad asimiladora y una resistencia diferenciadora (Codol, 1976; Lemaine y Kastersztein, 1971-1972). ¿Cómo conformarse y diferenciarse simultáneamente de la norma social que rige la relación mayoría-minoría? Si la conformidad con la norma exige un alienamiento explícito con la fuente (mayoritaria, por ejemplo), la resistencia ante la norma pasará por mantener implícitamente la posición personal divergente. Si la conformidad con la norma exige un rechazo explícito de la fuente (minoritaria, por ejemplo), la resistencia ante la norma pasará entonces por un cambio implícito en la posición personal.

[279] En segundo lugar: los entrelazamientos normativos. No hay ninguna situación social que sea simple. Toda situación social pone en juego un conjunto de normas que pueden pertenecer a registros diferentes y que pueden estar más o menos directamente ligadas con los aspectos que resalten en la situación. Lo mismo ocurre en las situaciones de influencia. Cuando se ha cedido por convención, otras normas nos están diciendo que hay que ceder para no romper, o bien que vencer no es convencer, o que uno no debe sentirse obligado cuando ha sido forzado. Cuando se resiste por convención, se es sensible a normas de compensación que incitan a ceder cuando uno se mostró intransigente o a mostrarse flexible frente a los perdedores y frente a los débiles.
Finalmente: la reabsorción del conflicto social. El acercamiento latente hacia la posición de la minoría permite iniciar la vía de un proceso de integración social de la minoría, al mismo tiempo que ofrece al sujeto la posibilidad de una socialización anticipada, o de una pre-adaptación a eventuales mutaciones de las creencias que van en el sentido de una difusión mayoritaria de la posición actualmente minoritaria.

Resumiendo, es cierto que las fuentes minoritarias también ejercen una influencia y que la naturaleza de esta influencia es del tipo de la conversión en el sentido de Moscovici. Es cierto que opera en el sujeto una actividad cognitiva que desemboca, en los términos de Mugny y Pérez (1986), en una reconstrucción de sus creencias acerca de la realidad puesta en cuestionamiento. Pero es el dispositivo formado por el conflicto social, por una parte, y por la presión de las normas sociales, por otra, y, a fin de cuentas, por los juegos de poder, con sus costes sociales implícitos, lo que explica la naturaleza y los efectos de la influencia minoritaria.

En lugar de recurrir a las virtudes del conflicto cognitivo, parece que una explicación más satisfactoria de los cambios de creencias debería apostar por una inversión copernicana de las creencias científicas en lo que concierne a la influencia. Dicho de forma más precisa, se debería admitir [280] que el principio activo de la influencia no reside en los procesos de incitación al cambio, sino más bien en los mecanismos de resistencia al cambio. Tradicionalmente, se han buscado las razones del éxito o del fracaso de la influencia directamente en las modalidades y en las condiciones de expresión de un enunciado que se alejaba de las creencias del sujeto. Ahora bien, todo enunciado que implica un alejamiento en relación con las posiciones del sujeto es, por principio, eficaz, y todo «otro» enunciado produce por derecho, y por el hecho mismo de su expresión, una influencia sobre el sujeto.

Que esta influencia tome cuerpo de hecho dependerá de la naturaleza y de la intensidad de los mecanismos de resistencia que se encuentren movilizados en el sujeto al intentar influirle. Sólo los mecanismos de resistencia movilizados pueden atenuar o bloquear el efecto de cambio. Es en estos mecanismos donde reside el principio activo de influencia y no en las características de lo que es «recibido» por el sujeto, ni en las propiedades de la fuente emisora. De hecho, los efectos paradójicos de la denegación (Moscovici, Mugny y Pérez, 1984-1985; Pérez, Mugny y Moscovici, 1986) van claramente en el sentido de esta explicación.

Pensamos que la razón puede residir en el hecho de que el estado de equilibrio que caracteriza las creencias de un sujeto no es asimilable al estado de equilibrio de una bola de billar en reposo. Sus modificaciones no son asimilables a los desplazamientos de esta bola de billar en .función de la intensidad y de la naturaleza de los impactos energéticos que recibe. Al contrario, el estado de equilibrio de las creencias se encuentra más cercano al estado de equilibrio de los organismos vivos. Es un equilibrio «metaestatable», dinámico, que se mantiene por el gasto constante de energía y por la integración constante de información. Todo elemento que le alcance contribuye a modificarlo y sus efectos sólo se anulan si el sistema moviliza suficiente energía para reabsorberlo.

Así pues, pensamos que se puede sostener, por una parte, que todo mensaje nos influye y contribuye a que funcione nuestro sistema de creencias, el cual sólo se mantiene [281] en equilibrio dinámico si está constantemente nutrido de mensajes que provienen del exterior o engendrados por uno mismo. Por otra parte, todo mensaje moviliza una serie de resistencias. Es la naturaleza de estas resistencias movilizadas lo que da cuenta del hecho de que nuestro sistema de creencias modifique o no sus puntos de equilibrio metaestables.

Y, dicho sea de paso, nos parece que el estudio de la conversión saldría muy enriquecido si recurriera a algunas analogías propias de los estudios de los sistemas auto-organizativos (cf. Dumouchel y Dupuy, 1983). En efecto, la conversión, en la acepción de los sociólogos y del sentido común, presenta claramente alguna analogía con las estructuras disipativas de Prigogine (Prigogine y Stengers, 1979) donde una fluctuación, producida en un punto de bifurcación, invade rápidamente el conjunto del sistema modificándolo de forma radical y global. Una conversión, en el sentido usual, reestructura toda la persona en su conjunto, y parece con frecuencia inexplicable porque responde muy a menudo a causas que parecen ínfimas, y sobre todo que estas causas sólo parecen producir el efecto si se producen en el momento oportuno.
El cambio social

Ha sido necesario un vuelco como el dado por el paradigma de influencia minoritaria para que el cambio social pudiese ser reintegrado en los fenómenos estudiados por la psicología social. Pero la péndola se ha ido demasiado lejos, de modo que ha cargado a las minorías con una responsabilidad demasiado grande. En efecto, todo parece acontecer como si frente a un «instituido social», esencialmente reproductor de las formas sociales existentes, ahora ocurriese que las minorías portadoras de innovación lograsen a veces hacer triunfar su punto de vista, iniciando así una fase «instituyente». Ahora bien, curiosamente, lo social sólo evoluciona en un sentido muy determinado. Sin recurrir a la noción metafísica, en el sentido peyorativo del [282] término, del «sentido de la historia», no obstante, nos vemos forzados a reconocer que los cambios se inscriben siempre en una orientación claramente definida: incremento de la complejidad de lo social, acentuación de la interdependencia de las diversas sociedades, sofisticación de los dispositivos de control y de los aparatos de poder, crecimiento de la parte ocupada por los artefactos tecnológicos en la vida de los seres sociales (y por tanto aumento de su dependencia tecnológica), opacidad, o mediatización de las relaciones entre las personas y las «cosas» al aplicar los saberes técnicos, (concretamente entre sus actos y los efectos producidos por sus actos), aumento del papel desempeñado por el saber científico, etc.
Esta constancia, o esta direccionalidad del cambio social, nos lleva a formular al menos tres suposiciones. En primer término que las minorías portadoras de innovación son sólo eficaces en la medida en que su mensaje se inscriba en las grandes líneas de la evolución social (lo que no hay que confundir con el Zeitgeist, que caracteriza una época particular, que por analogía podemos considerar que es a las grandes líneas de la evolución social lo que las modas, de vestir por ejemplo, son al proceso bio-antropológico de la hominización). En segundo lugar que la sociedad es de una naturaleza tal que sus mecanismos reguladores son al mismo tiempo reproductores y modificadores de lo que ya está instituido: la naturaleza del sistema es preservada y al mismo tiempo se asegura su evolución constante. Finalmente, que lejos de provenir de los «márgenes», o de la periferia, las innovaciones son a menudo engendradas en el centro mismo del sistema, incluso si son las minorías las primeras en sensibilizarse, expresar y recoger los términos del cambio. Las minorías sólo suelen ser los receptores precoces de un cambio iniciado en el interior de lo instituido, cambio que ellas explicitan y contribuyen a difundir.

Estas suposiciones nos llevan a considerar que las minorías eficaces no son directamente productoras del cambio social. A menudo no son sino un instrumento que proporciona la difusión. El hecho de que generalmente sean [283] reprimidas, material o simbólicamente, es un simple indicador de la complejidad y de la heterogeneidad de lo «social-instituido», cuyos componentes no evolucionan todos al mismo ritmo; muy al contrario, lo que, dicho sea de paso, evita probablemente los riesgos de desbordamiento o de fractura que producirían cambios demasiado rápidos.

Uno de los resultados obtenidos en la investigación ya citada de Mugny, Ibáñez et al. (1986) aporta elementos de confirmación empírica a nuestra tesis sobre el papel que desempeñan las minorías en el cambio social. En efecto (cf. tabla 11.1), los sujetos confortados en su estatus mayoritario (inducción de identificación con las instituciones y la población mayoritaria) adoptan las posiciones minoritarias cuando éstas son objeto de una fuerte amenaza por parte de las instituciones sociales. Esto significa que los sujetos mayoritarios, y confiados de serlo, al hallarse a cubierto de las amenazas que pesan sobre las minorías identificadas como tales, sirven de agentes propagadores de las innovaciones. En esta misma situación de amenaza social, los sujetos que corren el peligro de aparecer con una identidad minoritaria (por inducción de la pertenencia) rechazan por su parte las posiciones minoritarias. Son los elementos de la mayoría los que adoptan y difunden las posiciones minoritarias, mientras eso no les ponga a ellos mismos en peligro. En última instancia son, pues, los centros reguladores del poder los que «deciden», endureciendo o no sus amenazas, si una innovación, metabolizada por elementos mayoritarios, va a poder continuar expandiéndose lentamente en el tejido social, o bien si hay que abortarla. La minoría no fuerza el cambio. Éste se extiende en el tejido social en la medida en que es retornado por los elementos mayoritarios y en la medida en que las instituciones aceptan, no queriendo verlo, que estos elementos lo difundan, con el consiguiente efecto amortiguador o desactivador que supone la adopción de un punto de vista minoritario en un contexto social mayoritario.

Esta concepción del cambio social aclara una paradoja que nos inquietaba. En efecto, si fuera la incomodidad del conflicto social lo que motiva el cambio de la mayoría, ¿por [284] qué este cambio se efectúa a un nivel implícito que, dado que es invisible para la minoría, no puede contribuir a resolver el conflicto social? La respuesta es clara. El cambio latente, y sobre todo el cambio sobre las dimensiones indirectas (Mugny, 1982), permite a los partidarios de la mayoría no ser identificados y no identificarse con la minoría, al mismo tiempo que repercute sobre las posiciones de ésta. El cambio sobre las dimensiones indirectas es especialmente apropiado a las exigencias de la situación y es necesario un endurecimiento particular de los aparatos de poder para que incluso este cambio indirecto sea bloqueado.

Conclusiones

El vuelco espectacular que un grupo de psicosociólogos, esencialmente europeos, han imprimido a las concepciones de la influencia, constituía una necesidad teórica de primer orden. Se puede afirmar en adelante con absoluta seguridad que no toda influencia implica la existencia de una relación de dependencia y que las minorías también ejercen una influencia, aunque los mecanismos que activan y los efectos que producen son distintos y específicos.

Sin embargo, no se pueden olvidar dos consideraciones de orden general. Primero, las innovaciones teóricas son siempre herederas de su tiempo. Segundo, tienden a acentuar los contrastes con las posiciones instituidas de las que se demarcan explícitamente. Por lo que se refiere al primer aspecto, en el caso de la teoría de la conversión, esto se traduce en la adopción de un modelo de explicación que nos parece demasiado dependiente de las orientaciones cognitivistas e individualistas que han arraigado con fuerza en estos últimos lustros en psicología social. El papel del «conflicto cognitivo» y de la «validación cognitiva» es probablemente sobreestimado en relación al papel del conflicto social y de las normas sociales que intervienen en los procesos de conversión y de complacencia. Esto se traduce también, en lo que concierne al segundo aspecto, en una cierta subestimación de la importancia de las relaciones de poder que [285] intervienen en todos los procesos de influencia, incluida la influencia minoritaria, incluso si es cierto que no adoptan en ese caso la forma de relaciones de dependencia.

En consecuencia, podría resultar útil reintegrar plenamente el fenómeno del poder en la teoría de la conversión, concretamente con la dimensión de los costes sociales en los que caen las minorías, y poner más hincapié en la dimensión social del conflicto que en su dimensión cognitiva. Estas operaciones adquieren todo su sentido si se pasa a dar una nueva inversión de las representaciones científicas usuales sobre la influencia, situando en los mecanismos de resistencia el principio activo de los procesos de influencia. Es la naturaleza y la intensidad de los mecanismos de resistencia movilizados por un enunciado que va contra el defendido por el sujeto lo que determina la producción, o no, de un cambio en su sistema de creencias. Estas resistencias, lejos de constituir particularidades individuales, están fuertemente reguladas por las normas sociales y por el juego de las relaciones de poder.

La importancia del papel que representan las minorías en la realización de los cambios sociales puede hacernos caer en la ilusión de que éstas constituyen el motor principal, o más exactamente, el principio generador. Sin embargo, nos parece que las características generales de los procesos de cambio social deberían conducirnos a relativizar el papel de las minorías, o más exactamente, a reconsiderar la naturaleza de su intervención. Más que situarlas como creadoras del cambio social, convendría considerarlas como el instrumento de un cambio social que es engendrado y regulado por las instancias de poder de la sociedad.

Referencias

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5.3- Michel Foucault y el ojo del poder- entrevista

Entrevista*

Jean-Pierre Barou: El Panóptico de Jeremías Bentham es una obra editada a finales del siglo XVIII que ha permanecido desconocida. Sin embargo, tú has escrito una serie de frases sobre ella tan sorprendentes como éstas: "Un acontecimiento en la historia del espíritu humano", "Una especie de huevo de Colón en el campo de la política". Por lo que se refiere a su autor, el jurista inglés Jeremías Bentham, lo has presentado como el "Fourier de una sociedad policial".(1) Para nosotros es un misterio. Pero, explícanos, cómo has descubierto El Panóptico...

Michel Foucault: Estudiando los orígenes de la medicina clínica; había pensado hacer un estudio sobre la arquitectura hospitalaria de la segunda mitad del siglo XVIII, en la época en la que se desarrolla el gran movimiento de reforma de las instituciones médicas. Quería saber cómo se había institucionalizado la mirada médica; cómo se había inscrito realmente en el espacio social; cómo la nueva forma hospitalaria era a la vez el efecto y el soporte de un nuevo tipo de mirada. Y examinando los diferentes proyectos arquitectónicos posteriores al segundo incendio del Hotel-Dieu en 1972 me di cuenta hasta qué punto el problema de la total visibilidad de los cuerpos, de los individuos, de las cosas, bajo una mirada centralizada, había sido uno de los principios básicos más constantes. En el caso de los hospitales este problema presentaba una dificultad suplementaria: era necesario evitar los contactos, los contagios, la proximidad y los amontonamientos, asegurando al mismo tiempo la aireación y la circulación del aire; se trataba a la vez de dividir el espacio y de dejarlo abierto, de asegurar una vigilancia que fuese global e individualizante al mismo tiempo, separando cuidadosamente a los individuos que debían ser vigilados. Había pensado durante mucho tiempo que estos eran problemas propios de la medicina del siglo XVIII y de sus concepciones teóricas.

Después, estudiando los problemas de la penalidad, he visto que todos los grandes proyectos de remozamiento de las prisiones (que dicho sea de paso aparecen un poco más tarde, en la primera mitad del siglo XIX), retornaban al mismo tema, pero ahora refiriéndose casi siempre a Bentham. Casi no existían textos ni proyectos acerca de las prisiones en los que no se encontrase el "invento" de Bentham, es decir, el "panóptico".

El principio era: en la periferia un edificio circular; en el centro una torre; ésta aparece atravesada por amplias ventanas que se abren sobre la cara interior del círculo. El edificio periférico está dividido en celdas, cada una de las cuales ocupa todo el espesor del edificio. Estas celdas tienen dos ventanas: una abierta hacia el interior que se corresponde con las ventanas de la torre; y otra hacia el exterior que deja pasar la luz de un lado al otro de la celda. Basta pues situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un alumno. Mediante el efecto de contra-luz se pueden captar desde la torre las siluetas prisioneras en las celdas de la periferia proyectadas y recortadas en la luz. En suma, se invierte el principio de la mazmorra. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra que en último término cumplía una función protectora.
Sorprende constatar que mucho antes que Bentham esta preocupación existía ya. Parece que uno de los primeros modelos de esta visibilidad aislante había sido puesto en práctica en la Escuela militar de París en 1755 en lo referente a los dormitorios. Cada uno de los alumnos debía disponer de una celda con cristalera a través de la cual podía ser visto toda la noche sin tener ningún contacto con sus condiscípulos, ni siquiera con los criados. Existía además un mecanismo muy complicado con el único fin de que el peluquero pudiese peinar a cada uno de los pensionistas sin tocarlo físicamente: la cabeza del alumno pasaba a través de un tragaluz, quedando el cuerpo del otro lado de un tabique de cristales que permitía ver todo lo que ocurría. Bentham ha contado que fue su hermano el que visitando la Escuela militar tuvo la idea del panóptico. El tema de todas formas estaba presente. Las realizaciones de Claude-Nicolas Ledoux, concretamente la salina que construye en Arc-et-Senans, se dirigen al mismo efecto de visibilidad, pero con un elemento suplementario: que exista un punto central que sea el lugar del ejercicio y, al mismo tiempo, el lugar de registro del saber. De todos modos si bien la idea del panóptico es anterior a Bentham, será él quien realmente la formule, y la bautice. El mismo nombre de "panóptico" parece fundamental. Designa un principio global. Bentham no ha pues simplemente imaginado una figura arquitectónica destinada a resolver un problema concreto, como el de la prisión, la escuela o el hospital. Proclama una verdadera invención que él mismo denomina "huevo de Colón". Y, en efecto, lo que buscaban los médicos, los industriales, los educadores y los penalistas, Bentham se lo facilita: ha encontrado una tecnología de poder específica para resolver los problemas de vigilancia. Conviene destacar una cosa importante: Bentham ha pensado y dicho que su procedimiento óptico era la gran innovación para ejercer bien y fácilmente el poder. De hecho, dicha innovación ha sido ampliamente utilizada desde finales del siglo XVIII. Sin embargo los procedimientos de poder puestos en práctica en las sociedades modernas son mucho más numerosos, diversos y ricos. Sería falso decir que el principio de visibilidad dirige toda la tecnología de poder desde el siglo XIX.

Michelle Perrot: ¡Pasando por la arquitectura! ¿Qué pensar por otra parte de la arquitectura como modo de organización política? Porque en último término todo es espacial, no solo mentalmente, sino materialmente en este pensamiento del siglo XVIII.

Foucault: Desde finales del siglo XVIII la arquitectura comienza a estar ligada a los problemas de población, de salud, de urbanismo. Antes, el arte de construir respondía sobre todo a la necesidad de manifestar el poder, la divinidad, la fuerza. El palacio y la iglesia constituían las grandes formas a las que hay que añadir las plazas fuertes: se manifestaba el poderío, se manifestaba el soberano, se manifestaba Dios. La arquitectura se ha desarrollado durante mucho tiempo alrededor de estas exigencias. Pero, a finales del siglo XVIII, aparecen nuevos problemas: se trata de servirse de la organización del espacio para fines económico-políticos.

Surge una arquitectura específica. Philippe Aries ha escrito cosas que me parecen importantes sobre el hecho de que la casa, hasta el siglo XVIII, es un espacio indiferenciado. En este espacio hay habitaciones en las que se duerme, se come, se recibe..., en fin poco importa. Después, poco a poco, el espacio se especifica y se hace funcional. Un ejemplo es el de la construcción de las ciudades obreras en los años 1830-1870. Se fijará a la familia obrera; se le va a prescribir un tipo de moralidad asignándole un espacio de vida con una habitación que es el lugar de la cocina y del comedor, otra habitación para los padres, que es el lugar de la procreación, y la habitación de los hijos. Algunas veces, en el mejor de los casos, habrá una habitación para las niñas y otra para los niños. Podría escribirse toda una "historia de los espacios" -que sería al mismo tiempo una "historia de los poderes"- que comprendería desde las grandes estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del habitat, de la arquitectura institucional, de la sala de clase o de la organización hospitalaria, pasando por las implantaciones económico-políticas. Sorprende ver cuánto tiempo ha hecho falta para que el problema de los espacios aparezca como un problema histórico-político, ya que o bien el espacio se reenviaba a la "naturaleza" -a lo dado, a las determinaciones primeras, a la "geografía física"- es decir a una especie de capa "prehistórica", o bien se lo concebía como lugar de residencia o de expansión de un pueblo, de una cultura, de una lengua, o de un Estado. En suma, se lo analizaba o bien como suelo, o bien como aire; lo que importaba era el sustrato o las fronteras. Han sido necesarios Marc Bloch y Fernand Braudel para que se desarrolle una historia de los espacios rurales o de los espacios marítimos. Es preciso continuarla sin decirse simplemente que el espacio predetermina una historia que a su vez lo remodela y se sedimenta en él. El anclaje espacial es una forma económico-política que hay que estudiar en detalle. Entre todas las razones que han inducido durante tanto tiempo a una cierta negligencia respecto a los espacios, citaré solamente una que concierne al discurso de los filósofos. En el momento en el que comenzaba a desarrollarse una política reflexiva de los espacios (finales del siglo XVIII), las nuevas adquisiciones de la física teórica y experimental desalojaron a la filosofía de su viejo derecho de hablar del mundo, del cosmos, del espacio finito e infinito. Esta doble ocupación del espacio por una tecnología política y por una práctica científica ha circunscrito la filosofía a una problemática del tiempo. Desde Kant, lo que el filósofo tiene que pensar es el tiempo -Hegel, Bergson, Heidegger-, con una descalificación correlativa del espacio que aparece del lado del entendimiento, de lo analítico, de lo conceptual, de lo muerto, de lo fijo, de lo inerte. Recuerdo haber hablado, hace una docena de años de estos problemas de una política de los espacios, y se me respondió que era bien reaccionario insistir tanto sobre el espacio, que el tiempo, el proyecto, era la vida y el progreso. Conviene decir que este reproche venía de un psicólogo -verdad y vergüenza de la filosofía del siglo XIX-.

M. P.: De paso, me parece que la noción de sexualidad es muy importante tal como señaló Ud. a propósito de la vigilancia en el caso de los militares; de nuevo aparece este problema con la familia obrera; es sin duda fundamental.

Foucault: Totalmente de acuerdo. En estos temas de vigilancia, y en particular de la vigilancia escolar, los controles de la sexualidad se inscriben en la arquitectura. En el caso de la Escuela militar las paredes hablan de la lucha contra la homosexualidad y la masturbación.

M. P.: Siguiendo con la arquitectura, ¿no le parece que individuos como los médicos, cuya participación social es considerable a finales del siglo XVIII, han desempeñado de algún modo un papel de organizadores del espacio? La higiene social nace entonces; en nombre de la limpieza, la salud, se controlan los lugares que ocupan unos y otros. Y los médicos, con el renacimiento de la medicina hipocrática, se sitúan ente los más sensibilizados al problema del entorno, del lugar, de la temperatura, datos que encontramos en la encuesta de Howard sobre las prisiones.(2)

Foucault: Los médicos eran entonces en cierta medida especialistas del espacio. Planteaban cuatro problemas fundamentales: el de los emplazamientos (climas regionales, naturaleza de los suelos, humedad y sequedad: bajo el nombre de "constitución", estudiaban la combinación de los determinantes locales y de las variaciones de estación que favorecen en un momento dado un determinado tipo de enfermedad); el de las coexistencias (ya sea de los hombres entre sí: densidad y proximidad; ya sea de los hombres y las cosas: aguas, alcantarillado, ventilación; ya sea de los hombres entre sí: densidad y proximidad; ya sea de los hombres y los animales: mataderos, establos; ya sea de los hombres y los muertos: cementerios); el de las residencias (habitat, urbanismo); el de los desplazamientos (emigración de los hombres, propagación de las enfermedades). Los médicos han sido con los militares, los primeros gestores del espacio colectivo. Pero los militares pensaban sobre todo el espacio de las "campañas" (y por lo tanto el de los "pasos") y el de las fortalezas. Los médicos han pensado sobre todo el espacio de las residencias y el de las ciudades. No recuerdo quién ha buscado en Montesquieu y en Augusto Comte las grandes etapas del pensamiento sociológico. Es ser bien ignorante. El saber sociológico se forma más bien en prácticas tales como las de los médicos. Guepin ha escrito en los mismos comienzos del siglo XIX un maravilloso análisis de la ciudad de Nantes.

De hecho, si la intervención de los médicos ha sido tan capital en esta época, se debe a que estaba exigida por todo un conjunto de problemas políticos y económicos nuevos: la importancia de los hechos de población.

M. P.: Es chocante además la gran cantidad de personas que se ven concernidas por la reflexión de Bentham. En distintos sitios dice haber resuelto los problemas de disciplina planteados por un gran número de individuos a cargo de unos pocos.

Foucault: Al igual que sus contemporáneos Bentham se encuentra con el problema de la acumulación de hombres. Pero mientras que los economistas planteaban el problema en términos de riqueza (población-riqueza ya que mano de obra, fuente de actividad económica, consumo; y población-pobreza ya que excedente u ociosa), Bentham plantea la cuestión en términos de poder: la población como blanco de las relaciones de dominación. Se puede decir, creo, que los mecanismos de poder, que intervenían incluso en una monarquía administrativa tan desarrollada como la francesa, dejaban aparecer huecos bastante amplios: sistema lacunar, aleatorio, global, que no entra en detalles, que se ejerce sobre grupos solidarios o practica el método del ejemplo (como puede verse claramente en el sistema fiscal o en la justicia criminal); el poder tenía pues una débil capacidad de "resolución" como se diría en términos de fotografía, no era capaz de practicar un análisis individualizante y exhaustivo del cuerpo social. Ahora bien, las mutaciones económicas del siglo XVIII han hecho necesaria una circulación de los efectos de poder a través de canales cada vez más finos, hasta alcanzar a los propios individuos, su cuerpo, sus gestos, cada una de sus habilidades cotidianas. Que el poder, incluso teniendo que dirigir a una multiplicidad de hombres, sea tan eficaz como si se ejerciese sobre uno solo.

M. P.: Los crecimientos demográficos del siglo XVIII han contribuido sin duda al desarrollo de un poder semejante.

J.-P. B.: ¿No es sorprendente entonces saber que la Revolución francesa a través de personas como La Fayette, ha acogido favorablemente el proyecto del panóptico? Se sabe que Bentham, como premio a sus desvelos, ha sido hecho "Ciudadano francés" en 1791.

Foucault: Yo diría que Bentham es el complemento de Rousseau. ¿Cuál es, en efecto, el sueño rousseauniano que ha animado a tantos revolucionarios?: el de una sociedad transparente, visible y legible a la vez en cada una de sus partes; que no existan zonas oscuras, zonas ordenadas por los privilegios del poder real o por las prerrogativas de tal o tal cuerpo, o incluso por el desorden; que cada uno, desde el lugar que ocupa, pueda ver el conjunto de la sociedad; que los corazones se comuniquen unos con otros, que las miradas no encuentren ya obstáculos, que la opinión reine, la de cada uno sobre cada uno. Starobinski ha escrito páginas muy interesantes respecto a este tema en La Transparencia y el obstáculo y en La invención de la libertad.

Bentham es a la vez esto y todo lo contrario. Plantea el problema de la visibilidad, pero pensando en una visibilidad totalmente organizada alrededor de una mirada dominadora y vigilante. Hace funcionar el proyecto de una visibilidad universal, que actuaría en provecho de un poder riguroso y meticuloso. Así, sobre el gran tema rousseauniano -que es en alguna medida el lirismo de la Revolución- se articula la idea técnica del ejercicio de un poder "omnicontemplativo" que es la obsesión de Bentham. Los dos se unen y el todo funciona: el lirismo de Rousseau y la obsesión de Bentham.

M. P.: Hay una frase en el Panóptico: "Cada camarada se convierte en un vigilante".

Foucault: Rousseau habría dicho justamente lo inverso: que cada vigilante sea un camarada. Véase El Emilio: el preceptor de Emilio es un vigilante, es necesario que sea también un camarada.

J.-P. B.: La Revolución francesa no sólo no hace una lectura próxima a la que hacemos ahora sino que incluso encuentra en el proyecto de Bentham miras humanitarias.

Foucault: Justamente, cuando la Revolución se pregunta por una nueva justicia el resorte para ella será la opinión. Su problema, de nuevo, no ha sido hacer que las gentes fuesen castigadas; sino hacer que ni siquiera puedan actuar mal en la medida en que se sentirían sumergidas, inmersas, en un campo de visi-bilidad total en el cual la opinión de los otros, la mi-rada de los otros, el discurso de los otros, les impidan obrar mal o hacer lo que es nocivo. Esto está presente constantemente en los textos de la Revolución.

M. P.: El contexto inmediato ha jugado también su papel en la adopción del panóptico por la Revolución: en este momento el problema de las cárceles está a la orden del día. A partir de 1770 tanto en Inglaterra como en Francia existe una fuerte inquietud respecto a este tema como puede constatarse a través de la encuesta de Howard sobre las prisiones traducida al francés en 1788. Hospitales y cárceles son dos grandes temas de discusión en los salones parisinos, en los círculos ilustrados. Se ha convertido en algo escandaloso el que las prisiones sean lo que son: una escuela del vicio y del crimen; y lugares tan desprovistos de higiene que en ellos se muere uno. Los médicos comienzan a decir cómo se deteriora el cuerpo, cómo se dilapida en semejantes sitios. Llegada la Revolución francesa, emprende a su vez una encuesta de alcance europeo. Un tal Duquesnoy es el encargado de hacer un informe sobre los establecimientos llamados "de humanidad", vocablo que comprende hospitales y prisiones.

Foucault: Un miedo obsesivo ha recorrido la segunda mitad del siglo XVIII: el espacio oscuro, la pantalla de oscuridad que impide la entera visibilidad de las cosas, las gentes, las verdades. Disolver los fragmentos de noche que se oponen a la luz, hacer que no existan más espacios oscuros en la sociedad, demoler esas cámaras negras en las que se fomenta la arbitrariedad política, los caprichos del monarca, las supersticiones religiosas, los complots de los tiranos y los frailes, las ilusiones de ignorancia, las epidemias. Los castillos, los hospitales, los depósitos de cadáveres, las casas de corrección, los conventos, desde antes de la Revolución han suscitado una desconfianza o un odio que no fueron subestimados; el nuevo orden político y moral no puede instaurarse sin su desaparición. Las novelas de terror en la época de la Revolución, desarrollan todo un mundo fantástico de la muralla, de la sombra, de lo oculto, de la mazmorra, de todo aquello que protege en una complicidad significativa, a los truhanes y a los aristócratas, a los monjes y a los traidores: los paisajes de Ann Radcliffe son montañas, bosques, cuevas, castillos en ruinas, conventos en los que la oscuridad y el silencio dan miedo. Ahora bien, estos espacios imaginarios son como la "contra-figura" de las transparencias y de las visibilidades que se intentan establecer entonces. Este reino de "la opinión" que se invoca con tanta frecuencia en esta época, es un modo de funcionamiento en el que el poder podría ejercerse por el solo hecho de que las cosas se sabrán y las gentes serán observadas por una especie de mirada inmediata, colectiva y anónima. Un poder cuyo recorte principal fuese la opinión no podría tolerar regiones de sombra. Si se han interesado por el proyecto de Bentham se debe a que, siendo aplicable a tantos campos diferentes, proporcionaba la fórmula de un "poder por transparencia", de un sometimiento por "proyección de claridad". El panóptico es un poco la utilización de la forma "castillo: (torreón rodeado de murallas) para paradójicamente crear un espacio de legibilidad detallada.

J.-P. B.: Son en definitiva los rincones ocultos del hombre lo que el Siglo de las Luces quiere hacer desaparecer.

Foucault: Indudablemente.

M. P.: Sorprenden también las técnicas de poder que funcionan en el interior del panóptico. La mirada fundamentalmente, y también la palabra puesto que existen esos famosos tubos de acero -extraordinaria invención- que unen el inspector central con cada una de las celdas en las que se encuentran, nos dice Bentham, no un prisionero sino pequeños grupos de prisioneros. En último término, la importancia de la disuasión está muy presente en el texto de Bentham: "Ës preciso -dice- estar incesantemente bajo la mirada de un inspector; perder la facultad de hacer el mal y casi el pensamiento de quererlo". Nos encontramos de lleno con las preocupaciones de la Revolución: impedir a las gentes obrar mal, quitarles las ganas de desearlo, en resumen: no poder y no querer.

Foucault: Estamos hablando de dos cosas: de la mirada y de la interiorización. Y, en el fondo, ¿no se trata del problema del precio del poder? El poder, de hecho, no se ejerce sin gastos. Existe evidentemente el coste económico, y Bentham lo dice. ¿Cuántos vigilantes hacen falta? ¿Cuánto, en definitiva, costará la máquina? Pero está además el coste propiamente político. Si se es muy violento se corre el riesgo de suscitar insurrecciones; si se interviene de forma discontinua se arriesga uno a dejar que se produzcan, en los intervalos, fenómenos de resistencia de un coste político elevado. Así funcionaba el poder monárquico. Por ejemplo, la justicia que detenía una proporción irrisoria de criminales, argumentaba diciendo: conviene que el castigo sea espectacular para que los demás tengan miedo. Poder violento por tanto que debía, mediante el ejemplo, asegurar las funciones de continuidad. A esto contestan los nuevos teóricos del siglo XVIII: es un poder demasiado costoso y con muy pocos resultados. Se hacen grandes gastos de violencia que en realidad no tienen valor de ejemplo, se ve uno incluso obligado a multiplicar las violencias, de forma tal, que se multiplican las rebeliones.

M. P.: Esto es lo que sucedió con las insurrecciones contra el patíbulo.

Foucault: Por el contrario, se cuenta con la mirada que va a exigir pocos gastos. No hay necesidad de armas, de violencias físicas, de coacciones materiales. Basta una mirada. Una mirada que vigile, y que cada uno, sintiéndola pesar sobre sí, termine por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo; cada uno ejercerá esta vigilancia sobre y contra sí mismo. ¡Fórmula maravillosa: un poder continuo y de un coste, en último término, ridículo! Cuando Bentham considera que él lo ha conseguido, cree que es el huevo de Colón en el orden de la política, una fórmula exactamente inversa a la del poder monárquico. De hecho, en las técnicas de poder desarrolladas en la época moderna, la mirada ha tenido una importancia enorme, pero como ya he dicho, está lejos de ser la única ni siquiera la principal instrumentación puesta en práctica.

M. P.: Parece que, respecto a esto, Bentham se plantea el problema del poder en función sobre todo de grupos pequeños. ¿Por qué? ¿Por qué piensa que la parte es el todo, y que si se logra el éxito a nivel de grupos puede luego extenderse al todo social? ¿O bien es que el conjunto social, el poder a nivel de todo social es algo que entonces no se concebía realmente? ¿Por qué?

Foucault: El problema consiste en evitar los obstáculos, las interrupciones; al igual que ocurría en el Antiguo Régimen, con las barreras que presentaban a las decisiones de poder los cuerpos constituidos, los privilegios de determinadas categorías, desde el clero, hasta las corporaciones, pasando por los magistrados. Del mismo modo que las barreras que, en el Antiguo Régimen presentaban los cuerpos constituidos, los privilegios de determinadas categorías a las decisiones de poder. La burguesía comprende perfectamente que una nueva legislación o una nueva Constitución no son garantía suficiente para mantener su hegemonía. Se da cuenta de que debe inventar una tecnología nueva que asegure la irrigación de todo el cuerpo social de los efectos de poder llegando hasta sus más ínfimos resquicios. Y en esto precisamente la burguesía ha hecho no sólo una revolución política sino que también ha sabido implantar una hegemonía social que desde entonces conserva. Esta es la razón por la que todas estas invenciones han sido tan importantes y han hecho de Bentham uno de los inventores más ejemplares de la tecnología de poder.

J.-P. B.: No obstante, no se sabe a quién beneficia el espacio organizado tal como Bentham preconiza, si a los que habitan la torre central o a los que vienen a visitarla. Se tiene la sensación de estar ante un mundo infernal del que no escapa nadie, ni los que son observados ni los que observan.

Foucault: Esto es sin duda lo que hay de diabólico en esta idea como en todas las aplicaciones a que ha dado lugar. No existe en ella un poder que radicaría totalmente en alguien y que ese alguien ejercería él solo y de forma absoluta sobre los demás; es una máquina en la que todo el mundo está aprisionado, tanto los que ejercen el poder como aquellos sobre los que el poder se ejerce. Pienso que esto es lo característico de las sociedades que se instauran en el siglo XIX. El poder ya no se identifica sustancialmente con un individuo que lo ejercería o lo poseería en virtud de su nacimiento, se convierte en una maquinaria de la que nadie es titular. Sin duda, en esta máquina nadie ocupa el mismo puesto, sin duda ciertos puestos son preponderantes y permiten la producción de efectos de supremacía. De esta forma, estos puestos pueden asegurar una dominación de clase en la misma medida en que disocian el poder de la potestad individual.

M. P.: El funcionamiento del panóptico es, desde este punto de vista, un tanto contradictorio. Está el inspector principal que desde la torre central vigila a los prisioneros. Pero, al mismo tiempo, vigila a sus subalternos, es decir, al personal; este inspector central no tiene ninguna confianza en los vigilantes, e incluso se refiere a ellos de un modo un tanto despectivo pese a que, en principio, están destinados a serle próximos. ¡Pensamiento, pues, aristocrático!

Pero, al mismo tiempo, quisiera hacer esta observación en lo que se refiere al personal subalterno: ha constituido un problema para la sociedad industrial. No ha sido cómodo para los patronos encontrar capataces, ingenieros capaces de dirigir y de vigilar las fábricas.

Foucault: Es un problema considerable que se plantea en el siglo XVIII. Se puede constatar claramente en el caso del ejército, cuando fue necesario fabricar "suboficiales" que tuviesen conocimientos auténticos para organizar eficazmente las tropas en caso de maniobras tácticas, con frecuencia difíciles, tanto más difíciles cuanto que el fusil acababa de ser perfeccionado. Los movimientos, los desplazamientos, las filas, las marchas exigían este personal disciplinario. Más tarde los talleres vuelven a plantear a su modo el mismo problema; también la escuela con sus maestros, sus ayudantes, sus vigilantes. La iglesia era entonces uno de los raros cuerpos sociales en el que existían pequeños cuadros competentes. El religioso, ni muy alfabetizado ni totalmente ignorante, el cura, el vicario entraron en lid cuando se necesitó escolarizar a centenas de millares de niños. El Estado no se dotó con pequeños cuadros similares hasta mucho más tarde. Igual sucedió con los hospitales. No hace aún mucho que el personal subalterno hospitalario continuaba estando constituido en su mayoría por religiosas.

M. P.: Estas mismas religiosas han desempeñado un papel considerable en la aplicación de las mujeres al trabajo: aquí se sitúan los famosos internados del siglo XIX en los que vivía y trabajaba un personal femenino bajo el control de religiosas formadas especialmente para ejercer la disciplina de las fábricas.
El Panóptico está lejos de estar exento de estas preocupaciones ya que se puede constatar la existencia de esta vigilancia del inspector principal sobre el personal subalterno, y esta vigilancia sobre todos, a través de las ventanas de la torre, sucesión ininterrumpida de miradas que hace pensar en "cada camarada se convierte en un vigilante", hasta el punto de que se tiene la impresión, un poco vertiginosa, de estar en presencia de una invención que en alguna medida se va de las manos de su creador. Bentham, en un principio, quiere confiar en un poder único: el poder central. Pero, leyéndolo uno se pregunta, ¿a quién mete Bentham en la torre? ¿Al ojo de Dios? Sin embargo Dios está poco presente en su texto; la religión no desempeña sino un papel de utilidad. Entonces, ¿a quién? En definitiva es preciso decir que el mismo Bentham no ve muy claro a quien confiar el poder.

Foucault: Bentham no puede confiar en nadie en la medida en que nadie debe ser lo que era el rey en el antiguo sistema, es decir, la fuente del poder y de la justicia. La teoría de la monarquía lo suponía. Era preciso confiar en el rey. Por su propia existencia, querida por Dios, él era la fuente de la justicia, de la ley, del poder.El poder que radicaba en su persona no podía sino ser bueno; un mal rey equivalía a un accidente de la historia o a un castigo del soberano absolutamente perfecto, Dios. Por el contrario, no se puede confiar en nadie cuando el poder está organizado como una máquina que funciona según engranajes complejos, en la que lo que es determinante es el puesto de cada uno, no su naturaleza. Si la máquina fuese tal que alguien estuviese fuera de ella, o que tuviese él solo la responsabilidad de su gestión, el poder se identificaría a un hombre y estaríamos de nuevo en un poder de tipo monárquico. En el Panóptico, cada uno, según su puesto, está vigilado por todos lo demás, o al menos por alguno de ellos; se está en presencia de un aparato de desconfianza total y circulante porque carece de un punto absoluto. La perfección de la vigilancia es una suma de insidias.

J.-P. B.: Una maquinaria diabólica, como has dicho, que no perdona a nadie. La imagen quizá del poder de hoy. Pero, ¿cómo crees que se ha llegado hasta aquí? ¿Por voluntad de quién y con qué objeto?

Foucault: La cuestión del poder se simplifica cuando se plantea únicamente en términos de legislación o de Constitución; o en términos de Estado o de aparato de Estado. El poder es sin duda más complicado, o de otro modo, más espeso y difuso que un conjunto de leyes o un aparato de Estado. No se puede comprender el desarrollo de las fuerzas productivas propias del capitalismo, ni imaginar su desarrollo tecnológico, si no se conocen al mismo tiempo los aparatos de poder. En el caso, por ejemplo, de la división de trabajo en los grandes talleres del siglo XVIII, ¿cómo se habría llegado a este reparto de tareas si no hubiese existido una nueva distribución del poder al propio nivel del remodelamiento de las fuerzas productivas? Lo mismo sucede con el ejército moderno: no basta con que exista otro tipo de armamento, ni otra forma de reclutamiento, fue necesario que se produjera a la vez esta nueva distribución de poder que se llama disciplina, con sus jerarquías, sus cuadros, sus inspecciones, sus ejercicios, sus condicionamientos y domes-ticaciones. Sin esto, el ejército tal como ha funcionado desde el siglo XVIII no hubiera sido posible.

J.-P. B.: De todos modos, ¿existe alguien o algunos que impulsan el todo?

Foucault: Se impone una distinción. Está claro que en un dispositivo como el ejército, el taller o cualquier tipo de institución, la red del poder adopta una forma piramidal. Existe pues una cúspide. Sin embargo incluso en un caso así de simple, esta "cúspide" no es la "fuente" o el "principio" de donde se derivaría todo el poder como de un centro luminoso (esta es la imagen según la cual se representa a la monarquía). La cúspide y los elementos inferiores de la jerarquía están en una relación de sostén y de condicionamiento recíprocos; se "sostienen" (el poder como "chantaje" mutuo e indefinido). Pero si lo que me preguntas es si esta nueva tecnología de poder tiene históricamente su origen en un individuo o en un grupo de individuos determinados, que habrían decidido aplicarla para servir sus propios intereses y utilizar así, en su beneficio, el cuerpo social, te responderé: no. Estas tácticas han sido inventadas, organizadas, a partir de condiciones locales y de urgencias concretas. Se han perfilado palmo a palmo antes de que una estrategia de clase las solidifique en amplios conjuntos coherentes. Hay que señalar además que estos conjuntos no consisten en una homoge-neización sino más bien en un juego complejo de apoyos que adoptan los diferentes mecanismos de poder unos sobre otros permaneciendo sin embargo en su especificidad. Así, actualmente, la interrelación entre medicina, psiquiatría, psicoanálisis, escuela, justicia, familia, en lo que se refiere a los niños, no homogeneiza estas distintas instancias sino que establece entre ellas conexiones, reenvíos, complementariedades, delimitaciones, lo que supone que cada una conserva hasta cierto punto las modalidades que le son propias.

M. P.: Ud. rechaza la idea de un poder que sería una super-estructura, pero no la idea de un poder que es, en cierto modo, consustancial al desarrollo de las fuerzas productivas, que forma parte de él.

Foucault: Por supuesto. Y el poder se transforma continuamente con estas fuerzas. El Panóptico era una utopía-programa. Pero ya en la época de Bentham el tema de un poder espacializante, vigilante, inmovilizante, en una palabra, disciplinario, estaba desbordado por mecanismos mucho más sutiles que permitían la regulación de los fenómenos de población, el control de sus oscilaciones, la compensación de sus irregularidades. Bentham es "arcaizante" por la importancia que da a la mirada, es muy actual por la importancia que concede a las técnicas de poder en general.

M. P.: No existe un Estado global, existen micro-sociedades, microcosmos que se instauran.
J.-P. B.: ¿Es preciso entonces, frente al despliegue del panóptico, poner en cuestión la sociedad industrial? ¿ O conviene hacer responsable a la sociedad capitalista?

Foucault: ¿Sociedad industrial o sociedad capitalista? No sabría responder si no es diciendo que estas formas de poder se encuentran también en las sociedades socialistas: la transferencia ha sido inmediata. Pero, sobre este punto, preferiría que intervenga la historiadora.

M. P.: Es cierto que la acumulación de capital surge por una tecnología industrial y por la puesta en marcha de todo un aparato de poder. Pero no es menos cierto que un proceso semejante aparece de nuevo en la sociedad socialista soviética. El estalinismo, en cierto modo, corresponde también a un período de acumulación de capital y de instauración de un poder fuerte.

J.-P. B.: De nuevo encontramos, como de pasada, la noción de beneficio; en este sentido, la máquina inhumana de Bentham se muestra como algo muy valioso, al menos para algunos.

Foucault: ¡Evidentemente! Habría que tener el optimismo un poco ingenuo de los "dandys" del siglo XIX para imaginarse que la burguesía es tonta. Por el contrario, conviene tener en cuenta sus golpes de genio. Y, entre ellos justamente, está el hecho de que ha sido capaz de construir máquinas de poder que posibilitan circuitos de beneficios los cuales, a su vez, refuerzan y modifican los dispositivos de poder, y esto de forma dinámica y circular. El poder feudal, funcionando por deducciones y gasto, se minaba a sí mismo. El de la burguesía se mantiene no por la conservación sino mediante transformaciones sucesivas. De aquí se deriva que la posibilidad de su caída y de la Revolución formen parte de su historia prácticamente desde sus comienzos.

M. P.: Se puede señalar que Bentham concede una enorme importancia al trabajo, al que se refiere una y otra vez.

Foucault: Ello responde al hecho de que las técnicas de poder se han inventado para responder a las exigencias de la producción. Me refiero a la producción en un sentido amplio (puede tratarse de "producir" una destrucción, como en el caso del ejército).

J.-P. B.: Cuando, dicho sea de paso, empleas el término "trabajo" en tus libros, raramente lo haces en relación al trabajo productivo.

Foucault: Porque se da el caso de que me he ocupado de gentes que estaban situadas fuera de los circuitos del trabajo productivo: los locos, los enfermos, los prisioneros, y actualmente los niños. El trabajo para ellos, tal como deben realizarlo, tiene un valor predominante disciplinario.

J.-P.B.: El trabajo como forma de domesticación. ¿No se da siempre?

Foucault: Por supuesto. Siempre se ha hablado de la triple función del trabajo: función productiva, función simbólica y función de domesticación o disciplinaria. La función productiva es sensiblemente igual a cero para las categorías de las que me ocupo, mientras que las funciones simbólica y disciplinaria son muy importantes. Pero, lo más frecuente, es que coexisten los tres componentes.

M.P.: Bentham, en todo caso, me parece muy seguro de sí, muy confiado en el poder penetrante de la mirada. Se tiene incluso la sensación de que no calibra muy bien el grado de opacidad y de resistencia del material que ha de corregir, que ha de integrar en la sociedad -los famosos prisioneros-. Además, ¿no es el panóptico de Bentham, en cierto modo, la ilusión del poder?

Foucault: Es la ilusión de casi todos los reformadores del siglo XVIII que han concedido a la opinión un poder considerable. Puesto que la opinión necesariamente era buena por ser la conciencia inmediata de cuerpo social entero, los reformadores creyeron que las gentes se harían virtuosas por el hecho de ser observadas. La opinión era para ellos como la reactualización espontánea del contrato. Desconocían las condiciones reales de la opinión, los "media", una materialidad que está aprisionada en los mecanismos de la economía y del poder bajo la forma de la prensa, de la edición, y más tarde del cine y de la televisión.

M. P.: Cuando dices que han desconocido los "media", quieres decir que no se han dado cuenta de que les haría falta utilizarlos.

Foucault: Y que esos media estarían necesariamente dirigidos por intereses económicos-políticos. No percibieron los componentes materiales y económicos de la opinión. Creyeron que la opinión sería justa por naturaleza, que se extendería por sí misma, y que sería una especie de vigilancia democrática. En el fondo, es el periodismo -innovación capital del siglo XIX- el que ha puesto de manifiesto el carácter utópico de toda esta política de la mirada.

M. P.: En general los pensadores desconocen las dificultades que van a encontrar para hacer "prender" su sistema. Ignoran que siempre habrá escapatorias y que las resistencias jugarán su papel. En el terreno de las cárceles, los detenidos no han sido gente pasiva; es Bentham quien nos hace pensar lo contrario. El discurso penitenciario se despliega como si no existiese nadie frente a él, como si no existiese más que una "Tábula rasa", gente que hay que reformar para arrojar luego al circuito de la producción. En realidad hay un material -los detenidos- que resiste de un modo formidable. Lo mismo se podría decir del taylorismo, sistema que constituye una extraordinaria invención de un ingeniero que quiere luchar contra la gandulería, contra todo lo que hace más lento el ritmo de producción. Pero en última instancia, se puede uno preguntar:¿ha funcionado realmente alguna vez el taylorismo?

Foucault: En efecto, otro de los elementos que sitúa también a Bentham en lo irreal es la resistencia efectiva de las gentes. Cosas que Vd., Michelle Perrot, ha estudiado. ¿Cómo se ha opuesto la gente en los talleres, en las ciudades, al sistema de vigilancia, de pesquisas continuas? ¿ Tenían conciencia del carácter coactivo, de sometimiento insoportable de esta vigilancia? ¿O lo aceptaban como algo natural? En suma, ¿han existido insurrecciones contra la mirada?

M. P.: Sí, han existido insurrecciones contra la mirada. La repugnancia de los trabajadores a habitar las ciudades obreras es un hecho patente. Las ciudades obreras, durante mucho tiempo, han sido un fracaso. Lo mismo sucede con la distribución del tiempo tan presente en el Panóptico. La fábrica y sus horarios han suscitado durante largo tiempo una resistencia pasiva que se traducía en el hecho de que, simplemente, no se iba. Es la prodigiosa historia del San Lunes en el siglo XIX, día que los obreros habían inventado para "tomar aire" cada semana. Han existido múltiples formas de resistencia al sistema industrial obligando a los patrones a dar marcha atrás en el primer momento. Otro ejemplo: los sistemas de micro-poderes no se han instaurado de forma inmediata. Este tipo de vigilancia y de encuadramiento se ha desarrollado, en un primer tiempo, en los sectores mecanizados que contaban mayoritariamente con mujeres o niños, es decir, con personas habituadas a obedecer: la mujer a su marido, el niño a su familia. Pero en los sectores digamos viriles, como la metalurgia, se observa una situación muy distinta. La patronal no llega a implantar inmediatamente su sistema de vigilancia, y debe, durante la primera mitad del siglo XIX, delegar sus poderes. Establece un contrato con el equipo de obreros a través de su jefe que es generalmente el obrero más anciano o más cualificado. Se ejerce un verdadero contra-poder por parte de los obreros profesionales, contra-poder que comporta algunas veces dos facetas:una contra la patronal en defensa de la comunidad obrera, la otra, a veces, contra los mismos obreros ya que el jefecillo oprime a sus aprendices o a sus camaradas. En realidad, estas formas de contra-poder obrero existieron hasta el momento en que la patronal supo mecanizar las funciones que se le escapaban, pudiendo abolir así el poder del obrero profesional. Existen numerosos ejemplos: en el caso de los laminadores, el jefe de taller tuvo los medios para resistir al patrón hasta el momento en que entraron en escena máquinas casi automáticas. El golpe de ojo del laminador -de nuevo aquí la mirada- que juzgaba si la materia estaba a punto será sustituido por el control térmico; basta la lectura de un termómetro.

Foucault: Sabido esto, hay que analizar el conjunto de las resistencias al panóptico en términos de táctica y de estrategia, pensando que cada ofensiva que se produce en un lado sirve de apoyo a una contra-ofensiva del otro. El análisis de los mecanismos de poder no tiene como finalidad mostrar que el poder es anónimo y a la vez victorioso siempre. Se trata, por el contrario, de señalar las posiciones y los modos de acción de cada uno, las posibilidades de resistencia y de contra-ataque de unos y otros.

J.-P. B.: Batallas, acciones, reacciones, ofensivas y contraofensivas, hablas como un estratega. Las resistencias al poder, ¿tendrían características esencialmente físicas? ¿Qué pasa con el contenido de las luchas y las aspiraciones que se manifiestan en ellas?

Foucault: En efecto, esa es una cuestión teórica y de método importante. Me sorprende una cosa: se utiliza mucho, en determinados discursos políticos el vocabulario de las relaciones de fuerza; el término "lucha" es uno de los que aparecen con más frecuencia. Ahora bien, me parece que se duda a la hora de sacar consecuencias, e incluso, a la de plantear el problema que subyace a este vocabulario. Quiero decir: ¿Hay que analizar estas "luchas" en tanto que peripecias de una guerra? ¿Hay que descifrarlas a partir de un código que sería el de la estrategia y de la táctica? ¿La relación de fuerzas en el orden de la política es una relación de guerra? Personalmente no me siento de momento preparado para responder sí o no de una forma definitiva. Pienso solamente que la pura y simple afirmación de una "lucha" no puede servir de explicación primera y última en los análisis de las relaciones de poder. Este tema de la lucha no es operativo más que si se establece concretamente, y respecto a cada caso: quién está en la lucha, en qué lugar, con qué instrumentos y con qué racionalidad. En otros términos, si se toma en serio la afirmación de que la lucha está en el corazón de las relaciones de poder, hay que tener presente que la brava y vieja "lógica" de la contradicción no basta, ni con mucho, para desembrollar los procesos reales.

M. P.: Dicho de otro modo, y para volver al panóptico, Bentham no proyecta sólo una sociedad utópica, describe también una sociedad existente.

Foucault: Describe en la utopía un sistema general de mecanismos concretos que existen realmente.

M. P.: Y, para los prisioneros, ¿tiene sentido tomar la torre central?
Foucault: Sí, con la condición de que éste no sea el sentido final de la operación. Los prisioneros haciendo funcionar el panóptico y asentándose en la torre, ¿cree Ud. que entonces sería mucho mejor que con los vigilantes?


NOTAS

(1) Michel Foucault describe así El Panóptico y a Jeremías Bentham en su obra Vigilar y castigar. Siglo XXI, México, 1976.
(2) John Howard publica los resultados de su encuesta en su libro: The State of the Prisions in England and Wales, with Preliminary Observations and an Account of some Foreign Prisions and Hospitals (1777).


* "El ojo del poder", Entrevista con Michel Foucault, en Bentham, Jeremías: "El Panóptico",
Ed. La Piqueta, Barcelona, 1980. Traducción de Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría.

5.3- Erika Apfelbaum- Un analisis del poder entre los grupos


1
RELACIONES DE DOMINACIÓN Y
MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN. UN
ANÁLISIS DEL PODER ENTRE LOS GRUPOS.
Erika Apfelbaum 1,
Universidad de París
En J.F.Morales y C.Huici (1989), Lecturas de Psicología Social. Madrid, UNED.
Pp.261-295.

Durante mucho tiempo pensé que el 22 de junio de 1944 era la
fecha de mi nacimiento, y también la de mi muerte. P. Goldman.
UNA PREGUNTA DESCONCERTANTE: ¿A DONDE HA IDO A PARAR
TODO EL PODER?
Este capítulo se centra en el análisis de las relaciones asimétricas de poder
entre grupos. Por ello, abordará dos fenómenos intergrupales estrechamente unidos:
dominación y subordinación 2. Discutirá cómo los procesos de poder crean, mantienen
y perpetúan esas relaciones intergrupales que implican dominación y subordinación.
Es indudable que durante mucho tiempo estos fenómenos han planteado un
desafío a los psicólogos sociales. Estos, bajo la rúbrica general de “relaciones
intergrupales”, han estudiado áreas de problemas específicos tales como relaciones
étnicas, raciales o de grupos minoritarios, intercambiando a menudo en la práctica
estos términos (Harding, Proshansky, Kutner y Chein, 1969). Su intensa preocupación
por estos problemas, que es patente en su acción social y en sus actividades de
investigación, es perfectamente comprensible si se tiene encuentra cómo el objeto de
1 Ian Lubek ha contribuido de manera activa y sustantiva en las diversas etapas de
preparación de este capítulo. Ha aportado numerosas referencias de la literatura y su
conocimiento de la historia de las ciencias sociales y del medio social norteamericano ha
ayudado en la orientación de mis esfuerzos de investigación, especialmente en la primera
sección del capítulo. Además ha dedicado un tiempo considerable a la discusión de las
ideas en su estadio formativo. Finalmente su “traducción” se ha convertido, en ciertos
lugares, en un verdadero trabajo de revisión clarificando y reorganizando aquellas
secciones del capítulo que sufrieron una “fatiga de vuelo” excesivamente dilatada en los
saltos transatlánticos. Por todo ello, reconozco con satisfacción su ayuda.
2 Ya que los términos de dominación y subordinación son recíprocos, a lo largo de este
capítulo el término “relación de dominación” servirá como una forma abreviada de la
expresión más exacta de “relación de dominación y subordinación”.
2
estudio de la psicología social está vinculado a la sociedad y a sus dolencias. En
concreto, el crisol que constituía la sociedad estadounidense del siglo XX ofrecía una
enorme gama de problemas sociales -que involucraban a grupos raciales, étnicos y de
otros muchos tipos-. Todos estos problemas giraban en torno a cuestiones de
dominación. Sin embargo, la mayor parte de la investigación realizada sobre las
relaciones intergrupales ha ignorado el análisis sistemático de la etiología y del
funcionamiento de los efectos de estos fenómenos (por ejemplo, los efectos de la
discriminación y de la segregación). Esta perspectiva, al centrarse en la consecuencia
de las relaciones intergrupales que implican denominación, ha oscurecido el papel
central que juega el poder, tanto a la hora de moldear las actividades que ocurren
dentro de cada grupo individual como en la determinación del carácter de la relación
que está surgiendo entre esos grupos.
Parece como si nada hubiese cambiado desde que Cartwright (1953/1959)
3señalase la escasa atención que se ha prestado a la noción de poder: sin ella, en su
opinión, no cabría analizar ninguno de los fenómenos importantes de la psicología
social. A aquellos psicólogos sociales que abordan temas relacionados con las
“relaciones interpersonales e intergrupales” o con “el prejuicio y la discriminación
intergrupal” les urgía a que volviesen a introducir el concepto de poder para no pasar
por alto los mecanismos fundamentales que están operando en estas áreas de
investigación. No deja de intrigar el que nadie haya recogido esta sugerencia y es
obligado preguntarse por qué se ha hecho oídos sordos a esta propuesta.
En el presente capítulo ofreceré algunas hipótesis e intentaré analizar
brevemente las principales tendencias en las relaciones intergrupales, especialmente
con el contexto de la sociedad estadounidense. Tal vez entonces resulte más sencillo
comprender cómo fue posible que la psicología social pasase por alto el problema del
poder 4.

PREGUNTAS DE LA SOCIEDAD Y PREGUNTAS DE LOS
INVESTIGADORES

Desde los primeros años de las ciencias sociales en Estados Unidos de
Norteamérica, las realidades sociales del momento han moldeado y definido el objeto
de estudio en el campo de las relaciones intergrupales. Así, por ejemplo, las oleadas
3 Esto fue en su Alocución Presidencial en 1953 ante la Sociedad para el Estudio Psicológico
de los Problemas Sociales.
4 Pero las cuestiones que tratan el poder también han sido archivadas en otras subáreas de
la Psicología Social. Al revisar los experimentos que tratan el conflicto entre socios con
poder desigual (Apfelbaum, 1974, pp. 133-152), he señalado la escas aatención que estas
cuestiones han recibido, aunque en la sociedad” obviamente los antagonismos entre socios
con poder desigual son al menos tan representativos del conflicto como los que involucran
a socios iguales” (p 134). También he analizado algunos de los “propósitos, objetivos y a
menudo hipótesis normativas implícitas” (p 134) que están en la base de esta investigación.
Pero hipótesis más generales que expliquen la exclusión de las relaciones de poder en la
investigación sobre el conflicto han sido elaboradas en otro contexto (Apfelbaum iLubek,
1976)
3
de inmigrantes al Nuevo Mundo dieron impulso a las preguntas planteadas por los
científicos sociales: “en las ciudades estadounidenses las masas de inmigrantes de
otros países parecían agravar todos y cada uno de los problemas sociales” (Hughes,
1969,p. 165) 5. Una relectura de The Jungle (La Jungla) de Upton Sinclair nos
introduce en los tipos de problemas que aguardaban a los inmigrantes: pobreza,
explotación en el mundo laboral y, en general, condiciones penosas de vida. Era
natural que la disciplina de la sociología, surgida hacia 1890 y dedicada a los
problemas sociales (Hinkle V Hinkle, 1954), se orientase hacia estos problemas hasta
el punto de que la “sociología empírica Estadounidense se convirtió en el estudio de
los inmigrantes, delos grupos étnicos y de lo que acontece cuando varios de ellos
viven en la misma ciudad y trabajan en la misma economía” (Hughes, 1969, p. 165).
Los sociólogos no se limitaron a intentar comprender los conflictos y la competición
que se manifestaba entre los grupos étnicos, sino que también buscaron medios para
reducir tensiones e integrar a los recién llegados en la sociedad dominante (véase
Park i Burgess, 1921). De aquí la importancia que se concedía, a la vuelta del siglo, a
problemas sociológicos como el de la asimilación.
Cuatro décadas después el exterminio masivo de judíos, gitanos y otros grupos
minoritarios durante la II Guerra Mundial produjo repercusiones directas en las
ciencias sociales y reorientó el campo de las relaciones intergrupales. G. W. Allport
(1954) explicó cómo estos sucesos mundiales renovaron llamativamente el interés de
las ciencias sociales, de la psicología social y de las relaciones sociales por
comprender las raíces del prejuicio en las ciencias sociales, en la psicología social y
en las relaciones sociales. De forma similar, la evitación de cualquier genocidio racial
en el futuro fue la preocupación y la motivación que llevó a elaborar los Estudios sobre
el Prejuicio, serie de investigación de varios volúmenes(véase Horkheimer y
Flowerman, 1950, p. v-viii). En el estudio más citado de esta serie, el de Adorno,
Frenkel; Brunswick; Levinson y Sanford (1950), así como en ciertos trabajos de Lewin
(1948), la naturaleza de las preguntas planteadas y el enfoque elegido para su
tratamiento llevan el sello de la convergencia entre la implicación personal y directa de
sus autores con el antisemitismo y el refinado arsenal metodológico y fuerte énfasis en
el marco teórico que llegó a Estados Unidos de Norteamérica con los intelectuales
refugiados en los años treinta.
Hasta aquí se ha defendido que el campo de las relaciones intergrupales ha
circunscrito una amplia gama de problemas sociales, cada uno de los cuales ha
contribuido a moldearlo en cierta medida. Además, desde hace 300 años ha estado
siempre presente en la vida social norteamericana el dilema de las relaciones entre
blancos y negros. De hecho, las relaciones raciales llamaron la atención de los
primeros sociólogos que se ocuparon de ellas al mismo tiempo que de los problemas
de los inmigrantes (Hinkle y Hinkle, 1954; Hughes, 1969). Mientras Thomas elaboraba
5 El estrecho vínculo entre estos problemas lo puede simbolizar la llegada en 1914 de Prak
al Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago, tras una primera reuniòn con
Thomas en 1912: “Cuando Park se encontró con Thomas, una persona que conocía la
relación de los negros con los blancos americanos mejor que cualquier otro cinetífico social
estadounidense, se encontró con la persona que había hecho el esfuerzo más importante
para comprender qué había sucedido a los Europeos rurales y a sus instituciones en la
Norteamérica urbana” (Hugues, 1969, p. 165)
4
su clásico The Polish Peasant in Europe and América (El campesino polaco en Europa
y en América) (Thomas y Znaniecki, 1918), Park estaba trabajando para el activista
negro Booker T. Washington y formulando análisis de las relaciones raciales que
todavía ejercen influencia en científicos sociales negros (Bailey, 1973).
Veinticinco años más tarde, al mismo tiempo que se estaban recogiendo datos
que apoyaban la idea de una personalidad autoritaria y prejuicios a, se publicó el
informe de Myrdal (1944) sobre las relaciones raciales, que perfiló con mayor claridad
el dilema americano. Este análisis ofrecía una nueva perspectiva que hizo cristalizar el
sentimiento de culpa de los liberales estadounidenses y los impulsó a buscar una
solución a este problema. Sería indudablemente instructivo y revelador trazar de
manera más sistemática el paralelismo entre la lucha de los negros por conseguir sus
derechos fundamentales {véase el breve resumen de Kerner, 1968} y las
repercusiones de este desarrollo en los temas de investigación sociológica y/o
psicosociológica: los psicólogos sociales intentaron encontrar soluciones a los
problemas candentes que planteaba esta lucha en lugar de analizarlos problemas de
poder subyacentes. De esta forma, la perspectiva con la que abordaron el problema
puede muy bien haber cooptado en realidad esta lucha. Por tanto, es precisamente en
este punto, en el que confluyen la perspectiva del investigador y la realidad, donde
cabe encontrar al menos una respuesta parcial a nuestra primera pregunta: “¿a dónde
ha ido a parar todo el poder?”

EL RECONOCIMIENTO DE LAS LUCHAS DE LOS GRUPOS
MINORITARIOS

Una ojeada a parte de la literatura inicial sobre relaciones intergrupales muestra
que, de vez en cuando, en los análisis delas relaciones entre razas y, más en general,
en los análisis delas relaciones entre los grupos dominantes y dominados, se alude al
proceso de dominación que establece las relaciones de poder entre los grupos. Por
ejemplo, Park y Lewin, en algunos de sus escritos sitúan los problemas de los grupos
minoritarios dentro del contexto del poder y de la dominación: los dos plantean las
preguntas raciales no en términos de relaciones, sino en términos de conflictos -y
para estos dos autores los conflictos pueden entrañar aspectos positivos y
constructivos.
En artículos como “La asimilación racial en los grupos secundarios”, Park
(1913/1950) establecía la comparación entre la posición de los negros en Estados
Unidos y la de los grupos nacionalistas europeos (por ejemplo, la de los pueblos
eslavos).Los dos grupos surgieron de un sistema de esclavitud en el cual la barrera
existente de segregación entre los grupos dominadores y subordinados legitimaba
institucionalmente su desigualdad y, dado que esta separación estaba trazada tan
claramente, permitía el establecimiento de otras relaciones interpersonales entre los
miembros de los grupos separados. Pero Park hizo algo más que señalar el
paralelismo entre el “avance del ajuste de razas en los estados sureños tras la
emancipación” (p. 217) y los movimientos nacionalistas europeos: extendió su análisis
a una descripción más elaborada de las luchas de dominación. Habría que reconocer
también al movimiento negro como una de las “nacionalidades” en lucha que son, al
mismo tiempo, “minorías intratables implicadas en una cruel lucha partidista en busca
del privilegio político o de la ventaja económica” y “grupos culturales, cada uno de los
5
cuales lucha por mantener un sentimiento de lealtad a la tradición, al lenguaje y a las
instituciones distintivas de la raza que representan” (p. 218). Esta lucha por la libertad
tiene como objetivo ventajas tanto políticas como económicas. Sin embargo, no es
menos importante advertir que, a través de esta lucha, los grupos minoritarios llegan a
alcanzar una conciencia de su propia identidad. Park reconocía que en este
surgimiento de la identidad social, el arte y la literatura pueden desempeñar un papel
central: movilizan a los miembros del grupo, actúan como mediadores y consolidan el
contacto intragrupo facilitando el desarrollo de una identidad de grupo autónomo. En
resumidas cuentas, reconoce que lo que realmente está en juego en la lucha entre
grupos es la autoidentidad que, en su análisis, es un necesario estadio intermedio en
el camino hacia la asimilación(es decir, la integración en el grupo dominante).
Veinticinco años más tarde encontramos en los escritos de Kurt Lewin un
análisis muy similar al de Park. Artículos como “Al enfrentarse al peligro” (1939), “La
educación del niño judío” (1940) y “El auto-odio entre los judíos” (1941) describen los
mecanismos de las relaciones de los grupos minoritarios en términos de conflictos.
Paradójicamente, estos tres artículos están recogidos en el volumen póstumo (Lewin,
1948) titulado Resolving social conflicts (La solución de los conflictos sociales),
cuando, de hecho, propugnan una estrategia radicalmente diferente. En estos
artículos, Lewin defiende que cada grupo minoritario debería implicarse activamente
en una lucha que le lleve a afirmar y a recibir reconocimiento de su propia
autoidentidad. Esto es cierto especialmente en el caso de aquellos grupos cuya
supervivencia esté en peligro, como sucedía a los judíos en el momento en que Lewin
formulaba su análisis. Yo generalizaría sus apreciaciones a todos los grupos
minoritarios en lucha, incluyendo a los negros, a los indios americanos y, más en
general, a cualquier grupo amenazado por lo que algunos antropólogos franceses
(véase Jaulin, 1970) han denominado”etnocidio” -la extinción de un grupo por medio
de la conquista colonial, económica o cultural, o la destrucción de la cultura, en primer
lugar, y de los individuos a continuación, tras la llegada e intervención de extraños
como los científicos sociales -Lewin (1939/1948) discute cómo los miembros de los
grupos privados de sus derechos fundamentales, aunque deben buscar apoyo en otros
grupos, tienen que confiar antes que nada en sus propios recursos. Tienen que luchar
por sí mismos y mostrar su fuerza y determinación para conseguir respeto y cerrar toda
posibilidad decaer en una posición de subordinación. Sigue Lewin señalando los
efectos desorganizadores que le causa al individuo su pertenencia a un grupo privado
de sus derechos fundamentales, el conflicto interno resultante y los posibles intentos
por asimilarse en la comunidad mayoritaria con el fin de escapar a dicho conflicto. En
su concisión, este análisis es tan completo, tan incisivo y penetrante que parece
sorprendente que nadie lo haya continuado o extendido, teórica o experimentalmente.
Aquí podemos citar el comentario de Coser (1956) (que se puede aplicar igualmente a
la obra de Park): “El temprano énfasis de Lewin en las funciones positivas del conflicto
no ha tenido continuación en sus discípulos que, sin embargo, han llevado mucho más
lejos que él su énfasis en los aspectos disfuncionales de la conducta de conflicto” (p.
26).
Una perspectiva algo diferente a las precedentes, si bien al mismo tiempo
complementaria, es la que utiliza Allport (1954) cuando aborda los fenómenos
intergrupales que implican dominación en su análisis del prejuicio y de la
discriminación. Para este último término adopta la definición delas Naciones Unidas,
según la cual “la discriminación ocurre sólo cuando negamos a los individuos o a los
6
grupos de personas la igualdad de trato que pueden desear” (p. 51, subrayado
añadido).Me parece que esto centra la atención en los aspectos de desigualdad que
caracterizan a este tipo de relación. A la larga este punto de vista abre una puerta al
análisis de las funciones que desempeña la discriminación en la organización y
mantenimiento de las relaciones intergrupales. Allport (p. 51 y ss.) describe las formas
en que opera la discriminación:
1. legitima la exclusión de toda una categoría de individuos que se encuentran
marcados o estigmatizados como miembros de un”exogrupo”;
2. despoja al exogrupo de sus derechos y permite el establecimiento de todo tipo
de prácticas que implican desigualdad; y
3. demuestra “la inferioridad de las normas del exogrupo cuando se las compara
con las nuestras)” (p. 50).
Pese a las alabanzas unánimes que se han dado al trabajo pionero de Allport,
apenas si hubo continuación de esta línea particularmente interesante, es decir, del
análisis funcional delos procesos de discriminación.
Estos diversos análisis tocan el tema del poder tangencialmente pero no se
centran nunca en los procesos de poder”per se” ni tampoco describen con detalle los
mecanismos de la relación de dominación. Sin embargo, esta temprana llamada de
atención sobre los efectos del poder en la dinámica intergrupal en una situación
desigual nos confirma la agudeza de Cartwright al enfatizar que el poder debería ser el
punto de partida del análisis de la mayor parte de los fenómenos sociales (incluyendo
las relaciones intergrupo, el prejuicio i y la discriminación).Además, los análisis ya
citados me convencen de que Cartwright está justificado al poner en duda la actitud
psicosocial predominante en los años cincuenta y al preguntar: “¿Podemos esperar
realmente explicar estos fenómenos o construir programas de acción social
recurriendo exclusivamente a las variables de autoritarismo, etnocentrismo, agresión
desplazada y actitud?” (1953/1959, p. 10). Me convencen también de que la respuesta
negativa que Cartwright daba a esta pregunta estaba totalmente justificada.

LA PERSPECTIVA DEL PROBLEMA SOCIAL / SOLUCIÓN GANA LA
PARTIDA

Todavía no está claro por qué el análisis del poder y de la dominación entre los
grupos no llegó a conformar una línea central de investigación, tras la discusión inicial
de estos mecanismos en la obra de Park y de Lewin. Tal vez, parte de la explicación
resida en que la discusión de la relación de dominación iba para estos dos autores
vinculada a las ideas acerca de las funciones positivas de los conflictos para los
grupos minoritarios. Y estos análisis funcionales nunca han sido abiertamente
populares en las ciencias sociales. Coser señala que los sociólogos perdieron su
interés en los mecanismos y en las funciones del conflicto tras la I Guerra Mundial.
Hasta esa fecha, los portavoces más importantes de la disciplina representaban a la
“izquierda radical del momento”; luego tuvo lugar un cambio y “la investigación
universitaria se orientó hacia la demanda de agencias externas” (Coser, 1956, p. 19)
que parecía más interesada en los mecanismos de integración que en los que regulan
7
el conflicto. Tal vez el tratamiento de los conflictos en la psicología social ha sufrido un
destino análogo, aunque hubiese de esperar otra Guerra Mundial.
Al final de la II Guerra Mundial, le tocó a la psicología social adoptar la
perspectiva del problema social/solución y Harding y otros (1969) han subrayado cómo
esta perspectiva llegó a ser la más importante en la investigación sobre las relaciones
intergrupales. Los científicos sociales en el área de las relaciones raciales se
encontraban ahora frente a una proliferación de agencias dedicadas a la mejora de las
relaciones intergrupales (Simpson y Yinger, 1973) que cada vez más intensamente
encargaban y financiaban proyectos de investigación y los orientaban cada vez más
decididamente en una dirección de énfasis en los remedios dentro de una perspectiva
de “búsqueda de armonía y de consenso” (Killian y Grigg, 1964). Esta tendencia a
buscar una solución también se puede retrotraer al análisis de Myrdal (1944) que, al
sacudir la conciencia estadounidense, movilizó a los círculos liberales de científicos
sociales para encontrar una solución a los problemas raciales. Por ejemplo, al leer el
prefacio a la serie de psicología social Studies in Prejudice (Estudios sobre el
prejuicio), se ve cómo una orientación problema social/solución -en este caso, la
búsqueda urgente de soluciones a los “problemas religiosos y raciales”- ha
determinado el orden en el que se abordaron estas cuestiones de investigación: esta
urgencia por resolver el problema, nos dicen Horkheimer y Flowerman (1950), ha
puesto la prioridad en los “aspectos personales y psicológicos del prejuicio por encima
de los aspectos sociales” (p. vii) 6. Esta fue una elección dictada por la estrategia de
investigación. Los autores sí reconocían la importancia de preguntas sociales tales
como “¿Hasta qué punto ciertas formas de conflicto intergrupal, que parecen a primera
vista basarse en diferencias étnicas, pueden estar basadas en otros factores usando
las diferencias étnicas como contenido? (p.viii). Sin embargo, a estas preguntas se les
dio sólo una importancia secundaria.
Ahora es tal vez más sencillo comprender cómo
1. un análisis general de los mecanismos de dominación,
2. las cuestiones de poder y
3. las cuestiones de conflicto y sus funciones
quedaron relegadas progresivamente al trastero, pese a su obvia relevancia
para los problemas que preocupaban a los psicólogos sociales del momento. Al final,
parece que los tres han quedado completamente archivados.
Por su parte, la corriente principal de investigación siguió las líneas del enfoque
problema social/solución y esto ha sido útil en dos sentidos:
1. al revelar los efectos de la dominación y las prácticas discriminatorias, cuyas
consecuencias nocivas para las personas han quedado de manifiesto (véanse
los estudios sobre la identidad, como el de Proshansky y Newton, 1973) y
6 Según estos autores, la erradicación de estos problemas requiere una reeducación que es
“por naturaleza personal y psicológica” (Horkheimer y Flowerman, 1950, p. vii). Por ello, el
primer estudio de la investigación tendría que dedicarse a una mejor comprensión de la
persona con prejuicios.
8
2. al buscar los remedios y determinar las estrategias más eficaces para
conseguir tal solución (véase la investigación sobre la hipótesis del contacto,
como la de Amir, 1969).
Pese a los méritos de la perspectiva del problema social/solución, los estudios
realizados desde ella se centran sólo en ciertos aspectos del fenómeno total y
proporcionan un panorama parcial y necesariamente limitado de las relaciones
intergrupales. Por ello, los resultados de estos estudios no se pueden ubicar en un
marco teórico más general sin tomar ciertas precauciones. Simpson y Yinger (1973)
parecen tener una clara conciencia de ello cuando discuten la necesidad de un
análisis más global y causal que impida que el trabajo de investigación resulte “ineficaz
o incluso nocivo” (p. 171, subrayado añadido). Existe un peligro de que el enfoque del
problema social/solución produzca un resultado contrario a lo esperado: al buscar los
problemas para resolver el investigador puede imponer sobre el fenómeno una
construcción no verídica de la realidad. Proshanskyy Newton (1973) comentan las
peligrosas consecuencias de un punto de vista demasiado rígidamente orientado al
descubrimiento de los problemas y señalan que en los estudios de la autoimagen de
los negros y de los efectos nocivos de la segregación “ello lleva a una imagen de toda
una raza de personas psicológicamente impedidas” (p. 206). También lleva, podría
añadir yo, a ignorar que la pertenencia a un grupo minoritario -especialmente cuando
esta pertenencia es exigida, aceptada o proclamada- puede tener consecuencias
positivas para los individuos y puede llevarles a implicarse en actividades de cambio
social (“lo negro es hermoso”; el movimiento del Poder Negro). Más en general, si no
consideramos la cuestión en sus diferentes facetas o si nos limitamos a cuestiones
relativas a problemas inmediatos y a corto plazo, nos negamos a reconocer la forma
en que el grupo minoritario puede o quiere contribuir activamente al cambio social:
como científicos, por tanto, invalidamos los intentos del grupo minoritario por crear
cambio social.
El impacto pleno de los estudios emprendidos dentro del enfoque del problema
social/solución (por ejemplo, los que exploran la eficacia y/o los efectos de las diversas
estrategias para reducir la discriminación} no se pueden evaluar fuera del contexto
sociopolítico en el que se generaron. Examinemos brevemente el trabajo realizado
sobre la “hipótesis del contacto”, a mi juicio, una muestra típica de la aplicación del
enfoque de solución a un problema social, henchida de la esperanza de una solución
armoniosa y pacífica. Hasta cierto punto se puede considerar esta hipótesis como una
operacionalización de la filosofía de la integración: el aumento de los contactos entre
comunidades hará disminuir la discriminación y reducirá el prejuicio con tal de que el
contacto sea “un contacto de igual status entre los grupos mayoritarios y minoritarios
en la búsqueda de objetivos comunes” (véase Allport, 1954, pp. 261-282). Esta última
condición limita fuertemente la futura aplicabilidad de la hipótesis.
La creencia en la eficacia de estos contactos se remonta al menos al estudio de
Mannheimer y Williams (1949) 7 que mostró que durante la II Guerra Mundial, en las
7 Según Allport (1954) la hipótesis del contacto la formularon “algunos sociólogos que
mantienen que las relaciones de grupos atraviesan varios estadios sucesivos: contacto
simple, seguido por la competición que se convierte en acomodación y desemboca en
asimilación” (p. 261). Estos son son precisamente los estadios enumerados por Park y
Burgess (1921).
9
unidades integradas de combate, los soldados blancos habían modificado
favorablemente sus actitudes hacia los soldados negros tras las experiencias de
combate codo a codo. Esta fe en el contacto dio lugar a un cierto número de estudios
resumidos por Amir (1969). Clark (1953, 1974) explica con claridad cómo,
originalmente, estos estudios están vinculados a las realidades sociales de la época.
En ese momento, la cuestión que se planteó y que se llevó a los tribunales, bajo el
impulso de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, se
refería a la naturaleza inconstitucional de la segregación. Los psicólogos sociales
desempeñaron un papel central con sus testimonios ante el tribunal acerca de los
efectos nocivos de la segregación y con la preparación del Appellant's Brief (Alegado
del Apelante) que se presentó ante el tribunal supremo de los Estados Unidos. Esto
desembocó en la decisión Brown de 1954 que declaró oficialmente la
inconstitucionalidad de la segregación en las escuelas.
El fin de la segregación, que resultaba viable gracias al fomento de un mayor
contacto entre blancos y negros, parecía una solución satisfactoria para los psicólogos
sociales. ¿Permitía esto vislumbrar el final del dilema estadounidense? Algunos
negros compartían esta esperanza, creyendo que los avances que se habían hecho
durante la guerra (entre ellos los alentadores resultados de la investigación y
posteriormente los cambios en la política de integración de las unidades de combate
en el ejército) se convertirían a partir de este momento en elementos fijos y
permanentes de la sociedad (véase la breve discusión de la “revolución de las
expectativas en ascenso” en Kerner, 1968, pp. 226-227). En este contexto social
optimista la investigación sobre los efectos de la desegregación y del aumento y
repetición de los contactos entre las comunidades negra y blanca tienen que haber
aparecido como una exigencia de prioridad máxima: lo único que quedaba por hacer
era proporcionar los medios científicos para una evaluación más amplia y general de
este tipo de solución y para una contrastación más específica de las mejores formas
de llevar a cabo la integración. Un análisis más global de las realidades de la
dominación hubiera parecido fuera de lugar e inapropiado precisamente en ese
momento en que la creencia en una era de paz y de armonía interracial estaba en su
punto álgido (Coser, 1967, p. 148 y ss.).
Podemos ver las diversas razones de la prevalencia en los años cincuenta de
esta creencia en la gracia salvadora del contacto grupal interétnico pero podemos
comprender con mucha menor claridad por qué persistía después de haber
transcurrido más de una década (véase Pettigrew, 1969) 8. Habían aflorado un cierto
número de sucesos intervinientes, entre ellos los problemas asociados con la
realización de la integración, las revueltas de los ghettos en los años sesenta y los
problemas planteados por los movimientos negros (tales como el Poder Negro) -
cualquiera de los cuales podría haber iniciado una reevaluación de las explicaciones,
entonces en boga, de los fenómenos intergrupales que implican dominación-. De forma
8 Pettigrew (1969) cita los reultados de los experimentos que citan las consecuencias
positivas del contexto de contacto y, por ello, define una posición integracionista, al mismo
tiempo que niega la validez de la posición más radical de los líderes negros de los
movimientos separatistas. Por una parte, ha decidido ignorar todos los experimentos que
arrojan efectos negativos del contacto (Jorgensen, 1973); además no toma en cuenta la
realidad social cambiente.
10
similar, estos sucesos alertadores deberían haber traído a un primer plano el papel del
poder en la organización y mantenimiento de las relaciones entre los grupos. Pero esto
simplemente no sucedió ¿Tal vez la razón de que los psicólogos sociales hiciesen
tampoco por reformular esta perspectiva es la misma que aduce Coser (1967) al
referirse a la disciplina de la Sociología?
«Al aferrarse a la creencia de que sólo un aumento en la comprensión mutua
entre las razas y un éxito en la movilización de la culpa por el dilema americano
en la mayoría racial dominante sería capaz de conducir a la gradual erosión del
prejuicio y la discriminación, la sociología estadounidense no estaba preparada
en términos generales para la emergencia de una situación en la cual la mayor
parte de la iniciativa de cambio no venía de los blancos sino de los negros.» (p.
148).

COMO SE CONCEPTUALIZA EL PODER EN LA PSICOLOGÍA SOCIAL

Hasta el momento sólo he apuntado algunas de las razones en virtud de las
cuales los psicólogos sociales han omitido del campo general de las relaciones
intergrupales las cuestiones relativas al poder entre los grupos. Cabe señalar,
además, que las han omitido de la investigación desarrollada bajo el encabezamiento
de “poder”, que constituye hoy una subárea separada en psicología social. Si
estudiamos brevemente la literatura sobre el poder (por ejemplo, Schopler, 1965),
podemos convencernos muy pronto de que esta área de investigación aborda
cuestiones completamente ajenas a las que se plantean en los estudios de las
relaciones intergrupales. Cuando examinamos más de cerca la conceptualización del
poder actualmente vigente en psicología social y advertimos el estrecho vinculo entre
las nociones de poder y de liderazgo (Collins y Raven, 1969, p.160) 9 -hasta el punto
de que su estudio puede llegar a confundirse en la literatura- vemos de nuevo la
brecha entre la investigación sobre el poder y la investigación sobre las relaciones
intergrupales.
Para los estudiosos del poder es la organización interna del grupo y su
funcionamiento eficaz el centro principal de atención. El poder, por tanto, se refiere a
las relaciones entre individuos, no entre grupos. Según las definiciones de poder
que se encuentran en la literatura (como en Collins y Raven, 1969), se ve como un
atributo de la persona que lo posee: es la capacidad personal que uno tiene para
influir en otro; los efectos de este poder se miden por el grado de cambio que se
produce en la otra persona. Así, el poder se reduce a la influencia sobre otros y a su
manipulación (siempre bajo el supuesto de que es para el bien común -es decir, en
servicio del grupo). En el momento presente, tal como ha señalado Poitou (1973), el
poder se analiza casi exclusivamente desde una perspectiva utilitaria, en la cual el
ejercicio del poder por parte de la persona que lo posee se considera funcional, útil y
9 “El poder social se define como la influencia potencial de algún agente de influencia O,
sobre alguna persona P. La influencia se define como un cambio en la cognición, en la
actitud, en la conducta o en la emoción de P que se puede atribuir a O... La estructura de
la influencia se discute a menudo bajo el encabezamiento de “liderazgo” “(Coolins y Raven,
1969, p. 160).
11
legítimo puesto que lo guía primordialmente un intento de maximización de la eficacia
del grupo y, a la vez, de la consecución satisfactoria de sus objetivos. Por tanto el
funcionamiento óptimo del grupo resulta ser el tema central de los análisis actuales del
poder en psicología social.
Puede entrañar cierta dificultad trasponer esta conceptualización del poder al
análisis de las relaciones de dominación. Esto es análogo a las dificultades discutidas
con anterioridad (Apfelbaum, 1974; Apfelbaum y Lubek, 1976) en relación con
experimentos sobre conflictos que oponen a compañeros de poder desigual (por
ejemplo, Deutsch y Krauss, 1960, 1962; Gahagan y Tedeschi, 1968). Aquí la pregunta
es cómo las desigualdades del poder influyen en los resultados de las negociaciones y
el poder se operacionaliza (y, por tanto, se reduce) a una simple desigualdad en la
distribución de recursos entre dos compañeros básicamente idénticos -ya que ambos
están de acuerdo en la situación de negociación con las reglas, los objetivos y los
medios para alcanzar dichos objetivos-. En la experimentación, por lo general llevada
a cabo con juegos experimentales como el juego del Dilema del Prisionero, la
desigualdad del poder (es decir, la inequidad del recurso) se presenta como si fuera
legítima, establecida y estable lo que
«excluye la posibilidad (o al menos la posibilidad percibida) de desafiar la
legitimidad y de trasladar el conflicto a terrenos diferentes a los que se han
definido en la situación inicial. Dentro de la situación no hay para los sujetos
una alternativa explícitamente definida que permita este desafío: la única forma
de hacerlo es renunciar a participar en el experimento pero como han
participado voluntariamente en él, esta posibilidad ha quedado excluida de
entrada.» (Apfelbaum, 1974, p. 136).
Se encuentra en las sesiones experimentales que los sujetos parecen aceptar
las reglas del juego establecidas por el experimentador y las posiciones de “poderoso”
y “no poderoso” que les asigna y que actúan de acuerdo con esta aceptación. En
consecuencia, sucesos tales como rebeliones, revueltas y actos de violencia nunca
podrían observarse en experimentos estructurados de esta manera; pronto
consideraremos, sin embargo, hasta qué punto estos fenómenos “no visibles” (al
menos en los experimentos tal como se realizan en la actualidad) son centrales para
un análisis de los mecanismos de poder. Al reducir los fenómenos tales como la
explotación y las luchas de los grupos no poderosos y privados de sus derechos
fundamentales a “unas pocas variables estructurales o pseudovariables” es posible
que “las hayamos condenado a la no existencia y reducido a dimensiones que
excluyen toda posibilidad de un enfoque verdaderamente relevante e iluminador”
(Apfelbaum y Lubek, 1976, p. 81).
De forma similar, si estuviésemos tentados a adoptar la noción de poder hoy
predominante en psicología social (con sus implicaciones utilitarias y orientadas al
intragrupo) y la aplicásemos a toda la gama de fenómenos intergrupales de
dominación, el análisis perdería un cierto número de procesos operativos en estas
situaciones. Para ser exhaustivos tenemos que observar los procesos de poder no
sólo dentro de cada grupo sino también entre los grupos. El poder ayuda a determinar,
y diferencia, la naturaleza de las actividades internas dentro de cada grupo -
fortaleciendo las funciones de apoyo en el grupo dominante y debilitándolas en el
subordinado-. Lewin (1948) ha señalado que “el grupo privilegiado... habitualmente
12
ofrece a sus miembros más y les obstaculiza menos que el grupo menos privilegiado”
mientras que “el miembro del grupo privado de sus derechos fundamentales está más
obstaculizado por su pertenencia grupal” (p. 192). Estos cambios internos
diferenciadores en el funcionamiento del grupo influyen en sus relaciones
intergrupales y a la inversa; la naturaleza circular de esta relación se discutirá más en
profundidad en la sección siguiente.
Examinemos más de cerca la forma complicada en que las relaciones de poder
influyen en las relaciones intergrupales así como en las intragrupales. De hecho, tal
vez la imagen cognitiva colectiva (“représentations sociales”) que los miembros
comparten de la relación de poder que une a los dos grupos sea todo lo que se
necesita para cambiar la conducta intergrupo e intragrupo. Esta idea recibe cierto
apoyo de un experimento de Paicheler y Darmon (1975). Adoptando el diseño
experimental de Tajfel (1974b) siguen paso a paso el método experimental usado para
ubicar a los sujetos en la condición de “categorización y similaridad” de Tajfel. Se
asigna a los sujetos (de hecho, aleatoriamente) a uno de los dos grupos, según sus
preferencias (se les hace creer que las mostraron en el pretest) por la obra de Klee o
por la de Kandinsky. En este punto el procedimiento de Paicheler y Darmon da un
paso más: a la mitad de los sujetos se les dice que su grupo (compuesto por todos
aquellos que prefirieron el mismo pintor que ellos) es el grupo mayoritario -que el 81,8
por 100 de todos los sujetos han expresado la misma preferencia-; a la otra mitad se
les dice que su grupo está en minoría 10(acuerdo del 18,2 por 100). Esta información
diferencial constituye la manipulación de la variable independiente y pone al grupo del
sujeto en una relación desigual y heterogénea con el otro grupo. Así, la impresión
cognitiva (“représentation sociale”) de la relación mayoría/minoría se ha cambiado. Los
sujetos tienen que elegir ahora de una serie de matrices cómo distribuir ciertas
ganancias a un miembro de su propio grupo y a un miembro del “exogrupo”. Algunas
de las decisiones maximizarán la ganancia absoluta; otras maximizarán la diferencia
en ganancia. Los resultados indican que bajo ciertas condiciones, los sujetos no
favorecerán diferencialmente y de manera sistemática a los miembros de su propio
grupo. Esto parece ir en contra de la conclusión de Tajfel, que reconoce una
necesidad generalizada de una actividad diferenciadora.
Paicheler y Darmon (1975) encuentran que sólo los sujetos del grupo
mayoritario muestran sistemáticamente una actividad diferenciadora, prefiriendo
maximizar la diferencia en ganancias a favor de su propio grupo, aunque esto
signifique renunciar a una ganancia numérica superior. Este grupo se distingue tanto
del grupo control (idéntico al grupo de “categorización y similaridad” de Tajfel) como
del grupo minoritario. Los sujetos del grupo control no parecen estar buscando una
diferenciación entre su grupo y el otro, a menos que la ganancia que maximiza la
diferencia coincida con la que maximiza la ganancia del propio grupo -de hecho, es
esta última estrategia la que parece ser su principal objetivo-. Más relevante para la
presente discusión son los datos de los sujetos del grupo minoritario. Su actividad es
casi diametralmente opuesta a la de los sujetos que se perciben a sí mismos como
parte de un grupo mayoritario. Muchos de los sujetos minoritarios (repetidamente)
10 Se usa con preferencia al término minoría, que etimológicamente significa “tener menos”,
pero que en la acepcción general tiene el significado de “menos numeroso”
13
favorecían a los sujetos del otro grupo, en detrimento de los miembros de su propio
grupo -como si la ventaja diferencial perteneciese por derecho al miembro del grupo
mayoritario-. Así, una instrucción verbal simple relativa a las diferentes preferencias y
al tamaño relativo de los dos grupos (mayoría, minoría) era suficiente para influir en las
conductas de los sujetos y diferenciar entre ellas, tanto para las relaciones
intragrupaies como intergrupales. Aquí el apoyo intragrupal (reparto diferencial de la
maximización de recursos a los miembros del propio grupo) aumentaba cuando los
sujetos se percibían a sí mismos como pertenecientes a la mayoría; el apoyo
intragrupal disminuía cuando los sujetos se consideraban a sí mismos como parte de
la minoría.
El experimento de Paicheler y Darmon (1975) es pertinente aquí puesto que
ilustra cómo la heterogeneidad entre grupos moldea las relaciones tanto intragrupo
como intergrupo. Esta heterogeneidad estaba sólo cognitivamente representada: tal
vez resultados todavía más fuertes podrían surgir de una investigación posterior en la
que esta heterogeneidad existiese de forma concreta. Además, los resultados me
sugieren que puede ser necesario reconsiderar la presente concepción de poder y tal
vez reemplazarla con una noción más englobadora, que tome en consideración los
diversos mecanismos que tienen que ver con las relaciones de poder, algunos de los
cuales se pueden vislumbrar en este experimento.

MECANISMOS DE PODER Y RELACIONES DE LIBERACIÓN

Definiciones
Las relaciones de dominación comparten con los conflictos de dominación la
implicación de una “confrontación entre dos oponentes fundamentalmente
heterogéneos, cuya desigualdad reside en el acceso diferencial a la toma de
decisiones relativa a los valores y a las reglas que controlan nuestro futuro social”
(Apfelbaum y Lubek, 1976, p. 83). La relación de dominación introduce una disimetría
aparentemente irreversible entre los grupos de tal forma que:
a) los derechos y privilegios se concentran en una de las partes -el mercado está
controlado por el grupo dominante-;
b) este grupo dominante es el único que fija los límites y define la naturaleza de estos
derechos y privilegios y
c) el otro grupo no tiene participación en estos derechos y privilegios o, para ser más
exactos, le han sido arrebatados. Al pensar en las mujeres, en los negros, en los
diversos grupos nacionales minoritarios o en cualquier otro grupo en situación de
subordinación, se ha usado con anterioridad el término “invisibles”(10) para
referirse a
«las colectividades a las que se ha negado desde el principio un papel social
reconocido en la historia de una sociedad dada... Los invisibles no tienen, pues,
existencia autónoma y legal y, en consecuencia, tampoco tienen poder
contractual... El grupo dominante no reconoce o prefiere ignorar la existencia
misma de los invisibles e, incluso, cuando se expresan, sus exigencias de que
se les reconozca como socios que participan plenamente en las decisiones
14
relativas a las opciones fundamentales para la sociedad.» (Apfelbaum y Lubek,
1976, p. 84)
Es el proceso de poder, a través de los mecanismos que se discutirán luego, el
que crea esta disparidad entre los dos grupos en la relación de dominación, el que
niega todo tipo de poder contractual a uno de ellos y el que puede llegar incluso a
negar el derecho del grupo a existir como un co-actor autónomo y legítimo en la
relación.
Por lo tanto, en esta disparidad entre los grupos hay implicadas muchas más
cosas que una simple noción de desigualdad de recursos; ésta puede ser un pequeño
aspecto de la relación de dominación (e incluso, quizá, ni siquiera una condición
definitoria necesaria). Y la disimetría que es la consecuencia del poder, ayuda
entonces a garantizar la continuación y la perpetuación de ese poder. Usando el
carácter distintivo del otro grupo como “justificación” para sus acciones, el grupo
dominante ejerce un control constante sobre él, limita sus derechos y privilegios y lo
coloca en una posición bien definida, es decir, en un status de dependencia.
El poder se expresa en esta relación de dependencia entre dos grupos cuando
uno se apropia de los derechos y privilegios del otro y fija sus límites. El primer grupo
se convierte entonces (o se convierte aparentemente) en el representante/modelo y en
el garante/sancionador de las normas y valores sociales que a partir de ese momento
parecen ser universales, a la vez que declara explícitamente que las normas y valores
del otro grupo son peculiares e inaceptables. El poder también se expresa de una
forma más específica: asigna un espacio vital delimitado a cada grupo en el campo
social definiendo una jerarquía relativa para ellos y situándoles en ella. Ni el poder
ni ninguno de los dos grupos puede existir independientemente, al margen de la
relación que los vincula a ambos.
El poder determina la dinámica interna específica de cada grupo así como la
naturaleza del vínculo que existe entre ellos. Para establecer y mantener la
dominación (y el proceso complementario de subordinación) el poder pone en marcha
una diversidad de mecanismos de los que cualquiera o todos pueden ayudar en la
creación y moldeamiento de cada grupo; estos mecanismos diferencian los grupos
para crear la disimetría real (o aparente) que, a su vez, se convierte {o genera la
ilusión de haberse convertido) en algo insuperable e irreversible. Así, el poder
funciona como el proceso activo en la etapa de diferenciación: la disparidad que
resulta de la operación del poder es también la condición necesaria para el
mantenimiento del poder, porque justifica y refuerza a la vez ese poder. Así pues, un
modelo lineal es inadecuado: se necesita un modelo circular o de retroalimentación.
Examinemos ahora con mayor detalle los diversos procesos por medio de los
cuales el poder establece, estructura, mantiene y perpetúa una relación de
dominación/subordinación. Al hacerlo, profundizaremos en las distintas formas en que
funciona la disparidad entre los grupos para mantener la relación de dominación a
través de sus vínculos circulares con el poder.
Creación de un grupo
En el contexto intergrupal, se maximiza el ejercicio del poder cuando existen dos
grupos dispares que han llegado a ese grado de diferenciación en el que es
15
absolutamente clara la distinción entre el “nosotros” y el “ellos”. Esta diferenciación es,
en sí misma, uno de los procesos básicos del poder. Pero ¿cómo se detectan los
individuos que componen el “ellos” -el otro grupo, el “exogrupo”, el grupo que va a
estar subordinado-, y cómo se les asigna un espacio vital preciso y segregado?
El primer paso consiste en marcar al individuo -el término se usa casi como
sinónimo de infamar, estigmatizar y etiquetar-, si a cada uno de estos tres términos
se les desposee de ese significado añadido que puede haber adquirido con el paso del
tiempo. Hablando en términos más generales, dado que se puede ver una colectividad
de individuos y dado que se les puede asignar el mismo nombre de identificación,
marcar implica que se puede determinar la pertenencia a una categoría o grupo
teniendo en cuenta exclusivamente una única faceta distintiva. Los que poseen la
faceta distintiva “A” son miembros; los que no la poseen no lo son. Proshansky y
Newton elaboran la relación entre esta forma de marcar y el establecimiento de un
grupo:
«Ser “Negro” equivale a establecer “quién se es” por medio de la relación con
todos los demás individuos, conocidos o desconocidos, que tienen las mismas
facetas distintivas. Con el paso del tiempo es preciso caer en la cuenta de la
naturaleza general de esta categoría racial porque otros lo etiquetan e
identifican a uno con estos términos, haciendo que la pertenencia al grupo
real sea el nexo de la identidad emergente del yo.» (Proshansky y Newton,
1973, p.181, subrayado añadido).
La operación de marcar (o estigmatización} que centra la atención en una
característica especificada compartida por una categoría de individuos, establece al
mismo tiempo limitaciones sobre la pertenencia de grupo y excluye a los no miembros.
Estos límites ayudan a que el grupo subordinado adquiera una estructura y fomentan
su existencia como una entidad distinta.
Pero dado que los grupos dominante y subordinado están vinculados
recíprocamente en una relación, el proceso de marcar e identificar a los miembros del
grupo que va a estar subordinado define también la pertenencia al grupo dominante:
puede que no sea necesario que éste se defina activa, precisa y explícitamente a sí
mismo. Aquí, la definición de un grupo (A) especifica necesariamente el grupo
complementario (no-A). Al marcar a los miembros del grupo que va a estar
subordinado y al excluirlos al mismo tiempo de la pertenencia al grupo dominante, éste
llega a actuar como el representante de un conjunto de normas que se van a imponer
a todos los demás, como si fueran universales. Así esta diferenciación exclusivista -
marcar a los individuos- crea grupos: no son sólo un conjunto de individuos
agrupados bajo una rúbrica compartida, sino que se hace que todos ellos compartan
un destino común. Esta exclusión ayuda, en última instancia, a que los individuos
constituyan un grupo, en el sentido lewiniano de que la pertenencia grupal incluya a
todos aquellos que comparten un destino común (Lewin, 1948, p. 165). Sin embargo,
ésta es una noción restringida de creación de grupo, ya que surge de un destino
común acerca del cual los individuos del grupo subordinado no se pueden pronunciar
y al que están totalmente sometidos; el grupo que se crea de esta forma puede ser
descrito con propiedad como un grupo excluido.
16
Destrucción de un grupo
La primera secuencia de procesos necesarios para establecer la dominación
está compuesta por los de marcar, excluir y agrupar. Pero una relación de dominación
no se puede establecer, firmar, sellar y comunicar a menos que se haya puesto en
marcha con éxito una segunda secuencia de mecanismos. Se pueden subsumir éstos
bajo la etiqueta de la “destrucción del grupo que va a estar subordinado”. Cualquier
grupo que tenga una existencia autónoma (o que llegue a ser consciente de los
medios que permitirán conseguirla) constituye un peligro constante para el grupo
dominante porque, en cualquier momento, se puede poner en cuestión toda la relación
fundada entre los dos grupos. Esto ocurrirá siempre que el grupo autónomo comience
a usar, como punto de referencia, sus propias normas independientes: la fuerza de
estos grupos minoritarios, con tal de que sean activos, ha sido demostrada por otros
(Moscovici, Lage y Naffrechoux, 1969; véase capitulo 14 de esta obra). Una relación
de dominación puede resultar así seriamente obstaculizada cuando la autonomía hace
su aparición en el grupo que va a ser subordinado tras la marca, la exclusión y la
creación del grupo. Por tanto, al mismo tiempo que se está moldeando al grupo
excluido por el mecanismo de marcar, el grupo dominante tiene que plantar las
semillas de su destrucción interna. Se ponen en marcha un cierto número de
mecanismos, todos los cuales tienen como objetivo el impedir que el grupo que va a
estar subordinado desarrolle autónomamente sus propias actividades grupales (es
decir, para impedir que dé a sus integrantes “autopercepciones adecuadas, seguridad
individual y sentimientos de continuidad personal”, según Chein, 1948, citado por
Proshansky y Newton, 1973, p. 174). A través de estos mecanismos, que se
describirán más adelante, al grupo que va a estar subordinado se le despoja de su
identidad y le resulta cada vez más difícil cumplir el importante papel de dar al
integrante individual “el suelo sobre el que se asienta, que le da o le niega status
social, que le da o le niega seguridad y apoyo” (Lewin, 1948, p. 174). Paradójicamente,
por tanto, la colectividad marcada, al mismo tiempo que se está convirtiendo en un
grupo excluido, ve cómo se destruye su esencia grupal -es decir, cómo se cierra el
proceso de su destrucción como grupo.
La destrucción del grupo representa, pues, una condición central necesaria y,
casi por sí misma, suficiente para determinar cómo un grupo se convierte en
dominante y el otro en subordinado. En realidad, todas las condiciones para la
destrucción del grupo están potencialmente contenidas en el proceso de marcar. Los
límites que separan el “nosotros” del “ellos”, que establecen al grupo que va a estar
subordinado como un “exiliado total”, llevan consigo implicaciones que fijan
restricciones a los derechos y privilegios de los individuos excluidos. El grupo
segregado, subordinado, una vez eliminada su autonomía, existe sólo por referencia a
las normas, a las reglas y a las regulaciones estipuladas por el grupo dominante; es
decir, existe dentro de una relación de dependencia impuesta que beneficia a este
último al mismo tiempo que limita y controla la gama de las formas de acción y de
expresión del primero (a través de toda una tecnología del poder que opera en las
leyes, el funcionamiento de las instituciones y así sucesivamente) 11. En otras
11 “Al analizar críticamente el rol de las instituciones y sistemas educativos en la “reproducción
de las relaciones de dominación entre hombres y mujeres a través de las generaciones)
Liliane X (1975) ha formulado la hipótesis según la cual una etapa en la “reproducción” del
17
palabras, las condiciones para la existencia del grupo se eliminan al mismo tiempo que
se otorga esta existencia (es decir, que es impuesta involuntariamente). Así pues,
marcar inicia, casi simultáneamente, procesos antagonistas y, sin embargo, tal vez
complementarios: la creación del grupo y la destrucción del grupo.
Las consecuencias de esta destrucción del grupo son bien conocidas para los
psicólogos sociales. Proshansky y Newton señalan que la pertenencia a un grupo o la
identificación positiva de grupo no es un problema para aquellos grupos que tienen
estatus, poder y prestigio en una sociedad. Los problemas de identificación de grupo
surgen para aquellos que están privados de estos beneficios” (1973, p. 207). Toda la
investigación sobre cómo los individuos sufren efectos perjudiciales y patogénicos en
situaciones que implican segregación (Harding et al., 1969; Grier y Cobbs, 1968) ha
alertado suficientemente a la psicología, al menos por lo que se refiere a la psicología
clínica y de la personalidad, sobre las consecuencias de los procesos de dominación.
Pero desde la perspectiva dominante de investigación que busca soluciones rápidas a
los problemas sociales, no se ha prestado mucha atención a los mecanismos que
tienen que ver con el grupo que ha sido subordinado -es decir, el grupo considerado
como un todo integral-. Y, sin embargo, me parece que los efectos deletéreos que han
demostrado ser operativos en el nivel personal se pueden comprender sólo -y tal vez
se puedan combatir mejor- teniendo en cuenta los procesos intergrupales de los que
son una consecuencia directa: estos síntomas reflejan los efectos destructivos de
grupo que produce la dominación, tal como son experienciados en el nivel grupal por
toda la colectividad. Cuando el grupo subordinado, como un todo, recobra su
autonomía y puede funcionar de una manera independiente (basado en sus propias
normas, cultura e historia}, entonces, como una consecuencia, ciertos “estados
patológicos” específicos pueden desaparecer progresivamente.
Al examinar con mayor profundidad la destrucción del grupo en el caso del
grupo que va a ser subordinado (el segundo paso en la secuencia que cimenta la
relación de poder entre los grupos) advertimos que hay una diferenciación de
funciones de los dos grupos, de tal manera que las actividades internas de cada uno
cambian. Dentro del grupo que va a estar subordinado, hay establecido un verdadero
estado de anomia, que no puede por menos de acelerar la desestructuración del
grupo y su entrada en un estado de subordinación total. Si lleváramos el argumento
hasta el límite, diríamos que los mecanismos de poder exhibidos por un grupo sobre
otro transforman progresivamente su relación mutua en la de entre un grupo y un no
grupo, dado que el grupo subordinado ha dejado de dar sus apoyos de grupo e
incluso ha cesado de existir como grupo a los ojos de sus propios miembros (como se
puede apreciar en procesos tales como la “asimilación”, “el paso de un grupo a otro” y
el “abandono del viejo barrio”). El grupo subordinado se convierte, en cierta medida,
en un grupo entre paréntesis: al carecer de un término preciso para designar este
status de no-grupo 12, usaremos la convención tipográfica de encerrar la palabra grupo
sistema patriarcal es el aumento del cruce y de la familiarización de los grupos femeninos y
masculinos y que la escuela desempeña un papel central en la “transmisión ideológica y en
el aprendizaje recíproco de los roles sexuales de dominación y subordinación (p. 121).
12 Podríamos usar igualmente el término invisibles, o seguir a Fields (1974) que, al discutir las
implicaciones del conflicto en Irlanda, habla de una no-identidad.
18
entre paréntesis en el resto del capítulo. Por tanto, siempre que nos refiramos a la
entidad no-grupo, aparecerá (grupo).
Para garantizar la destrucción del grupo en el caso del (grupo) subordinado, es
preciso emprender dos medidas que implican simultáneamente a los dos grupos de la
relación.
La “Regla Universal” y la Perdida de Autonomía
El grupo dominante crea, en primer lugar, un estándar mítico y la impresión de
que hay un cuerpo social homogéneo que satisface este estándar (por ejemplo,
Americano blanco, varón, callado, de clase media). Existe una variedad de
mecanismos y de medios disponibles para este propósito. El grupo dominante fomenta
también la creencia de que todos pueden y deberían esforzarse por ajustarse a este
estándar, independientemente de que sean miembros del grupo dominante o del
(grupo} subordinado. Sin embargo, la realidad es que a este segundo (grupo) hace ya
tiempo que lo han privado de los medios necesarios para conseguir el éxito en esta
tarea (por ejemplo, negación de crédito, escolarización inferior, métodos de empleo).
Así pues, tenemos una “regla universal”, que aparentemente se aplica por igual a
ambos grupos de la relación, mientras que, de hecho, la idea de una “única ley para
todos” está apoyada por una serie de mecanismos y de instituciones sociales que
están a disposición sólo del grupo dominante. Estas instituciones y estos mecanismos
son especialmente eficaces en cuanto que no sólo protegen los intereses del grupo
dominante sino que controlan estrechamente las actividades del (grupo) subordinado.
La segunda medida ocurre al mismo tiempo, cuando el (grupo) subordinado
pierde los medios para conservar sus propias normas y estándares. Ya no resulta
posible el tener una existencia autónoma fuera de la relación cerrada del grupo
dominante. Una vez que esto ocurre, la escena está preparada para la aceptación de
la idea de un cuerpo social homogéneo -una única ley para todos, sin tener en cuenta
los orígenes, la riqueza u otros factores-. A continuación viene la internalización de las
normas “universales” que se toman del grupo dominante o que éste impone. Por medio
de este mecanismo de internalización, el (grupo) subordinado llega a perder incluso la
creencia general compartida (“représentation sociale”) de que podría existir
independientemente y puede llegar a convertirse en su peor enemigo -el principal
protagonista de su subordinación-. Desde este momento el poder necesita cada vez
menos expresarse abiertamente; el poder existe ahora en un nivel cognitivo de
creencia colectiva compartida (“représentation sociale”) y estos estándares aceptados
y compartidos de conducta entran cada vez más en juego para gobernar y garantizar el
poder “legitimo” del grupo dominante. Con este abandono de la autonomía del grupo y
con la aceptación de las “normas universales”, la relación de dominación se fortalece
todavía más.
Movilidad social y “Tokenismo”
A modo de ilustración concreta de los dos procesos anteriores, considérese la
ilusión de la movilidad social: esta movilidad social es ilusoria en la medida en que se
intenta aparentar que se aplica por igual a los miembros del (grupo) subordinado y a
los del grupo dominante. En mi opinión sirve como ejemplo de manual que ilustra los
19
procesos de poder que están diseñados para el establecimiento de la relación de
dominación y la perpetuación de la desigualdad entre los grupos. Según la teoría de la
movilidad social, los miembros del (grupo) subordinado pueden ascender en la escala
de la jerarquía social sólo con cumplir todas las condiciones universalmente
requeridas. El mantenimiento de esta creencia/mito es, de hecho, totalmente
inconsistente con las prácticas exclusivistas a las que este (grupo) está sometido
permanentemente.
Sin embargo, hay individuos que se “benefician” de esta movilidad aparente: la
práctica del “tokenismo” es indispensable para el mantenimiento de la verosimilitud de
esta ilusión de movilidad y para negar la existencia de las prácticas exclusivistas al
mismo tiempo que las afianzan. El fenómeno de l”tokenismo”, que se encuentra
siempre que aparece la dominación ,está diseñado para enmascarar la realidad de la
condición general del (grupo) subordinado -trátese de mujeres, negros, habitantes del
Québec francés o cualquier otra colectividad de invisibles. Además, la asimilación e
integración de personas “señuelo” en el grupo dominante es sólo ilusoria: las
limitaciones a las que estos individuos están sometidos difieren totalmente de las
obligaciones que unen a las personas en una relación igualitaria. Estas últimas
personas dependen de un vínculo contractual que asume ciertas reciprocidades: la
persona “señuelo” todavía está vinculada por mecanismos que implican una disimetría
insuperable y una subordinación no reversible. Mientras los “iguales” en la relación
recíproca (los miembros del grupo dominante) están seguros, el miembro “señuelo” del
(grupo)/grupo puede verse eliminado o descalificado en cualquier momento y su
posición en la jerarquía móvil hacia arriba puede ser invalidada de manera repentina.
Más grave es, tal vez, que en nombre de esta movilidad, el grupo dominante
ponga en funcionamiento un cierto número de mecanismos sociales de control, bajo el
pretexto de ayudar a seleccionar a quienes se beneficiarían de esta movilidad. Uno de
los muchos ejemplos posibles de tales mecanismos es la institución de los tests
psicológicos. Los tests funcionan para acentuar la brecha entre los grupos y, al mismo
tiempo, para legitimar la idea de la uniformidad subyacente en las aptitudes humanas.
Jorgensen (1973) señala cómo el uso de los tests de CI para medir la inteligencia de
los negros se puede justificar sólo si se admite que la experiencia acumulada por
negros y blancos tiene más puntos en común que divergencias. Para Foucault (1975),
los tests sirven como “un registro científico, ritualista, indeleble de las diferencias
individuales, como una concreción etimológica de cada persona a su propia
peculiaridad endógena” que funciona como “un procedimiento de objetificación y
desubyugación” (p. 126 y ss.).
La división del (grupo) puesto entre paréntesis y el aumento del
aislamiento del individuo.Uno de los efectos de los procesos de destrucción del
grupo es un aumento del aislamiento mutuo de los miembros del (grupo), como si entre
ellos se hubieran creado divisiones que bloqueasen cada vez más las comunicaciones
que son relevantes y funcionales para la vida autónoma del (grupo). A medida que se
hace más pronunciada la separación de los individuos, la destrucción del grupo es
más efectiva y se cierra el “círculo vicioso”. El aislamiento o división ofrece, a quienes
están empeñados en mantener la relación de dominación, la mejor garantía de que el
(grupo) quedará paralizado y en situación de subordinación.
20
Aquí podemos tomar como ejemplo la situación de las mujeres. Volviendo a los
primeros años de la década de los cincuenta, mucho antes del resurgimiento del
movimiento de la mujer, Hacker (1951) mantenía que se debería considerar a las
mujeres como un (grupo) “minoritario”, el más despojado de sus derechos. En su
opinión, los negros y los judíos habían conservado un cierto grado de independencia y
de autonomía grupal que les permitía encontrar dentro de su propio grupo un sistema
de referencia y apoyo. En cambio, las mujeres carecían de tal posibilidad: su (grupo)
no funcionaba como un grupo de referencia. Hacker señala que, en general,
«la persona del grupo minoritario no sufre discriminación de los miembros de su
propio grupo. Pero muy raramente experimenta una mujer este tipo de
pertenencia grupal... Sus interacciones con los miembros del sexo opuesto
pueden llegar a ser tan frecuentes como sus relaciones con los miembros de su
propio sexo.» (p. 62).
Expresado en la terminología que se ha desarrollado hasta el momento en este
capítulo, las mujeres constituirían una colectividad cuyo grupo ha sido completamente
destruido.
Más de 20 años más tarde, Chesler (1972) describía también la predominancia
(o, con más precisión, la exclusividad) del estándar masculino. Dado que éste se ha
adoptado como referente universal y único, se produce una división entre las mujeres y
un aislamiento total entre ellas.
El grupo humano o la conducta social o bien se refiere al grupo de varones o a
la conducta grupal femenina en una cultura dominada por el varón... Las mujeres,
aunque son similares entre sí en muchos aspectos, están más aisladas entre sí por lo
que respecta a los grupos que los hombres. Las mujeres no están consolidadas en
grupos públicos o poderosos... No es necesario organizarse para conseguir mejores
condiciones de trabajo si no se cree que se está “trabajando” (pp. 271-272).
Sigue señalando, por ejemplo, que las mujeres que tienen una ocupación
“puramente femenina” raramente se afilian a sindicatos. Cabría añadir, por supuesto,
otros muchos ejemplos para mostrar el funcionamiento y los efectos de los procesos
de destrucción del grupo. El ejemplo de las mujeres ilustra con bastante claridad que a
medida que la destrucción del grupo se hace más intensa, más profunda resulta la
internalización de los efectos del poder y con menor frecuencia aflora el poder y se
muestra en sus formas manifiestas y “crudas”. Así, el poder adopta cada vez más el rol
de algo que opera entre bastidores; hacia fuera se convierte en una especie de
fantasma espectral cuya existencia resulta cada vez menos aparente.
Desarraigos/Genocidios culturales e históricos.La destrucción del grupo
descansa en procedimientos tales como la destrucción de una herencia cultural,
combinada con la desaparición de las tradiciones de la comunidad y de sus propias
formas y medios de expresarlas. Esta desaparición se puede ver cuando ciertos
idiomas (con frecuencia denominados dialectos o “patois”) son sustituidos
exclusivamente por un idioma dominante (como es el caso del francés que sustituye al
bretón, al occitano, al vasco y a otros). Otro ejemplo lo puede constituir el tratamiento
que se da a ciertos {grupos) aborígenes: su estilo tradicional de vivienda (que ha
cumplido funciones muy específicas en la vida del grupo) es sustituido por un estilo
arquitectónico de construcción extranjero inspirado únicamente en las “necesidades”, y
21
“normas” del estilo de vida de los blancos (Jaulin 1970). J. Lester usa un vocabulario
más fuerte (1968, pp.83-93) para describir “el programa de genocidio cultural” del que
han sido víctimas los negros desde el principio de la esclavitud, “apoyado por leyes
que prohibían a los negros, en esencia, hacer algo que los blancos no querían que
hiciesen” (p. 85). En otros casos, la contribución de un (grupo) particular a la historia
general de una sociedad y la herencia cultural de ese (grupo) puede ser ignorada sin
más o, caso de que se la mencione, se puede presentar como una anomalía. Este es
el caso de las mujeres, cuya historia ha comenzado a escribirse sólo bajo la influencia
de los movimientos feministas. En cualquier caso, el resultado del genocidio histórico y
cultural, tanto por política activa como por omisión, legítima la dominación y, al
desposeer al (grupo) de sus apoyos internos, garantiza la dependencia y la impotencia
del (grupo) subordinado y la marginalidad de sus miembros (véase Park, 1913/1950), y
su concepto de hombre marginal.
Lo legítimo y lo ilegítimo.Para completar el análisis de los procesos de
dominación, es necesario considerar los canales cualitativamente diferentes y los
modos de expresión disponibles para la utilización por el grupo activo, dominante y
estructurado y compararlos con los recursos disponibles para el otro (grupo)
subordinado y mínimamente autónomo. Como una consecuencia de la diferenciación
que ha ocurrido entre los grupos, el funcionamiento interno de cada uno asume una
pauta única de actividades y cada uno posee y/o desarrolla canales y modos
separados de expresarse. El grupo dominante y el (grupo) subordinado no tienen a su
disposición los mismos medios: por el contrario, usan canales diferentes y
procedimientos de comunicación distintos (compárese, por ejemplo, la difusión de un
“comunicado oficial del gobierno” y de un “comunicado de la guerrilla”). Sus
expresiones diferenciales son consecuencias directas del poder. En un nivel más
general de análisis, el grupo dominante puede llegar a monopolizar ciertos canales y a
expresarse por medios legales (por ejemplo, instituciones y leyes discriminatorias,
justicia diferenciada según clase socioeconómica). Esto no deja más elección al otro
(grupo) que recurrir a canales “ilegales” con el resultado de que pronto se encuentran
al otro lado de la ley, en las áreas de la desviación, donde contribuyen, a los ojos de
los dominantes, a su propia marginación.
En otra parte (Apfelbaum y Lubek, 1976, p. 86) hemos analizado la situación en
la que un (grupo) subordinado puede encontrar necesario, bajo ciertas circunstancias,
seguir esos caminos y cometer esos actos que la sociedad designa como “ilegales” o
violentos (véase Iglitzin, 1970, p. 170) 13. Con frecuencia tales acciones representan el
único canal disponible para que este (grupo) se exprese, para que se le oiga y para
que obtenga reconocimiento y visibilidad. Hemos insistido también en la necesidad de
evitar las trampas que se pueden presentar cuando se importan conceptos tales como
“conflicto”, “desviación> o “violencia” de fuera de la disciplina y se emplean sin una
reformulación conceptual en un análisis sociopsicológico. Otras críticas de la
aceptación de estas etiquetas las encontramos en la perspectiva ligeramente diferente
13 Nos hemos referido a “procedimientos para atraer la atención,p. ej., piratería aérea,
secuestros, manifestaciones en bicicleta contra la contaminación causada por los
automóviles, huelgas de hambre o huelgas salvajes y las así llamadas acciones terroristas
que son los únicos medios disponibles para un grupo excluido de los canales de toma de
decisiones” (Aptelbaum y Lubek, 1976,p.86).
22
de Horowitz y Liebowitz (1968) que muestran cómo en la actualidad ha quedado
desfasado el intento de mantener una distinción entre la “desviación social” y la
“marginalidad política”.
Esta ojeada al (grupo) subordinado es sólo una cara de la moneda, sin
embargo; he subrayado la necesidad de tomar siempre en consideración ambos
elementos de la relación de dominación. Por tanto echemos un vistazo al grupo
dominante para ver qué instrumentos están a disposición de este grupo a medida que
se desarrolla la relación de dominación. Al hacerlo, es necesario examinar toda la
gama de mecanismos sociales y de instituciones sociales que el grupo dominante
puede usar para producir ,mantener y reproducir el estado de subordinación. Estos
análisis existen ya en campos externos a la psicología social y puede ser importante
que crucemos fronteras interdisciplinares para confrontar estas ideas y, si es posible,
integrar algunas de ellas en un análisis más comprehensivo. Tal vez entonces
podremos comprender mejor el significado de los actos expresivos del (grupo)
subordinado cuando los cotejemos paralelamente con los del grupo dominante.
Cabría citar numerosos ejemplos de las formas en que todo el sistema legal
puede apoyar al grupo dominante instituyendo y perpetuando desigualdades y
legitimando la dominación. Pero en ocasiones es difícil descubrir con exactitud cómo
opera la dominación porque su funcionamiento puede resultar ocultado tras la
“fachada” de la legitimidad. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en la práctica
cotidiana de la justicia aunque muy pocos se atrevan a ponerla en duda. Tomemos un
ejemplo del sistema judicial francés. Al describir una secuencia de su propio juicio, P.
Goldman llama la atención sobre el trato diferencial que se da al acusado y a un
testigo que testifica contra él. Señala que en estos procedimientos penales, el único
que es sometido a un fuerte interrogatorio y que es sometido a escrutinio y análisis por
psicólogos y psiquiatras expertos, que le examinan e informan de sus conclusiones al
tribunal, es el acusado, al que también examina la policía que elabora un perfil suyo.
Goldman (1975) se refiere a X, un testigo que testifica en su contra: “Yo no sé quién
era X, pero sin duda él sabe quién era yo o conoce al menos el retrato que han
bosquejado de mi, que la policía ha bosquejado de mi...” (p. 144). Es el acusado el
sometido a juicio, no el testigo; por tanto, no le damos ni la más mínima importancia al
hecho de que la interacción social dentro del contexto de la sala judicial se centre en el
acusado al igual que la atención de la mayor parte de la maquinaria legal y
legitimadora. La desigualdad que hace que el acusado sea transparente pero que deja
opacos a los testigos y a los otros adversarios es uno de los recursos que han sido
bien explotados por el grupo dominante y es aceptado por consenso implícito: nadie
pregunta jamás si este consenso acerca de la legitimidad del sistema legal es en sí
mismo una consecuencia de los procesos de poder.
La naturaleza continua y penetrante del conflicto y el momento de hablar
contundentemente. Hasta ahora, no se ha introducido en el análisis ninguna mención
explícita del conflicto, aunque el lector posiblemente haya comenzado a sospechar que
estaría implicado en una discusión de las relaciones intergrupales que involucran la
dominación. Examinemos ahora su papel y busquemos sus manifestaciones y sus
inicios en la situación intergrupal. Como un preámbulo para un examen del conflicto,
podríamos considerar en primer lugar un término relacionado, la violencia, que
generalmente se ha usado sólo en un sentido restringido. Iglitzin (1970) señala que “la
violencia del estado (policía, militares) ha sido legitimada, mientras que la violencia
23
privada de los individuos y grupos ha sido condenada” (p. 166) y es sólo esta última
“violencia” la que se encuentra habitualmente en el uso común del término. De manera
similar, dado que los casos de dominación están respaldados por una legitimidad
aparente, no se identifican comúnmente como ejemplos de conflicto: así pues, en las
relaciones intergrupales desiguales el término conflicto se reserva por lo general para
los casos en los que la incitación proviene del (grupo) subordinado. Así Harding y
otros (1969) sugieren que “el conflicto sucede sólo cuando” un conjunto particular de
relaciones de status y poder “es desafiado por los miembros del grupo más débil” (p.
42).
Pero si ahora seguimos el análisis que hemos presentado hasta aquí,
advertimos que el conflicto entre grupos es mucho más penetrante: existe en todo el
desarrollo de la dominación de un grupo sobre otro. El conflicto está presente desde
las primeras manifestaciones del poder, ya que este poder tiene como objetivo final la
destrucción del grupo y la subordinación de una colectividad y la eliminación de sus
medios de expresión. La destrucción del grupo es, en realidad, la consecuencia, o la
materialización, de un conflicto que ha sido introducido en primer lugar por el grupo
dominante. Este grupo intenta establecer, a lo largo del transcurso del conflicto, los
cimientos de su dominación e intenta imponer la legitimidad y la universalidad de sus
normas y modelos culturales al (grupo) subordinado. Todas las relaciones
intergrupales de dominación son, por tanto, conflictos intergrupales.
Analicemos este conflicto para descubrir cómo plantea la batalla el grupo
dominante para instituir su dominación sobre el otro (grupo). En esta batalla cuenta
con muchos aliados: las leyes, las reglas y normas que las leyes ponen en
funcionamiento y la operación de diversos procesos de poder -un ejemplo de éstos ya
se ha visto en una discusión anterior de la ilusión de la movilidad social-. Es preciso
también afirmar que el enmascaramiento de la naturaleza continua y penetrante del
conflicto es en sí mismo uno de los mecanismos de poder: siempre que el conflicto
“estalla”, siempre que el (grupo) subordinado habla contundentemente “para declarar
la guerra declarando sus derechos” (por usar una expresión de Foucault), ello da pie a
que se asigne la etiqueta “desviación” o “violencia” a las diferentes formas de
expresión del (grupo) minoritario. En particular, este etiquetado sirve para invalidar
cualesquiera funciones positivas que estas expresiones pudiesen tener para un
(grupo) que lucha contra la opresión.
La reconstrucción del grupo.
Cuando el grupo minoritario habla contundentemente, por tanto, no hace más
que cumplir una fase de un conflicto más amplio -es el momento en el que pone en
movimiento las ruedas para sacudir el yugo de la dominación. Hay muchas formas de
hablar contundentemente pero a la luz del análisis anterior del importante papel
desempeñado por el desarraigo histórico y el genocidio cultural para asegurar la
destrucción del grupo (y, por tanto, para establecer la dominación), parece que hay al
menos dos fases previas en el camino de la reestructuración del (grupo) subordinado y
del redescubrimiento de su identidad. En primer lugar, el (grupo) tiene que
experimentar una reevaluación positiva de las peculiaridades y las características
específicas que, hasta ese momento, han servido como criterios de marca para la
exclusión por parte del grupo dominante. En segundo lugar, pero igualmente
24
importante, el (grupo) tiene que redescubrir sus propias raíces culturales y su bagaje
histórico. Esto puede significar el volver a encontrar una historia enterrada o
reescribirla completamente cuando todavía no ha sido contada (como en el caso de las
mujeres). La importancia de esta historia para catalizar las potencialidades de una
comunidad ya ha sido puesta de manifiesto por Park (1913/1950).
Este redescubrimiento puede estribar en una herencia cultural. O puede ser
simplemente el inicio de una lista de agravios que incrementan la conciencia que tiene
la comunidad de estos problemas que son comunes a todo el (grupo). Pero este
proceso siempre cumple la función de reestructurar el (grupo) o reconstrucción del
grupo. “Los agravios, los problemas y las injusticias se pueden expresar y compartir
por los miembros del grupo, desarrollando de esta forma una herencia de
comprensión)” (Proshansky y Newton, 1973 p. 207) La función positiva, desempeñada
en ocasiones por el arte o la literatura (según Park, 1913/1950), también la pueden
desempeñar reuniones tales como grupos creadores de conciencia. En resumen, el
objetivo es volver a dotar a la propia colectividad de sus funciones principales de
apoyo al grupo, restaurando una herencia cultural (como la literatura o la música,
Lester, 1968), estableciendo una crónica histórica o simplemente descubriendo la
comunalidad de los problemas.
Escribir la historia del propio (grupo) es, por tanto, crear un cambio real en un
cierto equilibrio de fuerzas introduciendo un punto de referencia rival al que ya existe
(tanto si éste es facilitado como si es impuesto). Crear una historia es, por tanto, una
respuesta -una forma de afirmar la existencia del (grupo) sobre un terreno distinto al
reservado para él hasta ese punto por el grupo dominante-. Así, el proceso de
reconstruir el grupo es la afirmación de la existencia histórica y funcional del (grupo),
que ahora, por ello, se convierte en el grupo, al salir finalmente de los paréntesis de la
subordinación.

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